Advertencia al lector
No quiero ni voy a ensalzar un discurso del amor libre que busque glorificar la libertad y el respeto como valores de tan alta estima que son capaces -incluso- de anular otro orden de sensaciones no tan glorificantes como lo pueden ser el sentimiento de incomprensión (tanto sentirse incomprendido como incomprensible); la soledad (cuando el sujeto amoroso parte a alguna experiencia por cuenta propia), los celos que pueden aflorar en relación a dejar de sentirse excluyente (aunque no por eso se pierdan ciertas exclusividades); y, sobre todo, el sentirse quebrado miles de veces por entrar en una forma de relacionarse hacia un ser amado nunca antes vivida: como el primer beso, la primera vez que se toca un sexo que no sea el propio o cuando quema oír "te amo"; bajo el caos de las sensibilidades que me abisman, me atrevo a comparar la intensidad de esas "primeras veces" con la experiencia nueva de vivir -y vivir realmente, no sólo en la entelequia de lo que puede significar- el amor fuera del relato tradicional: Este viaje puede ser muchas cosas, pero no es un terreno seguro; es una aventura llena de riesgos y recompensas. Pero no una conquista; en la conquista y la dominación la dialéctica revela su trampa colonizante; mecánica de la cual está atestado el discurso amoroso tradicional (¿será necesario abdicar completamente a esta pretensión?).
Quizás el objeto de este ensayo sólo sea probar a un hablante que se hace presente sobre los alcances de una nueva forma amatoria en un momento completamente aleatorio y ese pueda ser el porvenir de una nueva forma de componer la poesía amante. ¿Tenemos el valor de seguir adelante?
- Por favor, amado lector, si tienes algo que decirme al respecto, házmelo saber con algún comentario.
Sensibilidades
¿Qué hacer cuando un órgano se encuentra sensible? Posiblemente lo primero sería dejar de estimularlo. Aunque si la conciencia operara como si fuera un órgano, ¿cómo poder anestesiarla por completo? Si en esta vorágine contemporánea nos sobre estimula el deseo irreflenable de satisfacerse todo cuanto es posible. ¿Cómo renunciar, entonces, a esta ética del goce?
Pero pensemos un poco más sobre de qué va la conciencia; entendamos a la conciencia como una intelegibilidad del mundo y de sí misma; dicho de otra forma, la conciencia va experimentándose de forma simultánea a ella misma y al mundo (¡Hola, Hegel!) con esa evolución incesante que implica relacionarse constantemente con estos dos elementos: el sí mismo y lo otro, aunque, si cristalizamos lo otro como una unidad, podemos ver que lo otro se configura de una sucesión de conciencias; una multiplicidad de experiencias que se suceden a ciertas velocidades que -en su acumulación- se encuentran en el tiempo y se van experimentando a través de diversas experiencias en un mismo momento; nunca somos una unidad, menos aún en la experiencia amorosa. Reducir, entonces, cada experiencia a un nombre particular que separe una experiencia de otra es simplificarla a tal punto que llega a negarse: ya que cuando enfrentamos una experiencia nueva, por muy inédita e imprevisible que esta sea, ya se ha configurado -en algún punto remoto de la conciencia- la posibilidad de que esto podría suceder en algún momento o, al menos, la construcción de un lenguaje previo que pueda ir dando forma a esa experiencia nueva, única e inédita que nos golpea como un rayo: estoy hablando de (la ilusión de) superar una experiencia amorosa con otra, de la carga que trae consigo la experiencia anterior cuando se conoce a alguien nuevo; todo lo que nos frena; lo que sentimos que nos faltó por hacer; lo que fallamos y queremos arreglar, lo que con poco esfuerzo acabamos por olvidar rápidamente: realmente de la persona que se fue nos queda la memoria de la piel junto con el imaginario que nos hicimos de ella. Calculamos cuánto de eso es real y el resultado es cero, pero no desestimemos el valor del recuerdo o de cómo todas las experiencias de todos los amores dan como resultado una figura, un ideal de cómo hay que amar: tratemos de destruir esa figura, seamos iconoclastas con nosotros mismos.
Ahora pensemos a esa conciencia enfrentada a otra a través del erotismo y el amor; llamémosle a esto dialéctica del amor. Pensemos en cómo ambas conciencias proyectan sobre la otra toda una carga histórica y simbólica sobre qué entiende cada uno sobre qué es el amor y lo que ellos están dispuestos a dar: al menos nos estimularemos buscando el mutuo placer (¿no es así? Lo cierto es que no del todo). Aunque llamarle dialéctica a un encuentro entre dos conciencias, da por hecho que hay una relación de dominación entre una conciencia y otra: no por nada es un enfrentamiento; se ven frente a frente: una mirada frente a la otra; tarde o temprano una ha de cansarse y bajar la mirada: aunque, tal vez muy sutil, hay una relación en esas miradas que enfrentadas deviene en dominación (¿O estamos hilando muy fino?). Y lo que me atrevo a pensar ahora es que el amor visto como dialéctica lo que busca es el control del imaginario de la otra conciencia: apoderarse -todo cuanto sea posible- tanto de los símbolos amorosos como de la piel del ser amado.
