miércoles, 16 de enero de 2019

Tiwanaku

Un día los tiwanakotas se fueron. Tenían una piscina con 175 rostros, todos diferentes, al menos cinco de ellas eran calaveras, otros orientales o del áfrica subsahariana. Los tiwanakotas gustaban de alargarse el cráneo, pero esa crueldad sobre el cuerpo era reservado a la aristocracia sacerdotal. Para ello, desde la más tierna infancia, se le colocaban un par de tablillas paralelas que iban en diagonal ascendente desde un costado de la frente hasta la parte posterior de la cabeza; así el cráneo se deformaba con facilidad.

¿Qué había tras ese cráneo?, ¿Qué cúmulo de de ideas, de conjunción de imágenes, figuras sagradas en los cuerpos virtuosos de sacerdotes y guerreros puma que conjugan los cuatro elementos?

De la puerta del sol y su exactitud del calendario solar.
De las catorce puertas magnéticas puestas en hileras de 7, y tras ese pasadizo un círculo perfecto: En ese sitio, las piezas del tablero están dispuestas para que las piedras hablen.
No hay ningún pájaro volando al azar, ¿Qué era de esos gaviotines de rostro negro que volaban en círculos sobre el templo a mediodía? Como aves de carroña, hacían círculos alrededor del sol, como si se hubiera revelado un cadáver.
Y fragmentos del cuerpo humano como un oído perfectamente pulido a través de una muralla.
¿Qué es de ese pasillo rodeado de piedras magnéticas que acaba en un círculo perfecto? ¿A quién venía a darle la bienvenida?
Los tiwanakotas no dejaron una tumba, no se sabe nada de sus ritos funerarios. Sólo quedan esas calaveras sonrientes que muestran el rostro de la muerte de hace 10.000 años. Nadie sabe las razones por las que abandonaron sus templos, ¿será que el mar que bañaba puma punku se secó?

Las fascinaciones con los animales daban evidencia en sus megalitos de 7 metros; estatuas de una piedra donde sacerdotes y guerreros con los cuerpos tatuados de sobrecogedoras e intrincadas figuras de aves y felinos descendían del hombro hacia los brazos dibujando espirales en todos los sentidos. El sacerdote llevaba el torso desnudo, con trenzas largas que descendían por su espalda, y una falda de apariencia vegetal. Sus manos deformadas a propósito: en una, un instrumento de viento; en la otra, una bombilla para aspirar rapé. Los cuerpos -por lo demás- son perfectamente andróginos; se dice que los tiwanakotas se alimentaban sobre todo con grano, ignorando la carne y siendo particulares sembradores de quinoa. No era extraño morir tras los 100 años.

Por otra parte, no es difícil darse cuenta que todo museo se alimenta de saqueadores de tumbas. Tumba sin cadáver que es Tiwanaku, y que sin embargo desde su misteriosa desaparición, muchos visitantes han venido para llevarse algo y sacarlo de su lugar. En el caso del museo que hoy "protege" algunos objetos que lucen frágiles, también ha encerrado instrumentos de indescriptible forma en una arquitectura tan modestamente contemporánea que parece buscar -estéril- en sus figuras un aspecto ritual que nada tienen que ver con las profundidades y dimensiones percibidas en aquellos templos donde -insisto- no hay ningún pájaro volando al azar.

La concentración de vida que se reúne al mediodía, desnuda e imprevista en la aridez del altiplano una tierra de milki (leche en aymará) y miel.

Crearon una laguna para usarla como mapa astral.

Piedras rojas, sobre todo, también negras y grises, muchas con hierro en su interior, lo que genera un flujo magnético determinado, ¡Y qué efecto pudiera tener la luna y los demás astros con sus frecuencias sobre ellas!
¿Y si el Titicaca, el lago sagrado, ha nacido de la desertificación de un mar interior? ¿por qué aún los lugareños peregrinan, miles de años después, a ese lugar para hacer sus libaciones?

Es como si un profundo secreto se guardara en la lengua aymara, como si estuviera todo revelado en un encriptamiento ancestral para dar cuenta que una ciudad se hizo para verse reflejada en las estrellas.

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