sábado, 28 de julio de 2018

La cena del dios


Porque la sopa se enfría
El caldo de cultivo de la especie se vuelve estéril
Nos apresuramos a repetir una vez más esta rueda
La elipse
O la boa que se devora a sí misma
No somos capaces de ver el tiempo consumarse a sí mismo
De ver el fuego apagarse

A las fieras
Devorar nuestros críos
Porque tienen hambre
¿Qué nos hace creernos tan importantes?
¡Si a todos nos satisface el mismo río!
Nos avienta cada marea
Y el sol al ocultarse
Nos revela este espejismo
De noches con neblina
Esta luna llena y su gran eclipse
De un tono púrpura se muestra la rueda
Hemos caído presa del fuego como de la sangre Caín
Y aun nos permitimos una risa estúpida
Ebria
La lengua negra de vino tinto.

Dios silencioso
Dios serpiente
Procurador de muertos
Confesor de corderos crucificados
Prepara la cena

En un modesto caserío,
Cuna de serpientes.
Que en mitad de la noche salen,
Sus colas pisadas no son accidentes.
La luna llena se lleva su niebla,
La cena esta lista.

Las aves de carroña esperan
Son las últimas de retirarse de la mesa.
Huid antes de que eso suceda,
El bosque espera.

jueves, 19 de julio de 2018

El APÓSTATA*


*Llamábasele así -en la funesta época cristiana de la que aún no nos hemos librado- a aquellos quienes declarados creyentes renunciaban a su fe para adorar otros dioses. Cuando un apóstata era descubierto, se le crucificaba de la misma forma en la que murió Cristo, aunque prescindiendo de la tortura abundante en teatralidad de la vía crucis. Aunque, de ningún modo exento de teatralidad, debido a la potente imagen de ver un hombre agonizante clavado por sus extremidades a una cruz de madera. Este castigo, permítaseme decir, podría entrar fácilmente en la categoría de los irónicos.

Distintos templos se erigen sobre los mismos lugares. Los nombres de los dioses cambian, la vestimenta del sacerdote cambia, así también el aspecto de los feligreses; quienes, aunque siempre extasiados a la presencia divina, son conscientes del simulacro del que son parte, de lo lejos que está dios de sus corazones. De lo ajeno que son ellos a sus propios corazones. Sin embargo, hay algo que aún perdura; la fascinación, la ciclicidad del tiempo que se ve reflejada en las estaciones (y en las fechas colocadas sobre las mismas), la incomprensión de un misterio que parece erguirse por encima de lo humano, y los apóstatas.
Hay distintos tipos de espacios sagrados y, en contra de la creencia común, éstos no tienen que estar ligados necesariamente a la religión. Yo, por mi parte, he dado en muchos lugares con esta fuerza mítica y enviciante que invita a entrar en contacto con la divinidad. Sin embargo, no he hallado lugar más suculento para el alma que estar entre las piernas de una mujer.

