Cargar símbolos,
sentir la espera
de una vela sin dios
que se apaga en alguna selva.
Internada y húmeda,
parece tocar cierta esencia.
Se ahogan en un grito sordo
sufrientes magdalenas
encima de cristos impúdicos
Al lector, una advertencia:
no engañarse con estos románticos heridos.
Ya que todo enamorado es un loco,
el azar con su vida juega:
llueve en verano y dos jóvenes nostálgicos
sobre el banco de una plaza se aprecian,
uno de ellos muestra su libreta.
Al acto prometen aceptar cualquier sacrificio
si el nombre del amor se defiende.
Seguros de haber encontrado un tesoro
se reparten sueños sin reserva,
se habla de un viaje mítico
emprendido miles de veces:
Los amantes suben la apuesta,
-descartando que bajo la mesa se baraje un resultado trágico-
se entregan felices con total arrojo.
Dulce instrumento de la naturaleza
que nos llena de fluidos lúbricos,
embriaga de mariposas las vísceras.
Sólo eso -por favor- basta de símbolos.
Y nostalgia, tú también, vete bien lejos
que enfermas.
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