miércoles, 18 de diciembre de 2024

Cantos gitanos (1er. intento)

 Cantos gitanos a la orilla del río:

Los postes de la calle nos alumbran

Bulerías que duermen a los perros

Bebemos hasta que anochece;

No hay riesgo fatal en la ribera

    Entre sombras de árboles gemelos


Cantos de andar sin cielo,

Pañuelos de seda envuelven las piedras;

la novia tierra vestida de estrellas de caramelo

Simples viajeros

Sueltos sin frenos

Ojitos de cielo


Mis presentimientos son ciertos:

"rueda a la rueda la degenerá"

"Si quieres saber los pasos que doy"

En la rueda me ves al compás de las tijeras

    A merced de la vereda

Ay la novia, ay la novia salió de la hoguera

Y el novio es una colmena, ay, una vereda

Ay, la novia tiene armas

Ay Ay Ay la rueda al pavimento se estrella

viernes, 13 de diciembre de 2024

Hoy te destierro de mi sexo

 Hoy te destierro de mi sexo.

De dios hedónico a flor marchita.

Fui colmena y adoración,

ahora una tierra yerma donde nadie espera siquiera una maleza,

una comunidad que hoy se abriga de un sólo cuerpo,

una casa que siempre está vacía/fría.

Los dioses lujuriosos que nos habitaron se han retirado,

dejando sueltas las cuerdas que -voluntarios- los ataron.


Te destierro de mi niño herido

para no ser la madre que nunca fuiste.


Te destierro de mí, niña herida,

del orden del padre

del nombre de los pájaros

de los viajes en barco

del hogar que construimos

de canciones y comida en la cama

& faltar al trabajo

& seguir culiando para dormir de nuevo

& despertar y verte dormir sonriendo

& la gatita tan bien a los pies de la cama

& ir al baño y sonreír soberbio al espejo mientras meo

& flotar de vuelta al lecho

& al día siguiente, de buscarte en ese espejo mientras te vistes

como si de ese cuerpo fuera dueño mientras no me veas mirarte

O acaso después de verme desviar tu vista al horizonte que te lleve a otra parte donde mis ojos no te alcancen

& romper ahí el sueño

& despertar de nuevo

Pero esta vez muy lejos de tu cuerpo.


Te destierro de mi sexo

y vuelvo al territorio de mis venas;

la voluntad torpe aunque incesante

de la piel al mudarse


Aunque no todo sea maledicencia,

Desterradx quedas también 

de tantas noches en vela

de mis celos, temores y angustias

de las llamadas de auxilio que te arrebataron de los placeres a mis temblores

de enfermo de fiebre


Hoy te destierro de mi sexo,

porque tú mucho antes desterraste el quererme

Y con él, también, a mis vivos y a mis muertos

Con ellos se irá también este cuerpo

que alguna vez se bañó en tu sangre -ya no mendigante-,

llano en el deseo.


Y este semen impío que aun por dentro te moja

será el gemido en otro nombre que, decididx, dirás: amor, lléname.



martes, 10 de diciembre de 2024

Después de todo - Jorge Teillier

 Después de todo

nos volveremos a encontrar.
El verano tenderá sus manteles en el suelo
para que dispongamos nuestras provisiones
y tú seguirás bella
como la canción El Vino de Mediodía
que el loco tocaba en la leñera.

Después de todo
hay tantas y tantas tierras.
Yo no me impaciento.
tenemos todos los años del mundo para recorrerlas
hasta que de nuevo estemos juntos
y tú me contarás
que una vez me conociste
en un pequeño planeta que yo no recuerdo
un planeta llamado Tierra
y vas a hablarme
de casas visitadas por la luna;
billetes de apuesta a los hipódromos,
nuestras iniciales dibujadas con tiza blanca
en un muro en demolición.

Equivoquémonos todo lo que queramos.
La tierra del desamor no existe
ante el gesto tuyo de mostrar las magnolias
de una plaza de barrio,
tu cabeza en mi hombro,
la clara música nocturna de tu cuerpo.

Un gesto rehace todo:
cuando la casa se incendia
su vida sigue entera
en la hoja chamuscada de un cuaderno,
el alfil sobreviviente del ajedrez.

En otro lugar, lejos de esta tierra y de su tiempo
espero tu rostro
donde se reúnen todos los rostros que he amado,
y comenzaremos a ser otra vez los desconocidos
que hace años se miraban y miraban
sin atreverse a decir que iban a amarse.

Éramos los elegidos del sol - Vicente Huidobro

 Éramos los elegidos del sol

Y no nos dimos cuenta
Fuimos los elegidos de la más alta estrella
Y no supimos responder a su regalo
Angustia de impotencia
El agua nos amaba
La tierra nos amaba
Las selvas eran nuestras
El éxtasis era nuestro espacio propio
Tu mirada era el universo frente a frente
Tu belleza era el sonido del amanecer
La primavera amada por los árboles
Ahora somos una tristeza contagiosa
Una muerte antes de tiempo
El alma que no sabe en qué sitio se encuentra
El invierno en los huesos sin un relámpago
Y todo esto porque tú no supiste lo que es la eternidad
Ni comprendiste el alma de mi alma en su barco de
tinieblas
En su trono de águila herida de infinito

Retrato de infancia

 Aún no soy el niño que vendió su suerte por una bandera roja al mar, soy apenas el espejo de un mundo que antecede al lenguaje mirando absorto el reflejo de la pieza donde por la puerta espero el calor que me transporte del espacio vacío al refugio de un cuerpo o, al menos, el beso de un sol que me queme /muy lentamente/ La sien aún bañada en leche por la abuela.

El padre se ha vuelto sueño. Vívido traje que llevaba oliendo al caer la tarde, de vuelta del trabajo. Y luego, algún domingo partía en el reflejo de las pequeñas lagunas que dibujaba la lluvia en esa ciudad que apenas recordaba el cielo gris de Santiago cuando el semáforo titilaba a un perro echado en la plaza.

Mi madre, aparte, era algo que estaba, pero no veía: en ningún caso dios. Algo que me decían que existía en todos los animales, pero yo no entendía: como escribir con la mano correcta.

La escuela sería el mal viaje; la risa burlesca del pasillo, o la mano de un compañero que desarmaba el gel en mi cabeza nacida de la necesidad de mi abuela de borrar los remolinos negros de mi pelo. "Para que se vea bien hombre", decía. Llevaba la camisa almidonada: "De punta en blanco", para diferenciarme del hijo de alguna nana, como fuera ella antes -mucho antes- de que yo naciera. Y como tuve también cuando padres estaban fuera, -decían- ninguna supo bien cuidarme hasta que llegó mi abuela. Suerte que no recuerde. Desde entonces, algún amigo violento, las peleas en los recreos, el compañero degenerado, me llevé más de un golpe en la cara, pero aprendí a defenderme.

Como el rostro de un sueño fuí ese niño -bien nutrido- que destacaba en la sala, conversaba con adultos, aún sin saber qué podría gustarme más que crear mundos dentro del clósed en primavera mientras otros niñxs jugaban afuera: me hicieron alérgico al pasto, al chocolate y la pobreza.

Y el verano: 

- En Santiago con mi otra abuela: el piso era lava.

- En la cordillera me ahogué en un río.

- Visitando un naufragio cósmico encallado en un pantano a la orilla del mar encontré muy cerca una serpiente que luego fuera dorada con fuego y bencina.


Tal vez la infancia fue aceptar la suerte que me tocara, sin lloro ni reclamo, controlado, manipulado, abandonado a ratos.