Ahora pensemos en el poliamor o, al menos, en la posibilidad de amar y desear experimentar el erotismo de más de una persona a sabiendas de los sujetos involucrados que participan en ello sobre en qué se están involucrando; teniendo esta premisa moral como una posible ética amatoria que, por el simple hecho de existir tiene el deber de realizarse.
(-Tampoco por esto hay que catalogar como profano un amor que escape de la estricta definición de monogamia.
- Tampoco es equiparable el poliamor o las relaciones abiertas a la infidelidad; ese extraño goce de transgredir un pacto entre dos con un ente externo a esa pareja.)
Y, para ofrecer un análisis del discurso poliamoroso, me gustaría que pensáramos en la interacción de pieles que buscan habitarse -aunque sea fugazmente-; y las construcciones materiales o, al menos, el anhelo de conformar -más que una propiedad privada o patrimonio en común tal como puede estar presente en un relato más conservador del amor- una serie de proyecciones concretas que en su acumulación a través del tiempo van conformando una historia en común (Preciso es preguntarse: ¿Cómo queremos evocar esa historia?).
¿Y cómo podríamos atrevernos a dejar de lado a la poesía que en su naturaleza indómita desarticula cualquier estructura lógica que busca clasificar, ordenar y distribuir el universo caótico que tenemos dentro de nuestro pecho (en particular) y alrededor de donde podamos sentir (en general) todo cuanto podamos permitirnos sentir? porque la sensibilidad de la conciencia supera la epidermis y, no sólo eso, sino que se supera a sí misma en la medida en que el lenguaje se lo permite, repito: la conciencia se expande a medida que el lenguaje se enriquece de nuevos símbolos para expresarse.
Así mismo, la atemporalidad de la poesía que busca hacer de lo viejo actual y de lo futuro nostalgia puede también complicar establecer un criterio claro sobre qué implica amar cuando la promesa de exclusividad no está presente en el discurso poético-amoroso del poliamor: aunque verdaderamente el amor nunca sea plenamente exclusivo -porque aún cuando cierta intensidad anula completamente la capacidad de inteligir otro cuerpo que no sea el evocado por el hablante lírico como el sujeto amado- no es del "amor-en-sí" de lo que se trata el erotismo de un cuerpo a otro; el erotismo en la literatura yo lo entiendo como un lenguaje dirigido al imaginario que construye con la voz, con las manos, con el sexo, etc. una suma de sensaciones que se acumulan en un texto que evoca -aceptando la impotencia del lenguaje por describir lo que la piel guarda- la sensación que puede registrar de una experiencia con otra piel-conciencia-sexo-amor: aceptando los propios límites es que se puede rozar la eternidad.
En el caso contrario de llegar a una abstracción total de las particularidades para pensar a "el-amor-en-sí", se acaba pensando siempre en una entelequia; algo que sólo existe en una idealización; una definición arbitraria de lo que debe ser amar: una disciplina amatoria que desprecia las formas que se resisten a aceptar esa ética del sentir en un universo ideal. Es decir que el sujeto amado que se pretende como un ser único con el cual sublimamos y profundizamos exclusivamente sobre la poetización del amor no está ni remotamente cerca de lo real.
Lo cierto es que no, la poética del amor excede esa simple dualidad en cualquier esfera del discurso amoroso (hablante lírico/sujeto amado), pero es fácil engañarnos con nuevos estandartes que simplifiquen la multiplicidad de esos amores bajo el mismo registro de las sensibilidades: ningún cuerpo, ningún amor, ninguna mirada -aún viniendo de los mismos ojos- ocurre dos veces: ni en la monogamia ni en el poliamor: cada momento es único y el lenguaje, en ninguno de los dos casos, puede abarcar todas las posibilidades de lo que significa amar bajo un único discurso: tal vez un verso acierte bruscamente, pero se disuelve bajo futuras miradas de lo que nos ofreció en un primer momento leerlo (Neruda envejeció mal).
Referirnos -entonces- al discurso poético que exceda al sujeto amado en su sentido romántico-monógamo sin caer en la abstracción del amor a un ente colectivo que también recoge esa prefiguración del "amor-en-sí" a una nueva forma de amar donde se transmiten ideas del romanticismo a la figura idealizada de un ente colectivo como "pueblo", "compañerxs" o "vínculos": entes iguales en derechos; cosa que parece justa, pero que parece ignorar las exclusividades que se reservan a un cuerpo en particular donde se interpretan sensaciones únicas que exceden la ocasional estimulación de las partes erógenas y trascienden de una forma que transforman la configuración de lo que se siente amor.
¿Que nos queda, en última instancia, para hablar del amor cuando la vanguardia un nuevo orden de sensibilidades arrasa con los valores del amor romántico? Amar, en conjunto, a una multiplicidad de seres sin caer en una ética amatoria específica, porque sí, por supuesto, cada relación es única. Pero conformarnos con esa definición de unicidad para cerrar con una conclusión que se asume incapaz de ser suficiente para especificar lo que se siente -particularmente- en el espectro de amantes que nos rondan corporalmente: estoy(estamos) buscando un espectro del lenguaje donde se adorne de palabras al amor como nunca le hayamos dicho antes.
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