I. Una aureola de fuego cae como lágrimas de júbilo sobre unos gemelos divinos, devolviendo la fuerza a su piel repatriada.
Alargamos amaneceres rosas al sol de los sabores de cada una de las estaciones, acariciando mil manchas tras los eclipses.
Cicatrices de barro se dibujan sobre la tierra. Ruinas, retazos inciertos de un suelo movedizo. Disparar un tiro ciego con acierto de infinito.
Vuelo circular de aves rondando un cuerpo en eterno viaje hacia un cielo abierto. Su mirada nos dice;
- hijos, después de tantos senderos puedo decirles esto: navegando a través de la hiedra surcan infinitas estrellas, confía en la nuestra. Sigue tu camino prístino, dibuja el contorno del alma, de cada sustancia. Ligero aliento de Brahma.
El cuerpo en eterno viaje se disuelve al sobrepasar el sol.
Sobre la tierra, gemelos divinos se comunican en un lenguaje que no necesita palabras, retumba dentro de la mente de cada uno un canto sagrado que se escucha en el aire:
- Bajo tu pecho veía salir el sol, años después del día en que decidiste llamarme por mi nombre y orar un padre nuestro y quitarte el pan de la boca para dármelo a mí cuando tenía frío. Pudiste con mis torpezas de infante hasta hacerlas cualidades. Viajando a los países de fantasía donde jugábamos sobre escombros de una estación abandonada en un pueblo perdido.
Los gemelos, mirándose de frente lloran y ríen de anécdotas improbables que se inventaban para sostener la mirada (y te sentía cerca, sólo con tu voz). Los brazos del otro han sido el sitio más seguro donde hallarse.
La voz del sol retumba la tierra que mecidos nos lleva al fondo de su vientre donde renacidos comenzamos cada día nuevo. Nadie tiene dudas de que nos encontraremos de nuevo.

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