13/7/2017
Acabo de llegar a Temuco. Esperé que fuera una hora adecuada para ir al bar solo, en primera instancia. Me siento en una larga mesa rodeada de extraños, amables hacen las preguntas de rutina: ¿cómo te llamas?; ¿vienes solo?; ¿dónde estudias?, etc.
Por mi parte, me muestro reacio. No deseo conocer gente hoy. No es cierto, no sé que quiero, aparte de emborracharme. Evito sus miradas: necesito una tribuna oscura desde la cual mirar este circo, acaso encuentro una buena historia que contar.
Mientras, a un par de cuadras una mujer hermosa me espera, o eso quiero creer. Al menos sé que me abriría la puerta y me dejaría entrar. Sin embargo, algo me detiene, llamémosle instinto. Digamos que lo razonable es salvar la distancia: puedo oler el fin, el trueno que anuncia el rayo que resuena en el pecho, como el augurio de una presencia escuálida o un terreno yermo que retrae la lengua empapada de vino hacia la garganta e invita a no echar raíces.
Me preocupan demasiado estas cosas, siempre. Alguien me invita a fumar. Ojalá la gente bailara, se haría más interesante. Estoy un rato con un grupo de tipos, les vendo algo de hierba. Y me encuentro con ella; su porte es distinto, el color de su cabello, su voz es desagradable. Algo se quedó en el camino. Le alzo una ceja en gesto de saludo, me sonríe con cierta hipocresía. Aún no llegan mis amigos, llevan ya media hora de retraso, me mareo y quisiera estar muerto:
Un afluente agrio me recuerda el sabor de la derrota
pequeñas úlceras
fragmentos de sangre negra
se ríen
de mí.
Un sendero hecho de hojas muertas
se raja
como el espasmo a la noche:
todos hablan y se ríen.
Una serie de líneas proyectadas al vacío.
Estoy en el punto donde gira la rueda en torno a la gravedad que empuja a la nada: cobra la mayor fuerza. Ella ríe. Las bicicletas se suspenden en el aire, todo parece quedar de cabeza, yo me prendo de los hombros a dos ganchos paralelos: veo las bocas de las botellas escupir cerveza ya sin espuma, aunque fría. Ella ríe, y mis ojos no dan con un horizonte que no esté interceptado de gente aullante y ebria. Extraño las montañas y su silencio solemne.
Gozo de dos botellas, una rebosa de vino, otra de cerveza. Ella baila, ya no me importa nada.
Los ganchos ceden y mis hombros deseosos de bailar se suspenden en el aire.
Pienso en los supermercados y su vitrina de cuerpos sin gravedad.
Pienso en los mercados de carne humana.
En las vidas desperdiciadas buscando dar con otra carne ávida de lo mismo.
-Hilos de sangre entre medio-
Nadie se encuentra nada, volvemos con las billeteras vacías y la garganta* ardiente.
No hay camino a casa esta noche, tampoco doy con ella.
El viento azota mi cabeza, la soledad tiene un gusto a sal.
No hay camino a casa esta noche, tampoco doy con ella.
El viento azota mi cabeza, la soledad tiene un gusto a sal.
Las flores están marchitas, no ocurre el milagro
y todo queda en nada.
Profiere una tierra sin sombra, una suerte de paz que suspenda al aire de su combustión.
Plexo solar abierto.
La luna ríe, yo la miro sin verla.
y todo queda en nada.
Profiere una tierra sin sombra, una suerte de paz que suspenda al aire de su combustión.
Plexo solar abierto.
La luna ríe, yo la miro sin verla.
(*Garganta: 1. espacio que separa por medio de un afluente la división entre mundos paralelos. 2. Camino por el que ingresan para no volver y, si vuelven, son distintas a entonces. Quien baila con la muerte, olvida lo que es a costa de recordar su multiplicidad y el destino que adivina propio.)