martes, 13 de noviembre de 2018

Carahue

La primera vez que te vine a encontrar solo, río danzarín,
oí desde tus entrañas el canto de una criatura tímida
que se mecía entre botes.

El cielo gris en primavera
y miles de ruedas como brazos dando vueltas.

De los sauces el algodón,
teñían este cielo de un matiz oriental
como en toda la región.

Puentes infinitos y casonas de madera
destruídas y camufladas entre el verde de tus orillas.

Camelias y lavandas,
regaban el vino de mis ojos
frente al pehuén solitario y adolescente.

Nacido para ser anciana que llora en tierra extraña,
que no es tierra.

Río y humano te pido
que dances al ritmo de otros cantos.
Si te pido disculpas, pienso:
Humano es el perdón.

Remanso también mis propias aguas.
Más, tus voces son únicas.
Tu cuerpo se agita como silencio antes del abismo.

Honesta y de risa suave,
caminamos un día con mi amigo
descalzos, hundimos los pies en el fango.
Mientras la risa brotaba como luces ya en tus aguas.

Ese día nos burlamos de la futilidad de la vida,
e incluso me olvidé de ser humano.
Alivio.

Las hojas cubrían el sol
cuando subimos al árbol
y aullé con gozo al mediodía del verano.

Siendo hoy primavera,
te saludan todas tus orillas
Las ramas que te ven brotar
Los pájaros y su canto imperecedero
Las raíces que me vuelven a tí
El canto tuyo que anida en mi pecho.
Eres hoy, río danzarín,
mi canto y mi desvelo.

lunes, 1 de octubre de 2018

Sutra del girasol - Allen Ginsberg


Caminé por las orillas del muelle de latas y bananas y me senté bajo
                la inmensa sombra de una locomotora de la Southern
                Pacific para observar el ocaso sobre las colinas de casas
                como cajas de zapatos y llorar.
Jack Kerouac estaba sentado junto a mí sobre un poste de hierro,
                roto y herrumbroso, compañero, pensábamos los mismos
                pensamientos del alma, desolados y sombríos y con la
                mirada triste, rodeados por las nudosas raíces de acero de
                árboles de maquinaria.
La aceitosa agua del río reflejaba el cielo enrojecido, el sol se hundió
                sobre los picos finales de Frisco, no hay peces en ese
                arroyo, no hay ermitaño en esos montes, tan sólo nosotros
                mismos con ojos legañosos y resaca como viejos vagabundos
                en la ribera del río, cansados y taimados.
Fíjate en el Girasol, dijo él, había una sombra gris y muerta
                recortándose contra el cielo, grande como un hombre,
                erguida seca en lo alto de una montaña de viejísimo
                serrín —
— Subí encantado atropelladamente — era mi primer girasol, recuerdos
               de Blake — mis visiones — Harlem
e Infiernos de los ríos del Este, puentes campaneantes Grasientos
               Sandwiches de Joe, difuntos coches de niño, ruedas negras
               y sin dibujo olvidadas y sin recauchutar, el poema de la
               ribera, condones & cacerolas, cuchillos de acero, nada
               inoxidable, sólo el hediondo cieno y los artefactos afilados
              como cuchillas en tránsito hacia el pasado —
y el Girasol gris apostado contra el ocaso, resquebrajable desolado y
              polvoriento con el tizne y la contaminación y el humo de
              antiguas locomotoras en su ojo —
corola de indistintas púas dobladas y rotas como una corona
              machacada, las semillas caídas de su faz, boca que
              prontamente estará desdentada de soleado aire, rayos de
              sol obliterados sobre su peluda cabeza como una reseca
              tela de araña de alambre,
hojas extendidas como brazos saliendo del tallo, gesticulaciones de la
              raíz de serrín, trozos rotos de yeso caídos de las negras
              ramitas, una mosca muerta en su oreja,
Qué cosa impía y machacada eras, mi Girasol. ¡Oh mi alma, te amé
              entonces!
La mugre no era mugre de hombre alguno sino muerte y humanas
              locomotoras,
todo aquel traje de polvo, aquel velo de oscurecida piel de vía férrea,
              aquella polución de la mejilla, aquel párpado de negra
              miseria, aquella enhollinada mano o falo o protuberancia
              de algo artificial peor que la mugre — industrial — moderno—
              toda aquella civilización moteando tu delirante
              áurea corona —
y aquellos desolados pensamientos de muerte y polvorientos ojos sin
              amor y extremos y raíces resecas debajo, en el amontonamiento-
              hogar de arena y serrín, billetes de a dólar de
              goma, pellejas de maquinaria, las tripas y entrañas del
              sollozante y doliente automóvil, las vacías y solitarias latas
              con sus oxidadas lenguas ¡ay!, qué más podría yo citar, las
              ahumadas cenizas de algún cigarro pene, los coños de las
             carretillas y los lechosos pechos de los automóviles, culos
             desgastados de sillas & esfínteres de dinamos — todos
             éstos enredados entre tus momificadas raíces — ¡y tú ahí
             erguido ante mí en la puesta del sol, toda tu gloria en tu
             forma!
¡Una perfecta muestra de belleza de girasol! ¡una perfecta excelente
             adorable existencia de girasol! ¡un dulce ojo natural para
             la nueva luna enrollada despertó vivo y excitado aferrando
             en las sombras del ocaso la mensual brisa dorada del
             amanecer!
¿Cuántas moscas zumbaron a tu alrededor inocentes de tu mugre,
             mientras maldecías a los cielos del ferrocarril y de tu alma
            de flor?
¿Pobre flor muerta? ¿cuándo olvidaste que eras una flor? ¿cuándo
            miraste tu piel y decidiste que eras una sucia y vieja
            locomotora impotente? ¿el fantasma de una locomotora?
           ¿el espectro y la sombra de una otrora poderosa y demente
           locomotora americana?
Jamás fuiste una locomotora, Girasol, ¡fuiste un girasol!
Y tú locomotora, tú eres una locomotora, ¡no olvides lo que te digo!
De modo que arranqué el girasol delgado como un esqueleto y lo
           sujeté a mi costado como un cetro,
y entono mi sermón frente a mi alma, y también frente a la de Jack,
           y de la de quienquiera que desee oírlo,
— No somos nuestra piel mugrienta, no somos nuestra desolada
           terrible polvorienta locomotora sin imagen, todos somos
           hermosísimos girasoles dorados en nuestro interior, estamos
           benditos por nuestra propia semilla & nuestros
           dorados y peludos desnudos cuerpos de logro que crecen
           para transformarnos en dementes girasoles formales en el
          ocaso, espiados por nuestros ojos bajo la sombra de la
          loca locomotora ocaso de ribera en Frisco visión colínica
          de latas al anochecer sentados.
Berkeley, 1955

