Un día los tiwanakotas se fueron. Tenían una piscina con 175 rostros, todos diferentes, al menos cinco de ellas eran calaveras, otros orientales o del áfrica subsahariana. Los tiwanakotas gustaban de alargarse el cráneo, pero esa crueldad sobre el cuerpo era reservado a la aristocracia sacerdotal. Para ello, desde la más tierna infancia, se le colocaban un par de tablillas paralelas que iban en diagonal ascendente desde un costado de la frente hasta la parte posterior de la cabeza; así el cráneo se deformaba con facilidad.
¿Qué había tras ese cráneo?, ¿Qué cúmulo de de ideas, de conjunción de imágenes, figuras sagradas en los cuerpos virtuosos de sacerdotes y guerreros puma que conjugan los cuatro elementos?
De la puerta del sol y su exactitud del calendario solar.
De las catorce puertas magnéticas puestas en hileras de 7, y tras ese pasadizo un círculo perfecto: En ese sitio, las piezas del tablero están dispuestas para que las piedras hablen.
No hay ningún pájaro volando al azar, ¿Qué era de esos gaviotines de rostro negro que volaban en círculos sobre el templo a mediodía? Como aves de carroña, hacían círculos alrededor del sol, como si se hubiera revelado un cadáver.
Y fragmentos del cuerpo humano como un oído perfectamente pulido a través de una muralla.
¿Qué es de ese pasillo rodeado de piedras magnéticas que acaba en un círculo perfecto? ¿A quién venía a darle la bienvenida?
Los tiwanakotas no dejaron una tumba, no se sabe nada de sus ritos funerarios. Sólo quedan esas calaveras sonrientes que muestran el rostro de la muerte de hace 10.000 años. Nadie sabe las razones por las que abandonaron sus templos, ¿será que el mar que bañaba puma punku se secó?
Las fascinaciones con los animales daban evidencia en sus megalitos de 7 metros; estatuas de una piedra donde sacerdotes y guerreros con los cuerpos tatuados de sobrecogedoras e intrincadas figuras de aves y felinos descendían del hombro hacia los brazos dibujando espirales en todos los sentidos. El sacerdote llevaba el torso desnudo, con trenzas largas que descendían por su espalda, y una falda de apariencia vegetal. Sus manos deformadas a propósito: en una, un instrumento de viento; en la otra, una bombilla para aspirar rapé. Los cuerpos -por lo demás- son perfectamente andróginos; se dice que los tiwanakotas se alimentaban sobre todo con grano, ignorando la carne y siendo particulares sembradores de quinoa. No era extraño morir tras los 100 años.
Por otra parte, no es difícil darse cuenta que todo museo se alimenta de saqueadores de tumbas. Tumba sin cadáver que es Tiwanaku, y que sin embargo desde su misteriosa desaparición, muchos visitantes han venido para llevarse algo y sacarlo de su lugar. En el caso del museo que hoy "protege" algunos objetos que lucen frágiles, también ha encerrado instrumentos de indescriptible forma en una arquitectura tan modestamente contemporánea que parece buscar -estéril- en sus figuras un aspecto ritual que nada tienen que ver con las profundidades y dimensiones percibidas en aquellos templos donde -insisto- no hay ningún pájaro volando al azar.
La concentración de vida que se reúne al mediodía, desnuda e imprevista en la aridez del altiplano una tierra de milki (leche en aymará) y miel.
Crearon una laguna para usarla como mapa astral.
Piedras rojas, sobre todo, también negras y grises, muchas con hierro en su interior, lo que genera un flujo magnético determinado, ¡Y qué efecto pudiera tener la luna y los demás astros con sus frecuencias sobre ellas!
¿Y si el Titicaca, el lago sagrado, ha nacido de la desertificación de un mar interior? ¿por qué aún los lugareños peregrinan, miles de años después, a ese lugar para hacer sus libaciones?
