Me siento en el sillón de mi casa
a mirar todos los perfiles del rostro de la nostalgia
deambulo buscando el cargador
imaginando hacer un inventario
de todas las cosas que ya no serán nuestras…
y aún más…
el inventario infinito de todo lo pendiente.
He llegado a la firme conclusión
de que el amor es un acto de voluntad plena
no.
Entonces,
disfrazado en una lógica rigurosa
de un frívolo cálculo
uno empieza a preguntarse
quién se va a quedar con los muebles
quién se va a quedar con los platos…
quién se va a quedar con las plantas…
si extrañaré tanto…
a tu gato.
Por otra parte,
el sexo se vuelve una necesidad biológica
que se resuelve en solitario
o fantaseando con algún encuentro virtual
que amortigüe de alguna forma el apego
que pueda soltarnos de estas pieles
que aún se encuentran en la cama
aunque sea en la ternura.
Aún cuando se sepa que van a desaparecer algún día,
esas que se han vuelto viejas.
Y ese deseo
y esa mirada
se vuelvan -acaso- un nunca más.
Y vivo entonces
con la imágen del dolor
de pensar en cambiarme de casa.
En tirar el único colchón
el único mueble que tengo
al piso de esa nueva casa
esa casa fría
esa casa sin gato
Esa casa que me alivia
que puede contenerme,
que puede reinventarme.
que me libera entonces del desencuentro de lo esencial,
que empieza a llenarse de mí.
Donde se dibujan horizontes,
no se dibujan paisajes
palabras
donde se retoman los sueños
y donde se piensa
si acaso haberte conocido
y haber estado contigo todos estos años
sirvieron de algo.
Ese cambio…
¿acaso es una traición…
o es un crecer juntos, finalmente?
Entonces te perdono,
no porque me hayas pedido disculpas,
no porque haya algo que perdonar,
sino porque he tenido un nido de culebras,
ahora muertas en la garganta,
esa maldición que se arrojaba
sobre la loza sucia
los pelos en la tina
ya no tiene ritmo,
no tiene quien la oiga.
Así que no importa.
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