En la noche del alma me cojes desde algún punto muy remoto de la conciencia más prístina.
Amor, si acaso vuestra orina se derramara sobre mi pecho, qué dorada dicha me bañaría.
Aún sabiendo que nuestros cuerpos se disgregan en el deseo de muchos otros, someto mi voluntad a la voluntad de tu carne.
Y guardo obtuso promesas de un horizonte que guarde todos los firmamentos,
mientras los líquidos que yace en tu interior me aguarden:
“sirvo a su deseo si usted sirve a los míos”, así reza nuestro brujo juramento.
Y desde el sudor de tu pecho que ninguna gota se derrame
para que de él me embriague.
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