Es como si un profundo secreto se guardara en la lengua aymara, como si estuviera todo revelado en un encriptamiento ancestral para dar cuenta que una ciudad se hizo para verse reflejada en las estrellas.
miércoles, 16 de enero de 2019
Noche de lluvia en Copacabana, 30 de diciembre de 2018.
He venido pensando en las figuras pintadas en las nubes, cómo el silencio se ha llevado mi voz, y lo ha reemplazado por discos, truenos, gaviotines.
El otro día en La Paz, mientras andaba en el teleférico, estaban sentados frente a mí dos seres que se amaban de sobremanera; lo advertí cuando sus miradas encontradas una en la otra emitieron tal energía que yo, absorto entre el paisaje y divagaciones del mismo color (La Paz con sus casas de ladrillo sin estucar, tejados ocre o de planchas metálicas, se ven superpuestas en tantas dimensiones como grande es el valle que habitan; y atrás montañas inmensas). Sus miradas, decía, era de una complicidad tal que no cabían las palabras entre ellas; esas almas se comunicaban a través de gestos, susurros, sonrisas. Entendíanse perfectamente con los ojos.
Era una mujer de edad indefinida, morena, tenía en su rostro, sí, desvelos que surcaban como arrugas su mirada llena de sonrisas hacia un muchachito de no más de 10 años.
No sé qué me pasó, una emoción me sobrevino y, casi sin darme cuenta, lloré lágrimas dulces que corrían como ríos por mi cara. Y, en un arrebato de coraje, aguanté los sollozos, como cuando chico uno se golpea fuerte y no quiere que los compañeros de juego adivinen la medida del dolor que se siente. Así, intenté inútilmente refugiarme en el paisaje que otrora me retuvo absorto. Más, estas almas me habían notado y dejando el juego en el que estaban mientras disfrutaban antes del paseo a la feria de El Alto, quizás ya habiendo adivinado la naturaleza de esas lágrimas, compasiva la mujer trató de desviarle la atención al niño que, sirviéndose por primera vez de palabras, preguntaba inquisitivamente con su dedo índice apuntando hacia mí por qué estaba llorando.
Esas hermosas almas -adivinando la infinidad de pozos que tienen el país de llantos, que sólo se llenan con algún arrullo- hicieron verme solo como nunca hasta entonces habíame visto en este camino, y en ese momento decidí volver.
º
Si la vida es una espiral, si el andar por los caminos nos lleva de nuevo a probar cada trago una vez más, tal vez, pensé, me estoy tomando esta copa demasiado rápido.
El otro día en La Paz, mientras andaba en el teleférico, estaban sentados frente a mí dos seres que se amaban de sobremanera; lo advertí cuando sus miradas encontradas una en la otra emitieron tal energía que yo, absorto entre el paisaje y divagaciones del mismo color (La Paz con sus casas de ladrillo sin estucar, tejados ocre o de planchas metálicas, se ven superpuestas en tantas dimensiones como grande es el valle que habitan; y atrás montañas inmensas). Sus miradas, decía, era de una complicidad tal que no cabían las palabras entre ellas; esas almas se comunicaban a través de gestos, susurros, sonrisas. Entendíanse perfectamente con los ojos.
Era una mujer de edad indefinida, morena, tenía en su rostro, sí, desvelos que surcaban como arrugas su mirada llena de sonrisas hacia un muchachito de no más de 10 años.
No sé qué me pasó, una emoción me sobrevino y, casi sin darme cuenta, lloré lágrimas dulces que corrían como ríos por mi cara. Y, en un arrebato de coraje, aguanté los sollozos, como cuando chico uno se golpea fuerte y no quiere que los compañeros de juego adivinen la medida del dolor que se siente. Así, intenté inútilmente refugiarme en el paisaje que otrora me retuvo absorto. Más, estas almas me habían notado y dejando el juego en el que estaban mientras disfrutaban antes del paseo a la feria de El Alto, quizás ya habiendo adivinado la naturaleza de esas lágrimas, compasiva la mujer trató de desviarle la atención al niño que, sirviéndose por primera vez de palabras, preguntaba inquisitivamente con su dedo índice apuntando hacia mí por qué estaba llorando.
