Tras salir de un gran patio donde encontrábamos; una justa rota de cartón -como de caballero medieval- y arreglada con scotch, que era de mi hermano con la que jugaba cuando era niño; una caja donde se guardaban los juegos de tazas que tenía mi hermana junto a todos los potes y tapas que nunca le devolvieron a mi abuela, recordé esa última parte del viaje donde yo aparecía en un videopoema que alguien me mostro con su celular donde me veía sentado al borde de una gran entrada a un túnel cuadrado de concreto, experimenté mareos de embarazada y vomité sobre una escalera donde cada peldaño tenía un wc (como una instalación de arte moderno o un extraño baño público): vomité absolutamente todo, los mareos eran incontenibles, pero tenía mi libreta al lado, donde anoté ese último verso -que pude recordar- en la grabación del videopoema esa noche terrible en que se me reveló un hijo desconocido, ajeno e inmensamente superior.
Mientras lavaba con un balde de agua todo el vómito, llegaron unos tipos con uniforme que bien parecían "guardianes del mito" y me trajeron un plato de mariscos al vapor, caliente, con choritos y almejas frescas, cebolla, ajo, pimentón y cilantro. Y nos mandaron a todos a acostar.
Me fui a dormir -dentro del sueño- y la voz de una mujer sabia nos iba despertando poco a poco en un parque lleno de círculos sobre césped que navegaba sobre el cielo. No tan lejos, en una esquina de esa inmensa e irregular nave, pude ver un gran domo de vidrio donde dentro se veía un selvático invernadero ya saturado hacia afuera por la vegetación. Cerca del césped donde dormía, al levantarme, tenía un pasillo que recorrí. Este tenía una plazoleta colonial blanca con pilares dóricos de superficie limpia y blanca, con un capitel donde se dibujaba una línea color ladrillo, ahí -en la plazoleta- habían puestos al aire libre donde vendían libros, todos sobre mujeres y/o escritos por una. Luego de eso, viendo libros, detrás de la plazoleta, vi una puerta de madera doble de un edificio blanco y de un piso con techo de tejas. Edificio largo y con salas como un colegio rural. Bien, tras la puerta doble había un patio lleno de sillas de colegio repartidas donde jugamos con mi hermano y su madre hasta el final del día. En ese mismo patio había otra puerta donde mi familia esa noche dormiría. Más, no había espacio para mí. Por lo que me aconsejaron tomar locomoción a la ciudad donde ellos irían mañana para que yo me adelante.
Por lo que atrás del edificio blanco, fuimos un pequeño paradero de tren donde hice parar un taxi-tren que iba sobre un riel. Antes de subir, volví a ver el domo desde otro ángulo más lejano, ya comenzaba a anochecer. Abrí la maleta del taxi-tren para dejar mis cosas y vi muchos paquetes de papas fritas ordenados en un par de filas. Acomodé mis cosas. Abrí la puerta de la cabina de atrás, ví que justo quedaba un asiento disponible y cuando me senté y quise acordarme del videopoema, desperté a esta realidad desde donde estoy escribiendo
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