jueves, 20 de septiembre de 2018

Caminaba el sátiro entre luces de una ciudad divagada


Soñando con mil despedidas. 
Puertas cerrándose a su costado. 
Vestía de sátiro las mañanas de invierno, 
pensando en noches más cálidas y sin lluvia, 
bajo la sombra de un bosque.

Danzando sobre la poesía 
Danzando sobre la hierba
Volviendo como una golondrina
Bajo ese río infinito, 
encendiendo una pequeña hoguera.

Encontró una morada en los días mas cálidos,
vertía su savia dulce como el mar.
La nausea de los barcos cámbricos,
mecían al mediodía de la edad
cuando el fuego guarda todos sus colores

Aún arroja su rubor.
Aún cobija esta piel
Desnuda ante esas manos.
La boca de sus dedos
En la morada encuentra amparo.

En ella todo florece,
en sus cuencas cantan raíces.
teñidas de atardeceres,
de peces que ríen.
Cascadas que sanan la infancia. 

¿Cobijará su sombra al viajero ausente?
Soñando con un nuevo encuentro.
La puerta abierta
esperando al sátiro errante
perdido entre pájaros del cielo.

Abandonada la montaña;
la piel arrojándose al tacto 
Una celeste tarde de verano.
LA BELLEZA HECHA PALABRA ES NOSTALGIA
El sátiro guarda este secreto entre risas impávidas.

En mitad del aire se mecen estrellas errantes.


miércoles, 19 de septiembre de 2018

La fuente rosa del amor (lo que quedó)

Rozar los hongos -y su risa de niño-
Bukowski -sólo nombrarlo-
Ver El Club de la pelea con los estudiantes.
Acabar el día con eso.

