*Llamábasele así -en la funesta época
cristiana de la que aún no nos hemos librado- a aquellos quienes declarados
creyentes renunciaban a su fe para adorar otros dioses. Cuando un apóstata era
descubierto, se le crucificaba de la misma forma en la que murió Cristo, aunque
prescindiendo de la tortura abundante en teatralidad de la vía crucis. Aunque,
de ningún modo exento de teatralidad, debido a la potente imagen de ver un
hombre agonizante clavado por sus extremidades a una cruz de madera. Este
castigo, permítaseme decir, podría entrar fácilmente en la categoría de los
irónicos.
Distintos
templos se erigen sobre los mismos lugares. Los nombres de los dioses cambian,
la vestimenta del sacerdote cambia, así también el aspecto de los feligreses;
quienes, aunque siempre extasiados a la presencia divina, son conscientes del
simulacro del que son parte, de lo lejos que está dios de sus corazones. De lo
ajeno que son ellos a sus propios corazones. Sin embargo, hay algo que aún
perdura; la fascinación, la ciclicidad del tiempo que se ve reflejada en las
estaciones (y en las fechas colocadas sobre las mismas), la incomprensión de un
misterio que parece erguirse por encima de lo humano, y los apóstatas.
Hay
distintos tipos de espacios sagrados y, en contra de la creencia común, éstos
no tienen que estar ligados necesariamente a la religión. Yo, por mi parte, he
dado en muchos lugares con esta fuerza mítica y enviciante que invita a entrar
en contacto con la divinidad. Sin embargo, no he hallado lugar más suculento
para el alma que estar entre las piernas de una mujer.
Pues bien, esta historia comienza una tibia tarde de primavera. O más bien
antes, tras terminar el duelo sexual luego de la ruptura amorosa con Daniela
(mi gran amor de la adolescencia y juventud temprana), comencé a navegar
obscenamente por una aplicación de mi celular: Tinder. Tal vez la conozcan, y
si no la conocen, les recomiendo que, si lo suyo es probar cosas nuevas y
raras, lo hagan. También hay una versión para varones que gusten de otros
mancebos: grinder. En fin, yo vivía solo en un departamento en Santiago, Chile.
Tenía el corazón roto y la libido altísima. Por entonces la costumbre era
cogerme a dos muchachas distintas por semana. El método consistía en reunirnos
en algún parque o bar cerca de mi casa, emborracharnos e invitarlas a mi casa
donde podían encontrar abrigo, comida y más alcohol. En una de esas ocasiones,
me contacté con una francesa que estaba estudiando algo relacionado con
literatura o humanidades, su nombre era Adrienne. Tenía una estatura inferior a
la mía, la piel pálida como la leche. Su cabello, largo, transitaba del rojo
cobrizo al rubio. Nos vimos al atardecer a la orilla del Mapocho. Esa hora y
esa estación del año me permitían ver todo el esplendor de su cabello. Y sus
ojos, de un azul profundo que bordeaba en lo celeste hacía perderme a ratos, me
era difícil recordar de qué estábamos hablando cuando veía esos ojos. Llevaba
un vestido negro y una botella de buen vino chileno metido en su cartera. Yo
llevaba el destapador y dos copas de vidrio rescatadas de mi casa. Creo que
también llevábamos algo para comer, queso posiblemente. Lo cierto es que el
método dio resultado. Me habló de un pájaro que anunciaba la primavera en
Francia. Es decir, abandonaba la ciudad en las estaciones frías y cuando las
cosas iban mejor en cuanto al clima, regresaba; su nombre era Hirondelle.
Escuchar esa palabra, siquiera recordarla me hace sentir un pulso de corriente
en la parte posterior de mi cintura. No fue sino hasta hace un par de semanas
que, conversando con Alex, me di cuenta que seguramente ese pájaro no era otro
más que la golondrina. No he querido corroborar esto, quizás para que Hirondelle
guarde cierta mística.
Bueno,
ya era de noche. El vino se había acabado y comenzaba a hacer frío. Sus piernas
pálidas tomaron un tono rosáceo, al igual que nuestras caras que comenzaban a
dibujar muecas de lujuria y ebriedad. La invité a seguir bebiendo, esta vez en
mi casa, a lo cual ella, tras una sonrisa consabida, aceptó. Seguimos bebiendo
vino ahí, uno de peor calidad esta vez, comprado por mí. Nos sentamos en un
sillón-cama y dejamos que la música sonara libremente. Las risas abundaban y
nos pusimos calientes. Nos besamos una primera vez, largamente. Lento. Jugué
todas mis cartas en ese beso, algún toqueteo furtivo y progresivo. Y luego,
seguimos conversando, aunque brevemente. Después un segundo beso, éste -eso sí-
estuvo acompañado de caricias suspicaces que acabaron en su rodilla y jugaron
con el borde de su falda que alcanzaba el final del muslo. Tras este juego,
tomé su mano y la puse sobre mi pene que, palpitante, rogaba por salir de mi
pantalón. El gesto fue bien recibido, aunque con cierta timidez, apretó
suavemente mi miembro excitado y luego, lentamente, retiró la mano. Se alejó
unos centímetros de mí, me miró y me preguntó: ¿tienes condón? Yo en ese
momento pensé. “oh mierda ¿de verdad esto va a pasar?, ¿está pasando?, ¿puede
ser que…?”. sí, claro. Contesté. ¿Vamos a la pieza mejor? Luego, los recuerdos “antes
de” me son más similares a un sueño. Creo haber seguido jugando con sus piernas
mientras besaba su cuello para luego ir bajando a sus senos. Tenía unos senos
medianos, muy suaves. Y sus pezones eran rosados, quité su vestido mientras su
cuerpo serpenteaba entre el colchón y mi cuerpo hambriento del suyo. Vi su
cuerpo brillar a la luz de la luna casi llena, y me di cuenta que no había
cerrado las cortinas que daban -siempre- hacia otras ventanas de otros
departamentos aledaños. “¡que mierda!”, pensé. “por mí que todo el mundo me vea
hacerle el amor a esta hermosa francesa nacida cerca de los límites con Suiza”.
