martes, 26 de noviembre de 2019

Capicúa

No me impresiona la ciudad ni los estupefacientes que puedo encontrar en algún pasaje.
Ni la cerveza que chorrea por las paredes del centro cada fin de semana.
Ni conformarnos con los atardeceres de otoño que suspenden los edificios como en sueños.
Ni la lluvia que la limpia
Ni el silencio que cobija la noche en algunos lugares afortunados
Ni el calor de un lecho desconocido

¿DE QUÉ FIERAS NOS ACOMPAÑAMOS POR NO SABER QUÉ ES LA SOLEDAD?

¿Somos, como dijo alguien, el infierno de los demás? porque, de ser así, debemos volvernos radicales.
Y apartarnos; huir como los leprosos a una isla del conocimiento en la que es difícil sanar.
Aceptar que la esfinge en la que hemos revelado el enigma es implacable
Y nos hemos puesto en su lugar.

Sólo así, tal vez, olvidar lo aprendido y sospechar que el pensamiento es baladí,
que hemos cargado durante mucho tiempo la memoria de nuestros muertos y que, de estar vivos, les resultásemos despreciables, porque el camino andado nos ha llevado lejos de ellos.

Porque la ciudad donde nos hemos criado ha quedado atrás,
porque el tiempo corre implacable y el corazón va abandonando toda duda.

Es ESTO o la narcosis de algún tugurio;
de esos que se encuentran en algún pasaje
O de esos venenos que se hallan cada fin de semana chorreando por las murallas
para olvidar la resaca que es vivir en la ciudad.

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