Si la lengua es capaz de absorver cualquier cara de la realidad,
reflejándola como todo cuanto se puede mostrar:
¿por qué cuando nuestras miradas se entrelazan nuestras bocas fallan si intentan articular palabras?
Y un río eléctrico se tiende en los valles que hacen nuestros cuerpos al rozarse
Y el vapor que libera este amanecer sobre la humedad de tus bosques
Y la sangre que le debo a la luna brota para invocar en tu nombre el sabor de la carne
(y no el de los fantasmas ocultos bajo árboles siniestros; fuego fatuo en la escarcha; figuras onduladas por la noche del olvido)
Iniciado el rito, puedo verte arrebatada del sueño; llena y pálida.
Y besamos estos peces con todas sus escamas
Y con el aliento aplazamos el invierno
estallando de aves el cielo.
Se remueve la maleza árida que crece en silencio
Y se humedece la hierba con nuestras lenguas que desenfundan ya no palabras.
Me interno en la noche y veo la piel rosada
Entre mis muslos se abre brillante:
un colibrí insomne bebe del néctar y es sabor dulce lo que encuentra.
Un senderito estrecho se expande
y es nuestra piel agrietada que agradece
dejar atrás los zurcos de la tierra echa por caminos sin alma.
Cientos de espejos reflejan tu cara.
Articulando palabras reducidas a vocales
hundimos las uñas en la tierra
Extasiados sobre un lecho de flores extrañas
hundimos la mano en la mano como en la arena
Ebrios de néctar.
Y ni por un instante invade la desesperanza
de vernos expulsados de este paraíso
por el fin de los días de cálidos arrebatos.
Sólo queda, después del cielo,
mirar la fogata
y en silencio rogarle al fuego
de que con ninguna palabra vaya a tocarte
la inoculada calma herbívora que te guarda.
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