Esas hermosas almas -adivinando la infinidad de pozos que tienen el país de llantos, que sólo se llenan con algún arrullo- hicieron verme solo como nunca hasta entonces habíame visto en este camino, y en ese momento decidí volver.
º
Si la vida es una espiral, si el andar por los caminos nos lleva de nuevo a probar cada trago una vez más, tal vez, pensé, me estoy tomando esta copa demasiado rápido.
jueves, 10 de enero de 2019
Viaje a Bolivia
A partir de esta entrada, transcribiré las hojas de mi diario que me acompañó a Bolivia durante casi un mes. Viaje que hice solo y comencé en el aeropuerto de Calama, para luego alojarme gratis (gracias a Couchsourfing) en un hotel en Uyuni durante tres días -tras cruzar el desierto que por primera vez vi-, ignorar el tour al salar; conocer a Júlia, quien fue una buena compañera de viaje y me permitió conocer más gente, y luego sentirme solo y perdido en Potosí; ahí ensayé en un obra de teatro donde fui excluido por parte de un director del museo "Casa de la moneda" por ser de nacionalidad chilena: esa noche me compré una botella de vino y me emborraché en la habitación mientras le escribía una carta a ese idiota.
También en Potosí me fasciné con un pintor boliviano de nombre Melchor Pérez de Holguín, del cual en algún momento acabaré por escribir un ensayo sobre él, y en esa misma investigación conocí al sacerdote Gustavo Rivero quien me permitió alojarme en su capilla de manera completamente desinteresada: la iglesia de la Concepción, un lugar realmente grande para estar solo, en donde me acerqué inesperadamente al catolicismo y me hizo pensar que el hecho de viajar y conocer gente diferente puede llevar irónicamente a un pagano a tomar nuevamente la Biblia e interrumpir la escritura tormentosa de Artaud por el sermón en la montaña y darse cuenta que los prejuicios son una cagada, porque el sacerdote jamás hizo una pregunta intempestiva sobre mis creencias o me obligó a participar de sus ceremonias, sino más bien me dio techo, me presentó a su familia y me alimentó. Yo, en cambio, le acompañé en cuanto me pedía, mantuve la capilla limpia y me cobijé -cual lobo a San Francisco- a su enseñanza y su simpleza en el vivir. Así mismo, me regaló ropa -que en verdad no necesitaba, pero que acepté dichoso- y me fui en vísperas de Navidad con su sobrino a volarme a Sucre, donde él estudiaba: su nombre es Marcelo y, además de historiador, gusta de la hierba como yo. Por lo que a eso nos dedicamos en esa ciudad donde perdí el celular que, en primer momento me hizo enojar por mi descuido, pero luego extrañamente me alivió y me permitió un mayor aislamiento que pudo poner en orden mis prioridades y deseos para el futuro próximo. Recuerdo que cuando me despedí del sacerdote Gustavo, él me dio un abrazo que me llenó de buena energía y calidez, y me dijo: "Dele un abrazo a su mamita cuando la vea".
Así mismo, al perder el celular, me dí cuenta que bien podría perder otras cosas, como mi diario. Por lo que decidí que, al volver, debería trascribir todo para que nada se pierda. El viaje, por otra parte, siguió en La Paz, Tiwanaku, Coroico, Tocaña y Copacabana, para desde ahí volver por pueblos perdidos en la frontera peruana a orillas del lago Titicaca donde abundaba la gente ebria meando en las calles con sombreros vaqueros blancos, y un carnaval en la plaza central con animadores y mucha cerveza en la calle (aunque tibia) almacenada en cajas de plástico. Tomar un bus a Tacna donde el chofer se le veía evidentemente cansado y con sueño mientras bajábamos la ladera de una montaña inmensa con un abismo del cual no se le veía el fin; llegar de madrugada mientras la luna creciente se alineaba con una estrella solitaria cual símbolo del islam; llegar luego a Arica donde hacer dedo no resultó, y tener que cruzar 12 kilómetros de desierto donde milagrosamente deseé algo que comer y aparecieron dos duraznos en perfecto estado, donde me sentí cansado y encontré al lado del camino un palo que me sirvió de bastón y único compañero en mi peregrinar lleno de júbilo; ahí me sentí como el pueblo elegido con la fe de que mi bastón bien podría hallar agua en el desierto si yo lo desease, más seguí hasta recordar que también podría encontrarme una mina que podría mutilarme, por lo que retomé la carretera y sólo entonces una guapa y amable mujer me llevó en su auto sin que se lo pidiera hasta las puertas de aeropuerto donde tomaría el avión que me llevaría de vuelta a Santiago.
