Hace tiempo atrás que ya no escribo nada. Ni los desvelos o los vicios me atormentan. En cambio, la tranquilidad de los días de verano donde lo más importante es cuidar la casa y atender el bienestar de mis seres queridos (y el propio). Estos días, estos meses, me han hecho preguntarme si la poesía vive en el tormento de sentir incomprensible el mundo, de la necesidad imperiosa de interpretarlo en lenguaje que no vaya a nadie, sino a todo y -ante todo- a unx mismx.
Sabrán los días guardarme una imagen hermosa, como la luna creciente aparecida sobre el parque durante una tarde que se estira como el avión a chorro que cruza el cielo celeste, o el suave lomo de un gato al sol tras alguna vieja ventana llena de pequeñas plantas y objetos sin valor.
Ni aun la angustia que pudiera pensarse por no añorar comunicar nada urgente que venga dentro de mí, ni la impresión de las noticias que vienen del mundo pueden agitarme lo suficiente para traerme preocupado. A veces, sí, quizás dudo si aburra mi tranquilidad: estos ojos llenos de paisajes en que se satisfacen los detalles de la calle o de contemplar como crecen las malezas de mi patio.
El mundo es un lugar terrible y lleno de injusticias, sí; es preciso tomar un estandarte y luchar en nombre de los miserables. El mundo es hermoso y vasto y sí; vale la pena recorrerlo entero. Quizás tantas cosas más, como ojos tiene para ser visto, pero yo decidí acampar en el patio de mi casa: ver las flores crecer y dormir la siesta a la sombra de un gran árbol; una alegría pequeña, sí, pero que van creando capas para poder soportar las grandes tragedias (y los fríos de largos inviernos): Un rincón para mí, mi amada, nuestros gatos y la suerte que nos espere.
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