Pensando eso, un arrebato de seguir bebiendo me embargó. Mas no era vino lo que
buscaba mi paladar, era la dulce humedad que se insinuaba por encima del calzón
negro de encaje que traía puesto. Bajé ahí, comencé a sacarle los calzones con
delicadeza y con un gesto de obscenidad o acaso de voracidad animal, cuando su
calzón bordeaba esos muslos pálidos, mordí con suavidad su pierna derecha antes
de que mis dientes se encargaran de que su calzón de encaje negro llegara hasta
sus pies y luego al suelo. Es mentira que los franceses huelen mal y que no se
depilan. Sólo en sus pies había un olor algo apestoso. “es por las alpargatas”
me dijo. Ambos reímos. Luego, fijé mi mirada en su entrepierna y pude ver la
flor rosada y palpitante rogando por ser devorada. Obedecí al acto a su ruego.
Comí su coño poseído por el furor ebrio de la lujuria. cuando me detuve,
apliqué método. En ese momento, me di cuenta que yo también estaba desnudo, no
sabía cómo ni cuándo. Ella, por su parte, solo conservaba sus calcetines de
panti que no duraron mucho, por cierto. Primero introduje un dedo en su vagina,
el cual entró con facilidad mientras su espalda se arqueaba y un suspiro
brotaba de su boca manchada con el violeta del vino que se mezclaba con
nuestras babas. Exploré su vagina con mi índice. Luego, retiré mi dedo y le
introduje el índice y el del medio. Ahora sí la textura de todo su interior era
perceptible al mismo tiempo. Comencé a flectar mis dedos dentro de ella, cada
vez más rápido, mientras su cuerpo se estremecía y las sábanas se empapaban de
su humedad. La miré retorcerse de placer sobre mi cama, mientras su cabello de
fuego daba vueltas sobre el colchón insinuando animales de superficies
circulares a los que tantos hombres en la antigüedad rendían culto. El juego de
los dedos estaba dando resultado, y no tardó mucho en explotar un afluente
cálido dentro de ella. Yo puse mi boca en la salida de esa fuente para llenarme
de su ambrosía. Una energía incontenible recorrió toda mi piel; me era imperioso
embestirla, pero me contuve. Seguí con el juego de los dedos mientras mi lengua
se abalanzaba contra su clítoris, la hice correrse de nuevo. Sólo entonces, le
introduje mi serpiente en su nido. Y perdí la razón y el conteo del tiempo.
Estaba tan caliente que la tarea de irme parecía imposible. Luego de un rato
que pareció inacabable, aunque ameno, renuncié a mi propósito de correrme
dentro de ella. Me salí de su interior y retiré el condón mientras me ubicaba
en horizontal por debajo de ella, y al revés, con el propósito de darnos placer
oral el uno al otro. Era una amante complaciente y desvergonzada. El juego
continuó por horas o minutos, no lo sé. Lo cierto en que en esos momentos
místicos el conteo que acostumbramos del tiempo no tiene importancia. Luego
ella se quedó dormida desnuda al medio de la cama. Sólo entonces me levanté y
cerré las cortinas. Miré la luna, estaba casi llena y no era tan pálida como su
cuerpo. Absorto mire sus nalgas enrojecidas por el amor. La tapé y le susurré
algo al oído, besé suavemente su mejilla, nos arropé a ambos con una frazada y
me quedé dormido.
Al día siguiente, despertamos pasado
las diez. La resaca era amable. Fui a cagar al baño y cuando me levanté de la
cama para dirigirme al trono, ella despertó. Luego de cagar, me quedé mirando
el techo del baño. Pensé en Luis XIV y en sus concubinas. Ventilé y perfumé el
baño lo más que pude. Volví, siempre desnudo, a nuestro lecho. Hablamos un
poco, la resaca era amable para ambos. Una mañana de domingo donde reinaba el
silencio. Nos bañamos por separado, ella primero. Mientras lo hacía, miré desde
mi cama el cielo santiaguino cubierto por una fina capa de smog. No había una
sola nube en el cielo. Luego me bañé yo. Salimos, ya vestidos, a la calle
caminando lentamente hacia la Alameda que nos separaría para siempre. En el
camino, nos reímos de las putas que, madrugadoras, esperaban en el umbral de
sus lugares de trabajo algún cliente sediento de lo que ellas prometían darle.
Alguna nos miró con envidia. Nosotros solo reíamos. Ella tomó mi mano, y así
avanzamos cuadras por una ciudad que gateaba lentamente a sus trabajos. Los
restaurantes comenzaban a abrir. Le pregunté si nos veríamos de nuevo, que me
gustaría repetir la experiencia. Ella, amablemente, me rechazó. Ya estábamos
llegando a la Alameda, soltó mi mano antes de llegar a la esquina. Nos
despedimos con un beso en la boca. Tomé la micro, y no la he vuelto a ver hasta
entonces. Ni creo que vuelva a hacerlo.