Más, ¿por qué de pronto me envolvió tanta prisa cuando tuvo la oportunidad a la mano de poder viajar indefinidamente? Creo que pensé en mis hermanos, en mis abuelos y en mi compañera, todos seres hermosos que siento que les hacía falta, aunque bien me bendijeron en mi viaje sin un pasaje de retorno y sin pedirme ni un souvenir a cambio; porque siento que un día ellos no estarán como están hoy, y ahí quizás sea un buen momento de partir por un buen tiempo, porque cuando cerré mis ojos en la noche de año nuevo me vi construyendo un hogar cerca del mar y la compañía de gente que quiere estar conmigo hoy y sin ninguna excusa. Por estar con ellos volví, y también porque me disparé metafóricamente en las piernas al no llevar carpa y verme obligado a estar entre, tal vez, demasiada gente y sin un verdadero compañero y confidente más que mi diario que a continuación trascribiré:
También en Potosí me fasciné con un pintor boliviano de nombre Melchor Pérez de Holguín, del cual en algún momento acabaré por escribir un ensayo sobre él, y en esa misma investigación conocí al sacerdote Gustavo Rivero quien me permitió alojarme en su capilla de manera completamente desinteresada: la iglesia de la Concepción, un lugar realmente grande para estar solo, en donde me acerqué inesperadamente al catolicismo y me hizo pensar que el hecho de viajar y conocer gente diferente puede llevar irónicamente a un pagano a tomar nuevamente la Biblia e interrumpir la escritura tormentosa de Artaud por el sermón en la montaña y darse cuenta que los prejuicios son una cagada, porque el sacerdote jamás hizo una pregunta intempestiva sobre mis creencias o me obligó a participar de sus ceremonias, sino más bien me dio techo, me presentó a su familia y me alimentó. Yo, en cambio, le acompañé en cuanto me pedía, mantuve la capilla limpia y me cobijé -cual lobo a San Francisco- a su enseñanza y su simpleza en el vivir. Así mismo, me regaló ropa -que en verdad no necesitaba, pero que acepté dichoso- y me fui en vísperas de Navidad con su sobrino a volarme a Sucre, donde él estudiaba: su nombre es Marcelo y, además de historiador, gusta de la hierba como yo. Por lo que a eso nos dedicamos en esa ciudad donde perdí el celular que, en primer momento me hizo enojar por mi descuido, pero luego extrañamente me alivió y me permitió un mayor aislamiento que pudo poner en orden mis prioridades y deseos para el futuro próximo. Recuerdo que cuando me despedí del sacerdote Gustavo, él me dio un abrazo que me llenó de buena energía y calidez, y me dijo: "Dele un abrazo a su mamita cuando la vea".
