miércoles, 16 de enero de 2019

Noche de lluvia en Copacabana, 30 de diciembre de 2018.

He venido pensando en las figuras pintadas en las nubes, cómo el silencio se ha llevado mi voz, y lo ha reemplazado por discos, truenos, gaviotines.

El otro día en La Paz, mientras andaba en el teleférico, estaban sentados frente a mí dos seres que se amaban de sobremanera; lo advertí cuando sus miradas encontradas una en la otra emitieron tal energía que yo, absorto entre el paisaje y divagaciones del mismo color (La Paz con sus casas de ladrillo sin estucar, tejados ocre o de planchas metálicas, se ven superpuestas en tantas dimensiones como grande es el valle que habitan; y atrás montañas inmensas). Sus miradas, decía, era de una complicidad tal que no cabían las palabras entre ellas; esas almas se comunicaban a través de gestos, susurros, sonrisas. Entendíanse perfectamente con los ojos.

Era una mujer de edad indefinida, morena, tenía en su rostro, sí, desvelos que surcaban como arrugas su mirada llena de sonrisas hacia un muchachito de no más de 10 años.

No sé qué me pasó, una emoción me sobrevino y, casi sin darme cuenta, lloré lágrimas dulces que corrían como ríos por mi cara. Y, en un arrebato de coraje, aguanté los sollozos, como cuando chico uno se golpea fuerte y no quiere que los compañeros de juego adivinen la medida del dolor que se siente. Así, intenté inútilmente refugiarme en el paisaje que otrora me retuvo absorto. Más, estas almas me habían notado y dejando el juego en el que estaban mientras disfrutaban antes del paseo a la feria de El Alto, quizás ya habiendo adivinado la naturaleza de esas lágrimas, compasiva la mujer trató de desviarle la atención al niño que, sirviéndose por primera vez de palabras, preguntaba inquisitivamente con su dedo índice apuntando hacia mí por qué estaba llorando.

Esas hermosas almas -adivinando la infinidad de pozos que tienen el país de llantos, que sólo se llenan con algún arrullo- hicieron verme solo como nunca hasta entonces habíame visto en este camino, y en ese momento decidí volver.
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Si la vida es una espiral, si el andar por los caminos nos lleva de nuevo a probar cada trago una vez más, tal vez, pensé, me estoy tomando esta copa demasiado rápido. 
 

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