La sonrisa de una joven colombiana,
sus dedos largos jugar con el Wurlitzer
en la sala de fondo de este bar oscuro.

Burla solapada a mis pobres investiduras
¿Cómo tomarme en serio? Cualquier cosa
La locura de cada mañana
La fuente rosa del amor
Espaldas, cabezas descubiertas rogando por un capataz
Antes que un maestro.
El vals y la soprhosine
La nada, el vuelo de las aves, el aire corrupto.
Saber decir adiós.


domingo, 2 de septiembre de 2018

Riéndose de la muerte


Riéndose de la muerte


Hacer del verso lo que alguna vez fue carne
Oyendo el canto de la tierra donde todo florece:
Dice que todo lo hermoso llega a su fin
Buscadores de belleza,
Nunca vi empresa más naufraga
Porque el genio gusta del exceso,
Imaginando el tibio sol de Saturno; la noche sin día,
La calma sin verso.
Manadas sin asentamiento
Mañanas fungis,
Ya partió el invierno.

Sobre el sendero peligroso bailan aves de carroña
Ellas no entierran a sus muertos.
Ignoran la caoba
Prefieren las nubes al suelo.
Los hijos no son suyos; se abandonan al viento.
Las aves guardan un secreto,
que lo supo quién guardó silencio.

sábado, 28 de julio de 2018

La cena del dios


Porque la sopa se enfría
El caldo de cultivo de la especie se vuelve estéril
Nos apresuramos a repetir una vez más esta rueda
La elipse
O la boa que se devora a sí misma
No somos capaces de ver el tiempo consumarse a sí mismo
De ver el fuego apagarse

A las fieras
Devorar nuestros críos
Porque tienen hambre
¿Qué nos hace creernos tan importantes?
¡Si a todos nos satisface el mismo río!
Nos avienta cada marea
Y el sol al ocultarse
Nos revela este espejismo
De noches con neblina
Esta luna llena y su gran eclipse
De un tono púrpura se muestra la rueda
Hemos caído presa del fuego como de la sangre Caín
Y aun nos permitimos una risa estúpida
Ebria
La lengua negra de vino tinto.

Dios silencioso
Dios serpiente
Procurador de muertos
Confesor de corderos crucificados
Prepara la cena

En un modesto caserío,
Cuna de serpientes.
Que en mitad de la noche salen,
Sus colas pisadas no son accidentes.
La luna llena se lleva su niebla,
La cena esta lista.

Las aves de carroña esperan
Son las últimas de retirarse de la mesa.
Huid antes de que eso suceda,
El bosque espera.

jueves, 19 de julio de 2018

El APÓSTATA*


*Llamábasele así -en la funesta época cristiana de la que aún no nos hemos librado- a aquellos quienes declarados creyentes renunciaban a su fe para adorar otros dioses. Cuando un apóstata era descubierto, se le crucificaba de la misma forma en la que murió Cristo, aunque prescindiendo de la tortura abundante en teatralidad de la vía crucis. Aunque, de ningún modo exento de teatralidad, debido a la potente imagen de ver un hombre agonizante clavado por sus extremidades a una cruz de madera. Este castigo, permítaseme decir, podría entrar fácilmente en la categoría de los irónicos.

Distintos templos se erigen sobre los mismos lugares. Los nombres de los dioses cambian, la vestimenta del sacerdote cambia, así también el aspecto de los feligreses; quienes, aunque siempre extasiados a la presencia divina, son conscientes del simulacro del que son parte, de lo lejos que está dios de sus corazones. De lo ajeno que son ellos a sus propios corazones. Sin embargo, hay algo que aún perdura; la fascinación, la ciclicidad del tiempo que se ve reflejada en las estaciones (y en las fechas colocadas sobre las mismas), la incomprensión de un misterio que parece erguirse por encima de lo humano, y los apóstatas.
Hay distintos tipos de espacios sagrados y, en contra de la creencia común, éstos no tienen que estar ligados necesariamente a la religión. Yo, por mi parte, he dado en muchos lugares con esta fuerza mítica y enviciante que invita a entrar en contacto con la divinidad. Sin embargo, no he hallado lugar más suculento para el alma que estar entre las piernas de una mujer.

