Dibujé una ruta
un camino
de algo que no llega
porque es horizonte
y el horizonte es paisaje.
Un cielo rosa,
un bosque nativo,
las aves,
las bestias piadosas, minerales,
donde todos nosotros fuimos árboles
hasta que fuimos otra cosa.
Éramos ese tren que trae la leche, la lluvia que nace de repente, el trigo y la leña.
El abrigo para cubrirnos del tiempo, el pan de la mañana, la mantequilla y el mate, la tetera caliente sobre la estufa a combustión lenta:
el cobijo de la vida.
Que a mí no llega
o si llega, se me hace indiferente,
si no trae el abrazo en la cama,
lábil sol de noche después del destello y el abismo.
Y así, bruscamente, la espera bucólica
del que a su casa llega de un largo viaje y no hay quien le espere
Ni siquiera un destello de brasa ahogado en la chimenea
nacido de este durmiente.
Asiduo en la espera,
ni el calor me abriga
y el sonido de la noche
no es más que el desvelo
de este, un pueblo de un sólo habitante.
Para empezar, ¿quien vendrá a visitarme?
Si no es tu pelo llegando cuando quiere
Para este espectro que tal vez no es bueno ni cierto,
pero es lo que quiero.
/Para mí y para nadie/
Un pueblo de dos habitantes o la noche que se apaga en desorden.
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