Salgo de clases y voy al hospital. Tras la puerta sale una puta vieja buscando a su compañero; lleva un escote con el pecho bien apretado, un chaleco de malla amarillo -con hoyos de polilla en la espalda- que no abriga nada, zapatillas deportivas y una cartera roja. En definitiva, una puta vieja y pobre saliendo del salón de control de infecciones sexuales al que entraré yo en un momento. Para ella; un trámite. Para mí, algo casi innecesario y molesto, acaso un karma. Su compañero se ha ido, pregunta a la gente del pasillo: "¿Han visto una cosa chica por ahí?", se da media vuelta y camina, se divierte paseando en busca de su hombre hasta que no la veo más.
Acá los minutos se extienden de forma infinita, la luz artificial no deja ver la hora del día, y el pasillo se va vaciando cada vez más hasta hallarse vacío mientras nombres de desconocidos se oyen al abrirse o de algún parlante a lo lejos confundido entre el eco de este laberinto.
De pronto, veo a la puta de nuevo; brilla de una forma extraña en este paisaje gris de cerámica. Se le acerca una mujer pequeña, ahora entiendo, era una compañera lo que buscaba.
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