También en Potosí me fasciné con un pintor boliviano de nombre Melchor Pérez de Holguín, del cual en algún momento acabaré por escribir un ensayo sobre él, y en esa misma investigación conocí al sacerdote Gustavo Rivero quien me permitió alojarme en su capilla de manera completamente desinteresada: la iglesia de la Concepción, un lugar realmente grande para estar solo, en donde me acerqué inesperadamente al catolicismo y me hizo pensar que el hecho de viajar y conocer gente diferente puede llevar irónicamente a un pagano a tomar nuevamente la Biblia e interrumpir la escritura tormentosa de Artaud por el sermón en la montaña y darse cuenta que los prejuicios son una cagada, porque el sacerdote jamás hizo una pregunta intempestiva sobre mis creencias o me obligó a participar de sus ceremonias, sino más bien me dio techo, me presentó a su familia y me alimentó. Yo, en cambio, le acompañé en cuanto me pedía, mantuve la capilla limpia y me cobijé -cual lobo a San Francisco- a su enseñanza y su simpleza en el vivir. Así mismo, me regaló ropa -que en verdad no necesitaba, pero que acepté dichoso- y me fui en vísperas de Navidad con su sobrino a volarme a Sucre, donde él estudiaba: su nombre es Marcelo y, además de historiador, gusta de la hierba como yo. Por lo que a eso nos dedicamos en esa ciudad donde perdí el celular que, en primer momento me hizo enojar por mi descuido, pero luego extrañamente me alivió y me permitió un mayor aislamiento que pudo poner en orden mis prioridades y deseos para el futuro próximo. Recuerdo que cuando me despedí del sacerdote Gustavo, él me dio un abrazo que me llenó de buena energía y calidez, y me dijo: "Dele un abrazo a su mamita cuando la vea".
Así mismo, al perder el celular, me dí cuenta que bien podría perder otras cosas, como mi diario. Por lo que decidí que, al volver, debería trascribir todo para que nada se pierda. El viaje, por otra parte, siguió en La Paz, Tiwanaku, Coroico, Tocaña y Copacabana, para desde ahí volver por pueblos perdidos en la frontera peruana a orillas del lago Titicaca donde abundaba la gente ebria meando en las calles con sombreros vaqueros blancos, y un carnaval en la plaza central con animadores y mucha cerveza en la calle (aunque tibia) almacenada en cajas de plástico. Tomar un bus a Tacna donde el chofer se le veía evidentemente cansado y con sueño mientras bajábamos la ladera de una montaña inmensa con un abismo del cual no se le veía el fin; llegar de madrugada mientras la luna creciente se alineaba con una estrella solitaria cual símbolo del islam; llegar luego a Arica donde hacer dedo no resultó, y tener que cruzar 12 kilómetros de desierto donde milagrosamente deseé algo que comer y aparecieron dos duraznos en perfecto estado, donde me sentí cansado y encontré al lado del camino un palo que me sirvió de bastón y único compañero en mi peregrinar lleno de júbilo; ahí me sentí como el pueblo elegido con la fe de que mi bastón bien podría hallar agua en el desierto si yo lo desease, más seguí hasta recordar que también podría encontrarme una mina que podría mutilarme, por lo que retomé la carretera y sólo entonces una guapa y amable mujer me llevó en su auto sin que se lo pidiera hasta las puertas de aeropuerto donde tomaría el avión que me llevaría de vuelta a Santiago.
Más, ¿por qué de pronto me envolvió tanta prisa cuando tuvo la oportunidad a la mano de poder viajar indefinidamente? Creo que pensé en mis hermanos, en mis abuelos y en mi compañera, todos seres hermosos que siento que les hacía falta, aunque bien me bendijeron en mi viaje sin un pasaje de retorno y sin pedirme ni un souvenir a cambio; porque siento que un día ellos no estarán como están hoy, y ahí quizás sea un buen momento de partir por un buen tiempo, porque cuando cerré mis ojos en la noche de año nuevo me vi construyendo un hogar cerca del mar y la compañía de gente que quiere estar conmigo hoy y sin ninguna excusa. Por estar con ellos volví, y también porque me disparé metafóricamente en las piernas al no llevar carpa y verme obligado a estar entre, tal vez, demasiada gente y sin un verdadero compañero y confidente más que mi diario que a continuación trascribiré:
Cerca de Tocaña, fines de diciembre.
2018, Bolivia.
Hemos partido esta mañana desde Coroico, me he encontrado con un piño de argentinos en La Paz, y desde ahí nos hemos acompañado hasta acá. Me he reconocido silencioso, y tras caminar -quizás- miles de kilómetros, he hallado cierta paz en medio de la selva. Tocaña es una comunidad de afrobolivianos que, en los últimos 70 años han venido a habitar este espacio tras la reforma agraria.
¿Que ha sido de mí estas semanas? El silencio se ha posado en mis labios, y sobre el camino, una mariposa en mi mano. Sólo puedo dar gracias por esto, y el río en el que hoy me bañé. Hoy quiero construir una casa de adobe y que el canto de los gallos me acurruque en mis siestas ebrias de cerveza.
Este viaje comenzó en un morro de la playa chica de Quintay, le pedí a los vientos buena suerte y conocimiento. El hongo me ha hablado, y me ha dicho con franqueza: "el conocimiento que buscas, siempre ha estado en ti, no necesitas cruzar tantos montes para escucharlo, no son palabras las que necesitas oír."
La Morada igual lo supo, y entre mis cabellos nos despedimos; me deseó libertad.
Estoy sentado en una cómoda -a la vez rústica- silla de madera bajo la terraza de una pensión perdida en la selva; en sus murallas, inspiradas frases que transcribo a continuación;
- "Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos, los hermosos héroes, los hermosos santos, los escapistas perfectos" J. Cortázar.
- "Me entregué al misterio que era? un camino entre tinieblas hacia un lugar que quizás no existe. Soy fiel, persevero.
- La utopía está en el horizonte, camino un paso, ella se aleja dos. camino diez pasos, ella se aleja aún más. Entonces... para qué sirve la utopía? para eso sirve... para caminar.
- Y que el placer que juntos intentemos sea otro signo de libertad
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