Aún no soy el niño que vendió su suerte por una bandera roja al mar, soy apenas el espejo de un mundo que antecede al lenguaje mirando absorto el reflejo de la pieza donde por la puerta espero el calor que me transporte del espacio vacío al refugio de un cuerpo o, al menos, el beso de un sol que me queme /muy lentamente/ La sien aún bañada en leche por la abuela.
El padre se ha vuelto sueño. Vívido traje que llevaba oliendo al caer la tarde, de vuelta del trabajo. Y luego, algún domingo partía en el reflejo de las pequeñas lagunas que dibujaba la lluvia en esa ciudad que apenas recordaba el cielo gris de Santiago cuando el semáforo titilaba a un perro echado en la plaza.
Mi madre, aparte, era algo que estaba, pero no veía: en ningún caso dios. Algo que me decían que existía en todos los animales, pero yo no entendía: como escribir con la mano correcta.
La escuela sería el mal viaje; la risa burlesca del pasillo, o la mano de un compañero que desarmaba el gel en mi cabeza nacida de la necesidad de mi abuela de borrar los remolinos negros de mi pelo. "Para que se vea bien hombre", decía. Llevaba la camisa almidonada: "De punta en blanco", para diferenciarme del hijo de alguna nana, como fuera ella antes -mucho antes- de que yo naciera. Y como tuve también cuando padres estaban fuera, -decían- ninguna supo bien cuidarme hasta que llegó mi abuela. Suerte que no recuerde. Desde entonces, algún amigo violento, las peleas en los recreos, el compañero degenerado, me llevé más de un golpe en la cara, pero aprendí a defenderme.
Como el rostro de un sueño fuí ese niño -bien nutrido- que destacaba en la sala, conversaba con adultos, aún sin saber qué podría gustarme más que crear mundos dentro del clósed en primavera mientras otros niñxs jugaban afuera: me hicieron alérgico al pasto, al chocolate y la pobreza.
Y el verano:
- En Santiago con mi otra abuela: el piso era lava.
- En la cordillera me ahogué en un río.
- Visitando un naufragio cósmico encallado en un pantano a la orilla del mar encontré muy cerca una serpiente que luego fuera dorada con fuego y bencina.
Tal vez la infancia fue aceptar la suerte que me tocara, sin lloro ni reclamo, controlado, manipulado, abandonado a ratos.
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