Pues bien, esta historia comienza una tibia tarde de primavera. O más bien antes, tras terminar el duelo sexual luego de la ruptura amorosa con Daniela (mi gran amor de la adolescencia y juventud temprana), comencé a navegar obscenamente por una aplicación de mi celular: Tinder. Tal vez la conozcan, y si no la conocen, les recomiendo que, si lo suyo es probar cosas nuevas y raras, lo hagan. También hay una versión para varones que gusten de otros mancebos: grinder. En fin, yo vivía solo en un departamento en Santiago, Chile. Tenía el corazón roto y la libido altísima. Por entonces la costumbre era cogerme a dos muchachas distintas por semana. El método consistía en reunirnos en algún parque o bar cerca de mi casa, emborracharnos e invitarlas a mi casa donde podían encontrar abrigo, comida y más alcohol. En una de esas ocasiones, me contacté con una francesa que estaba estudiando algo relacionado con literatura o humanidades, su nombre era Adrienne. Tenía una estatura inferior a la mía, la piel pálida como la leche. Su cabello, largo, transitaba del rojo cobrizo al rubio. Nos vimos al atardecer a la orilla del Mapocho. Esa hora y esa estación del año me permitían ver todo el esplendor de su cabello. Y sus ojos, de un azul profundo que bordeaba en lo celeste hacía perderme a ratos, me era difícil recordar de qué estábamos hablando cuando veía esos ojos. Llevaba un vestido negro y una botella de buen vino chileno metido en su cartera. Yo llevaba el destapador y dos copas de vidrio rescatadas de mi casa. Creo que también llevábamos algo para comer, queso posiblemente. Lo cierto es que el método dio resultado. Me habló de un pájaro que anunciaba la primavera en Francia. Es decir, abandonaba la ciudad en las estaciones frías y cuando las cosas iban mejor en cuanto al clima, regresaba; su nombre era Hirondelle. Escuchar esa palabra, siquiera recordarla me hace sentir un pulso de corriente en la parte posterior de mi cintura. No fue sino hasta hace un par de semanas que, conversando con Alex, me di cuenta que seguramente ese pájaro no era otro más que la golondrina. No he querido corroborar esto, quizás para que Hirondelle guarde cierta mística.
Bueno, ya era de noche. El vino se había acabado y comenzaba a hacer frío. Sus piernas pálidas tomaron un tono rosáceo, al igual que nuestras caras que comenzaban a dibujar muecas de lujuria y ebriedad. La invité a seguir bebiendo, esta vez en mi casa, a lo cual ella, tras una sonrisa consabida, aceptó. Seguimos bebiendo vino ahí, uno de peor calidad esta vez, comprado por mí. Nos sentamos en un sillón-cama y dejamos que la música sonara libremente. Las risas abundaban y nos pusimos calientes. Nos besamos una primera vez, largamente. Lento. Jugué todas mis cartas en ese beso, algún toqueteo furtivo y progresivo. Y luego, seguimos conversando, aunque brevemente. Después un segundo beso, éste -eso sí- estuvo acompañado de caricias suspicaces que acabaron en su rodilla y jugaron con el borde de su falda que alcanzaba el final del muslo. Tras este juego, tomé su mano y la puse sobre mi pene que, palpitante, rogaba por salir de mi pantalón. El gesto fue bien recibido, aunque con cierta timidez, apretó suavemente mi miembro excitado y luego, lentamente, retiró la mano. Se alejó unos centímetros de mí, me miró y me preguntó: ¿tienes condón? Yo en ese momento pensé. “oh mierda ¿de verdad esto va a pasar?, ¿está pasando?, ¿puede ser que…?”. sí, claro. Contesté. ¿Vamos a la pieza mejor? Luego, los recuerdos “antes de” me son más similares a un sueño. Creo haber seguido jugando con sus piernas mientras besaba su cuello para luego ir bajando a sus senos. Tenía unos senos medianos, muy suaves. Y sus pezones eran rosados, quité su vestido mientras su cuerpo serpenteaba entre el colchón y mi cuerpo hambriento del suyo. Vi su cuerpo brillar a la luz de la luna casi llena, y me di cuenta que no había cerrado las cortinas que daban -siempre- hacia otras ventanas de otros departamentos aledaños. “¡que mierda!”, pensé. “por mí que todo el mundo me vea hacerle el amor a esta hermosa francesa nacida cerca de los límites con Suiza”. Pensando eso, un arrebato de seguir bebiendo me embargó. Mas no era vino lo que buscaba mi paladar, era la dulce humedad que se insinuaba por encima del calzón negro de encaje que traía puesto. Bajé