I.
Sin entender ciertos misterios que guarda la carne.
Los bastos arden sobre tierra húmeda.
En el preciso momento donde habitamos la eternidad
la madera ruge:
-"Heme aquí: un árbol caído, has conmigo lo que convengas".
y tú,
cabeza sobre mis piernas: Descansa.
Acaso sean palabras vanas,
ruido de voz humana:
poco más que un ladrido.
poco más que el llanto de un animal herido.
Aunque insisto: " He aquí mi regazo (de árbol caído y madero hirviendo)"
II.
Se respiran como el humo:
lenguas desesperadas,
el canto del agua,
río bravo sin tiempo.
III.
Estirémonos sobre el suelo,
comulguemos en iglesia pagana
verdades que no son ciertas,
cenizas de otros vientos.
Rendidos nos quiero
a todo nombre que queme el alma.
A todo ser que satisfaga la infinita calma
de una noche absuelta.
IV.
Más pueden el río y estas llamas que todo cuanto se diga:
palabras ínfimas
sujetas a epidermis que escindan: mío, tuyo, nuestro.
Fronteras arbitrarias
que se recojen y retiran en duelo.
Velados los misterios de la carne, queda poco más
que un vacío inmenso.
Un testimonio vuelto palabra.
Versos
semejantes al tacto.
Salpican inmensos: sangro entero.
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