Pues bien, esta historia comienza una tibia tarde de primavera. O más bien antes, tras terminar el duelo sexual luego de la ruptura amorosa con Daniela (mi gran amor de la adolescencia y juventud temprana), comencé a navegar obscenamente por una aplicación de mi celular: Tinder. Tal vez la conozcan, y si no la conocen, les recomiendo que, si lo suyo es probar cosas nuevas y raras, lo hagan. También hay una versión para varones que gusten de otros mancebos: grinder. En fin, yo vivía solo en un departamento en Santiago, Chile. Tenía el corazón roto y la libido altísima. Por entonces la costumbre era cogerme a dos muchachas distintas por semana. El método consistía en reunirnos en algún parque o bar cerca de mi casa, emborracharnos e invitarlas a mi casa donde podían encontrar abrigo, comida y más alcohol. En una de esas ocasiones, me contacté con una francesa que estaba estudiando algo relacionado con literatura o humanidades, su nombre era Adrienne. Tenía una estatura inferior a la mía, la piel pálida como la leche. Su cabello, largo, transitaba del rojo cobrizo al rubio. Nos vimos al atardecer a la orilla del Mapocho. Esa hora y esa estación del año me permitían ver todo el esplendor de su cabello. Y sus ojos, de un azul profundo que bordeaba en lo celeste hacía perderme a ratos, me era difícil recordar de qué estábamos hablando cuando veía esos ojos. Llevaba un vestido negro y una botella de buen vino chileno metido en su cartera. Yo llevaba el destapador y dos copas de vidrio rescatadas de mi casa. Creo que también llevábamos algo para comer, queso posiblemente. Lo cierto es que el método dio resultado. Me habló de un pájaro que anunciaba la primavera en Francia. Es decir, abandonaba la ciudad en las estaciones frías y cuando las cosas iban mejor en cuanto al clima, regresaba; su nombre era Hirondelle. Escuchar esa palabra, siquiera recordarla me hace sentir un pulso de corriente en la parte posterior de mi cintura. No fue sino hasta hace un par de semanas que, conversando con Alex, me di cuenta que seguramente ese pájaro no era otro más que la golondrina. No he querido corroborar esto, quizás para que Hirondelle guarde cierta mística.
Bueno, ya era de noche. El vino se había acabado y comenzaba a hacer frío. Sus piernas pálidas tomaron un tono rosáceo, al igual que nuestras caras que comenzaban a dibujar muecas de lujuria y ebriedad. La invité a seguir bebiendo, esta vez en mi casa, a lo cual ella, tras una sonrisa consabida, aceptó. Seguimos bebiendo vino ahí, uno de peor calidad esta vez, comprado por mí. Nos sentamos en un sillón-cama y dejamos que la música sonara libremente. Las risas abundaban y nos pusimos calientes. Nos besamos una primera vez, largamente. Lento. Jugué todas mis cartas en ese beso, algún toqueteo furtivo y progresivo. Y luego, seguimos conversando, aunque brevemente. Después un segundo beso, éste -eso sí- estuvo acompañado de caricias suspicaces que acabaron en su rodilla y jugaron con el borde de su falda que alcanzaba el final del muslo. Tras este juego, tomé su mano y la puse sobre mi pene que, palpitante, rogaba por salir de mi pantalón. El gesto fue bien recibido, aunque con cierta timidez, apretó suavemente mi miembro excitado y luego, lentamente, retiró la mano. Se alejó unos centímetros de mí, me miró y me preguntó: ¿tienes condón? Yo en ese momento pensé. “oh mierda ¿de verdad esto va a pasar?, ¿está pasando?, ¿puede ser que…?”. sí, claro. Contesté. ¿Vamos a la pieza mejor? Luego, los recuerdos “antes de” me son más similares a un sueño. Creo haber seguido jugando con sus piernas mientras besaba su cuello para luego ir bajando a sus senos. Tenía unos senos medianos, muy suaves. Y sus pezones eran rosados, quité su vestido mientras su cuerpo serpenteaba entre el colchón y mi cuerpo hambriento del suyo. Vi su cuerpo brillar a la luz de la luna casi llena, y me di cuenta que no había cerrado las cortinas que daban -siempre- hacia otras ventanas de otros departamentos aledaños. “¡que mierda!”, pensé. “por mí que todo el mundo me vea hacerle el amor a esta hermosa francesa nacida cerca de los límites con Suiza”. Pensando eso, un arrebato de seguir bebiendo me embargó. Mas no era vino lo que buscaba mi paladar, era la dulce humedad que se insinuaba por encima del calzón negro de encaje que traía puesto. Bajé