ahí, comencé a sacarle los calzones con delicadeza y con un gesto de obscenidad o acaso de voracidad animal, cuando su calzón bordeaba esos muslos pálidos, mordí con suavidad su pierna derecha antes de que mis dientes se encargaran de que su calzón de encaje negro llegara hasta sus pies y luego al suelo. Es mentira que los franceses huelen mal y que no se depilan. Sólo en sus pies había un olor algo apestoso. “es por las alpargatas” me dijo. Ambos reímos. Luego, fijé mi mirada en su entrepierna y pude ver la flor rosada y palpitante rogando por ser devorada. Obedecí al acto a su ruego. Comí su coño poseído por el furor ebrio de la lujuria. cuando me detuve, apliqué método. En ese momento, me di cuenta que yo también estaba desnudo, no sabía cómo ni cuándo. Ella, por su parte, solo conservaba sus calcetines de panti que no duraron mucho, por cierto. Primero introduje un dedo en su vagina, el cual entró con facilidad mientras su espalda se arqueaba y un suspiro brotaba de su boca manchada con el violeta del vino que se mezclaba con nuestras babas. Exploré su vagina con mi índice. Luego, retiré mi dedo y le introduje el índice y el del medio. Ahora sí la textura de todo su interior era perceptible al mismo tiempo. Comencé a flectar mis dedos dentro de ella, cada vez más rápido, mientras su cuerpo se estremecía y las sábanas se empapaban de su humedad. La miré retorcerse de placer sobre mi cama, mientras su cabello de fuego daba vueltas sobre el colchón insinuando animales de superficies circulares a los que tantos hombres en la antigüedad rendían culto. El juego de los dedos estaba dando resultado, y no tardó mucho en explotar un afluente cálido dentro de ella. Yo puse mi boca en la salida de esa fuente para llenarme de su ambrosía. Una energía incontenible recorrió toda mi piel; me era imperioso embestirla, pero me contuve. Seguí con el juego de los dedos mientras mi lengua se abalanzaba contra su clítoris, la hice correrse de nuevo. Sólo entonces, le introduje mi serpiente en su nido. Y perdí la razón y el conteo del tiempo. Estaba tan caliente que la tarea de irme parecía imposible. Luego de un rato que pareció inacabable, aunque ameno, renuncié a mi propósito de correrme dentro de ella. Me salí de su interior y retiré el condón mientras me ubicaba en horizontal por debajo de ella, y al revés, con el propósito de darnos placer oral el uno al otro. Era una amante complaciente y desvergonzada. El juego continuó por horas o minutos, no lo sé. Lo cierto en que en esos momentos místicos el conteo que acostumbramos del tiempo no tiene importancia. Luego ella se quedó dormida desnuda al medio de la cama. Sólo entonces me levanté y cerré las cortinas. Miré la luna, estaba casi llena y no era tan pálida como su cuerpo. Absorto mire sus nalgas enrojecidas por el amor. La tapé y le susurré algo al oído, besé suavemente su mejilla, nos arropé a ambos con una frazada y me quedé dormido.
            Al día siguiente, despertamos pasado las diez. La resaca era amable. Fui a cagar al baño y cuando me levanté de la cama para dirigirme al trono, ella despertó. Luego de cagar, me quedé mirando el techo del baño. Pensé en Luis XIV y en sus concubinas. Ventilé y perfumé el baño lo más que pude. Volví, siempre desnudo, a nuestro lecho. Hablamos un poco, la resaca era amable para ambos. Una mañana de domingo donde reinaba el silencio. Nos bañamos por separado, ella primero. Mientras lo hacía, miré desde mi cama el cielo santiaguino cubierto por una fina capa de smog. No había una sola nube en el cielo. Luego me bañé yo. Salimos, ya vestidos, a la calle caminando lentamente hacia la Alameda que nos separaría para siempre. En el camino, nos reímos de las putas que, madrugadoras, esperaban en el umbral de sus lugares de trabajo algún cliente sediento de lo que ellas prometían darle. Alguna nos miró con envidia. Nosotros solo reíamos. Ella tomó mi mano, y así avanzamos cuadras por una ciudad que gateaba lentamente a sus trabajos. Los restaurantes comenzaban a abrir. Le pregunté si nos veríamos de nuevo, que me gustaría repetir la experiencia. Ella, amablemente, me rechazó. Ya estábamos llegando a la Alameda, soltó mi mano antes de llegar a la esquina. Nos despedimos con un beso en la boca. Tomé la micro, y no la he vuelto a ver hasta entonces. Ni creo que vuelva a hacerlo.

