Pienso el final y un partir ciego de rencor;
me iré al norte, dejaré el sur.
Y guardado del mundo, bajo un cielo ocre
dejaré caer las primeras lágrimas.
Tendré por compañera la ternura de las montañas,
un florero colmado de vino,
una nuez moscada para las alergias.
Si el sueño interrumpe todo lo que en mí acecha,
me entregaré a él como al cuello de una gacela;
me entregaré hasta despertar sin lengua.
Y si el rencor no se va cuando lleguen las estrellas,
me entregaré a él como su más cruel servidor.
Insolente risa borracha abrirá las mañanas
hasta entonces guardada en el crepitar de la fogata.
Y si el rencor no se marcha,
aun cuando el rojo sangre del vino tinto se derrame en la tierra
y la luna baje su forma a los cuerpos de agua,
no sabré qué hacer.
Quizás domesticado de mis arrebatos
remojadas mis tripas de orgullo idiota,
diérame vueltas sobre el poste que inventé para sostener mi cadena,
queriendo escapar mordiérame las cutículas.
Y si entre caminos secos hiérame las patas,
volvería al sur a buscar agua
sin que nadie sepa de mí nada.