viernes, 5 de marzo de 2021

La sangre que le debo a la luna

Si la lengua es capaz de absorver cualquier cara de la realidad, 

reflejándola como todo cuanto se puede mostrar: 

¿por qué cuando nuestras miradas se entrelazan nuestras bocas fallan si intentan articular palabras?

Y un río eléctrico se tiende en los valles que hacen nuestros cuerpos al rozarse

Y el vapor que libera este amanecer sobre la humedad de tus bosques

Y la sangre que le debo a la luna brota para invocar en tu nombre el sabor de la carne

(y no el de los fantasmas ocultos bajo árboles siniestros; fuego fatuo en la escarcha; figuras onduladas por la noche del olvido)


Iniciado el rito, puedo verte arrebatada del sueño; llena y pálida.

Y besamos estos peces con todas sus escamas

Y con el aliento aplazamos el invierno 

estallando de aves el cielo.

Se remueve la maleza árida que crece en silencio

Y se humedece la hierba con nuestras lenguas que desenfundan ya no palabras.


Me interno en la noche y veo la piel rosada

Entre mis muslos se abre brillante:

un colibrí insomne bebe del néctar y es sabor dulce lo que encuentra.

Un senderito estrecho se expande

y es nuestra piel agrietada que agradece

dejar atrás los zurcos de la tierra echa por caminos sin alma.


Cientos de espejos reflejan tu cara.

Articulando palabras reducidas a vocales

hundimos las uñas en la tierra

Extasiados sobre un lecho de flores extrañas

hundimos la mano en la mano como en la arena

Ebrios de néctar.


Y ni por un instante invade la desesperanza

de vernos expulsados de este paraíso

por el fin de los días de cálidos arrebatos.


Sólo queda, después del cielo,

 mirar la fogata

y en silencio rogarle al fuego

de que con ninguna palabra vaya a tocarte

la inoculada calma herbívora que te guarda.

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