ahí, comencé a sacarle los calzones con delicadeza y con un gesto de obscenidad o acaso de voracidad animal, cuando su calzón bordeaba esos muslos pálidos, mordí con suavidad su pierna derecha antes de que mis dientes se encargaran de que su calzón de encaje negro llegara hasta sus pies y luego al suelo. Es mentira que los franceses huelen mal y que no se depilan. Sólo en sus pies había un olor algo apestoso. “es por las alpargatas” me dijo. Ambos reímos. Luego, fijé mi mirada en su entrepierna y pude ver la flor rosada y palpitante rogando por ser devorada. Obedecí al acto a su ruego. Comí su coño poseído por el furor ebrio de la lujuria. cuando me detuve, apliqué método. En ese momento, me di cuenta que yo también estaba desnudo, no sabía cómo ni cuándo. Ella, por su parte, solo conservaba sus calcetines de panti que no duraron mucho, por cierto. Primero introduje un dedo en su vagina, el cual entró con facilidad mientras su espalda se arqueaba y un suspiro brotaba de su boca manchada con el violeta del vino que se mezclaba con nuestras babas. Exploré su vagina con mi índice. Luego, retiré mi dedo y le introduje el índice y el del medio. Ahora sí la textura de todo su interior era perceptible al mismo tiempo. Comencé a flectar mis dedos dentro de ella, cada vez más rápido, mientras su cuerpo se estremecía y las sábanas se empapaban de su humedad. La miré retorcerse de placer sobre mi cama, mientras su cabello de fuego daba vueltas sobre el colchón insinuando animales de superficies circulares a los que tantos hombres en la antigüedad rendían culto. El juego de los dedos estaba dando resultado, y no tardó mucho en explotar un afluente cálido dentro de ella. Yo puse mi boca en la salida de esa fuente para llenarme de su ambrosía. Una energía incontenible recorrió toda mi piel; me era imperioso embestirla, pero me contuve. Seguí con el juego de los dedos mientras mi lengua se abalanzaba contra su clítoris, la hice correrse de nuevo. Sólo entonces, le introduje mi serpiente en su nido. Y perdí la razón y el conteo del tiempo. Estaba tan caliente que la tarea de irme parecía imposible. Luego de un rato que pareció inacabable, aunque ameno, renuncié a mi propósito de correrme dentro de ella. Me salí de su interior y retiré el condón mientras me ubicaba en horizontal por debajo de ella, y al revés, con el propósito de darnos placer oral el uno al otro. Era una amante complaciente y desvergonzada. El juego continuó por horas o minutos, no lo sé. Lo cierto en que en esos momentos místicos el conteo que acostumbramos del tiempo no tiene importancia. Luego ella se quedó dormida desnuda al medio de la cama. Sólo entonces me levanté y cerré las cortinas. Miré la luna, estaba casi llena y no era tan pálida como su cuerpo. Absorto mire sus nalgas enrojecidas por el amor. La tapé y le susurré algo al oído, besé suavemente su mejilla, nos arropé a ambos con una frazada y me quedé dormido.
            Al día siguiente, despertamos pasado las diez. La resaca era amable. Fui a cagar al baño y cuando me levanté de la cama para dirigirme al trono, ella despertó. Luego de cagar, me quedé mirando el techo del baño. Pensé en Luis XIV y en sus concubinas. Ventilé y perfumé el baño lo más que pude. Volví, siempre desnudo, a nuestro lecho. Hablamos un poco, la resaca era amable para ambos. Una mañana de domingo donde reinaba el silencio. Nos bañamos por separado, ella primero. Mientras lo hacía, miré desde mi cama el cielo santiaguino cubierto por una fina capa de smog. No había una sola nube en el cielo. Luego me bañé yo. Salimos, ya vestidos, a la calle caminando lentamente hacia la Alameda que nos separaría para siempre. En el camino, nos reímos de las putas que, madrugadoras, esperaban en el umbral de sus lugares de trabajo algún cliente sediento de lo que ellas prometían darle. Alguna nos miró con envidia. Nosotros solo reíamos. Ella tomó mi mano, y así avanzamos cuadras por una ciudad que gateaba lentamente a sus trabajos. Los restaurantes comenzaban a abrir. Le pregunté si nos veríamos de nuevo, que me gustaría repetir la experiencia. Ella, amablemente, me rechazó. Ya estábamos llegando a la Alameda, soltó mi mano antes de llegar a la esquina. Nos despedimos con un beso en la boca. Tomé la micro, y no la he vuelto a ver hasta entonces. Ni creo que vuelva a hacerlo.