I.
Los pájaros no cantan para ti, mi querido hermano.
Ni tampoco eres la voz que silenció el garrote y la cruz.
La venia no es eterna
y no hay un verso que no se halla dicho antes.
Las hojas se ven mejor en los árboles
y la tinta escurre mejor en el reflejo de un pantano tornasol.
Ni la vida es incompleta
Ni la palabra del poeta encuentra
algún eco que responda a lo cierto.
Por mi parte, soy tan leal como san Pedro en la madrugada del tormento,
y de fe, tengo menos que un fariseo.
Eso sí: sigo creyendo que la mejor palabra se la lleva el silencio
y no acepto discípulo ni compañero que me acompañe al desierto.
Para serle honesto, suelo preferir quedarme en casa viendo el techo.
II.
Los pájaros no cantan para ti, herido ciervo.
Pero las flores devuelven el gesto:
Abren su carne para recibir el cielo
cuando el niño de mirada ausente rompe el pavimento.
No hay tal cosa como el hombre es la medida de todas las cosas:
Nada absoluto es cierto.
Humildemente creo -si alguien me lo pregunta-
que hay que desandar todo lo que hemos cubierto,
desatar los nudos que arman el tejido de algodón y cuero regio.
Moler el cemento es un buen gesto
Para sentarnos a la orilla de los caminos deshechos
y, en silencio, oír el canto de los pájaros celebrar el fin de nuestro tiempo
Que no es para ti, poeta amigo, sino para ellos.