Yo siempre estuve ahí,
Acariciada por cataclismos que dieron forma a mi cuerpo,
Abrazada a sirenas de viento que danzan sobre lagunas quietas como el cielo,
Vestida de atardeceres por nubes que dibujan la punta de mis cabellos.
Yo siempre estuve ahí,
Un sueño lúcido de una inocencia prístina
Fuera de los límites de toda existencia donde la oscuridad no penetra*.
Sólo el viento toca mis mejillas y mis formas imposibles.
Tomé silueta en el paraíso antes que el árbol más viejo.
No había conciencia en la piedra,
Fueron las bestias que abrazó mi pecho,
Fue el verde que se va impregnando en todas partes,
Fueron tantos y tantos pájaros que el cielo se nubla de pronto.
Y, junto al agua, lo que trajo movimiento.
A mí no me fue dada la palabra, si no todas las voces que guarda el viento. El mismo que acaricia mi cabeza dónde sólo las aves de presa tienen asiento.
Y las noches con sus formas que se agitan entre los árboles no saben de insomnio, tampoco los insectos que se reflejan en el cielo y ven -y no ven- el silencio del que me hago dueño.
Y sueño que despierto.
Cuando la vida abre los ojos aquí yacía; la vi tomar forma y llegar a su fin.
Y así, bajo mi pecho nada viene a morir en vano, y del duelo crece un mundo que se abre con el rocío de mil glaciares que caen sobre un campo estrellado en luciérnagas.
Y aquí nadie viene a pasar hambre.
Yo siempre estuve aquí, del silencio solemne de las piedras hasta el puma que se esconde.
Del cachorro a la noche vieja, desde el agua hasta las sequedades de la arena.
Yo vi pasarte en tu pesado traje y, al mirarme solemne, el silencio fue de tus labios consorte.
Boquiabierto supiste que hasta el más pequeño de mis cabellos es más viejo que toda tu especie.
Y supiste quererme, así, por siempre.