Así mismo, al perder el celular, me dí cuenta que bien podría perder otras cosas, como mi diario. Por lo que decidí que, al volver, debería trascribir todo para que nada se pierda. El viaje, por otra parte, siguió en La Paz, Tiwanaku, Coroico, Tocaña y Copacabana, para desde ahí volver por pueblos perdidos en la frontera peruana a orillas del lago Titicaca donde abundaba la gente ebria meando en las calles con sombreros vaqueros blancos, y un carnaval en la plaza central con animadores y mucha cerveza en la calle (aunque tibia) almacenada en cajas de plástico. Tomar un bus a Tacna donde el chofer se le veía evidentemente cansado y con sueño mientras bajábamos la ladera de una montaña inmensa con un abismo del cual no se le veía el fin; llegar de madrugada mientras la luna creciente se alineaba con una estrella solitaria cual símbolo del islam; llegar luego a Arica donde hacer dedo no resultó, y tener que cruzar 12 kilómetros de desierto donde milagrosamente deseé algo que comer y aparecieron dos duraznos en perfecto estado, donde me sentí cansado y encontré al lado del camino un palo que me sirvió de bastón y único compañero en mi peregrinar lleno de júbilo; ahí me sentí como el pueblo elegido con la fe de que mi bastón bien podría hallar agua en el desierto si yo lo desease, más seguí hasta recordar que también podría encontrarme una mina que podría mutilarme, por lo que retomé la carretera y sólo entonces una guapa y amable mujer me llevó en su auto sin que se lo pidiera hasta las puertas de aeropuerto donde tomaría el avión que me llevaría de vuelta a Santiago.
Más, ¿por qué de pronto me envolvió tanta prisa cuando tuvo la oportunidad a la mano de poder viajar indefinidamente? Creo que pensé en mis hermanos, en mis abuelos y en mi compañera, todos seres hermosos que siento que les hacía falta, aunque bien me bendijeron en mi viaje sin un pasaje de retorno y sin pedirme ni un souvenir a cambio; porque siento que un día ellos no estarán como están hoy, y ahí quizás sea un buen momento de partir por un buen tiempo, porque cuando cerré mis ojos en la noche de año nuevo me vi construyendo un hogar cerca del mar y la compañía de gente que quiere estar conmigo hoy y sin ninguna excusa. Por estar con ellos volví, y también porque me disparé metafóricamente en las piernas al no llevar carpa y verme obligado a estar entre, tal vez, demasiada gente y sin un verdadero compañero y confidente más que mi diario que a continuación trascribiré:
Cerca de Tocaña, fines de diciembre.
2018, Bolivia.
Hemos partido esta mañana desde Coroico, me he encontrado con un piño de argentinos en La Paz, y desde ahí nos hemos acompañado hasta acá. Me he reconocido silencioso, y tras caminar -quizás- miles de kilómetros, he hallado cierta paz en medio de la selva. Tocaña es una comunidad de afrobolivianos que, en los últimos 70 años han venido a habitar este espacio tras la reforma agraria.
¿Que ha sido de mí estas semanas? El silencio se ha posado en mis labios, y sobre el camino, una mariposa en mi mano. Sólo puedo dar gracias por esto, y el río en el que hoy me bañé. Hoy quiero construir una casa de adobe y que el canto de los gallos me acurruque en mis siestas ebrias de cerveza.
Este viaje comenzó en un morro de la playa chica de Quintay, le pedí a los vientos buena suerte y conocimiento. El hongo me ha hablado, y me ha dicho con franqueza: "el conocimiento que buscas, siempre ha estado en ti, no necesitas cruzar tantos montes para escucharlo, no son palabras las que necesitas oír."
La Morada igual lo supo, y entre mis cabellos nos despedimos; me deseó libertad.
Estoy sentado en una cómoda -a la vez rústica- silla de madera bajo la terraza de una pensión perdida en la selva; en sus murallas, inspiradas frases que transcribo a continuación;
- "Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos, los hermosos héroes, los hermosos santos, los escapistas perfectos" J. Cortázar.
- "Me entregué al misterio que era? un camino entre tinieblas hacia un lugar que quizás no existe. Soy fiel, persevero.
- La utopía está en el horizonte, camino un paso, ella se aleja dos. camino diez pasos, ella se aleja aún más. Entonces... para qué sirve la utopía? para eso sirve... para caminar.
- Y que el placer que juntos intentemos sea otro signo de libertad
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)