sábado, 13 de noviembre de 2021

I.

Pasó alguna vez que todos los tesoros de la juventud se abarrotaban en mi pecho

Y salí a navegar, buscando, como un disparo ciego, todos los misterios del mundo.

Bailando como un náufrago solitario sobre un faro, iluminaba mis ojos de amaneceres.

Cubierto por la luna madrugadora, me mecía como un niño entre los vapores ebrios de mi aliento de hambre.

Bañado por mares como espejos, reflejaba mi silueta en la concavidad del cielo.

Amasado por la risa del fuego, soñé una vida calma; los rostros del amor en mi cama. El crepitar del fuego componía el sonido que cobijaba la agonía de mi lucidez.

La infancia fue el destello de un juego fabuloso y saturado de adornos simples como flores y conchitas. Y la muerte era una simple contracción en el estómago, un malestar que se desvanecía al dar vuelta la vista.


II.

Ahora que los frutos que descolgué del árbol del conocimiento en mis manos se han vuelto amargos, me hallo sin más apetito que el que se pueda tener por un trapo hervido dentro de una olla.

Domesticadas las pasiones, trabajo en un laberinto infinito; me pagan por llenar con letras y números cuadraditos diminutos, miles de rostro pasan diciendo:

- ¡Buenos días!

- ¡Provecho!

- ¡Salud!

Sin saber bien qué hago, me he dedicado a desenterrar muertos y ver su cadáver insepulto entre sueños.

A la hora en que los perros lloran, las arrugas en mi rostro me fuerzan a dormirme más temprano,

y los abismos han perdido el vértigo.

Dos poetas tripeados en Puerto Saavedra

 Hemos recibido poesía prístina sin articular una palabra,

susurradas por ángeles a nuestros oídos.

Gritamos los secretos del divino a los cuatro vientos;

no recibimos una respuesta más contundente que una sonrisa.


Volvemos sucios y apestando a humo hacia nuestros hogares

con pasos de boxeador peso pluma

algo más flacos también, caminar bajo el sol sin destino es un trabajo arduo.