sábado, 9 de junio de 2018

¿Que son para nosotros... - Arthur Rimbaud

En el mes de marzo de 1871, Arthur Rimbaud, junto a su familia, visitan Paris, coincide su visita con la Comuna de París; famosa manifestación obrera y socialista en contra de Napoleón III, que sería particularmente recordada durante Mayo del 68´ (junto con la revolución  de 1848). En dicho contexto, Rimbaud comienza a escribir "Las cartas del vidente", el cual -al igual que la mayoría de sus escritos- tiene como objetivo el revolucionar el concepto de poesía que había hasta entonces. Sin embargo, menos conocido es otro texto llamado "¿Que son para nosotros..."; escrito en esta misma época, el cual muestra el interés del poeta por el descontento social de los trabajadores. Tramposo sería hacer una crítica literaria antes de presentar el texto, pero me parece inevitable hacer mención, al menos, sobre la presunta necesidad de que toda cultura precisa de una figura central abstracta que se erija como un falo que de autoridad y sentido a una sociedad, sin importar la inclinación política que esta tenga. Ahora bien, posiblemente en un futuro presente por este mismo medio algún ensayo sobre esta cuestión, centrándome en la figura de Robespierre (protagonista de otra revolución en Francia, en este caso la más famosa, la inciada -según la Historia Universal- en 1789). Más, por ahora, dejo al lector en contacto con este poema: 


¿Qué son para nosotros, mi corazón, las capas de sangre y la brasa, y mil muertes, y los largos gritos de rabia, sollozos de todo infierno apabullando todo orden; y el Aquilón todavía sobre los restos; y toda venganza? 

¡Nada!... -Pero sí, toda aún,
¡nosotros la queremos! Industriales, príncipes, senados:
¡pereced!poder, justicia, historia: ¡abajo!
Esto nos es debido.¡La sangre!¡La sangre!¡La llama de oro!
¡Todo a la guerra, a la venganza, al terror,
mi espíritu! Girémonos en la mordedura: 
¡Ah!¡pasad Repúblicas de este mundo! 
Emperadores, regimientos, colonos, pueblos, ¡ya basta!
¿Quién removerá los torbellinos de fuego furiosos, sino nosotros y los que nos imaginamos hermanos?
A nosotros, novelescos amigos: esto nos va a gustar.
¡Jamás trabajaremos, oh olas de fuego!
Europa, Asia, América, desapareced.
Nuestra marcha vengadora lo ha ocupado todo,
¡ciudades y campos! -¡Seremos aplastados!
¡Saltarán los volcanes! Y el Océano golpeando...
¡Oh!¡mis amigos! -Mi corazón, es seguro, son hermanos:
¡negros desconocidos, si acudiéramos!¡Vamos!¡vamos!
¡Oh desgracia!
¡Me siento temblar, la vieja tierra, sobre mí que más y más es vuestra, la tierra se funde,
¡No es nada!
¡Aquí estoy!
¡Aquí estoy siempre! 

Mari Ailla - Pedro Alonso Retamal

Mari Ailla - Pedro Alonso Retamal 


¿Quién te dijo a ti
que te hicieras carabinero,
Juan Antillanca?

Tú que naciste a la orilla del mar
y que jugaste en las playas sin dueño,
que naciste sabiendo
que la vida no necesita ley
porque allí nunca ocurre nada;
a más de una ola y otra ola,
un transitar de espuma,
dos fantasmas de viento
y una gaviota borracha de cielos…

¿Y qué más pasa, Juan Antillanca?

Cuando llegaste de uniforme verde
y te pusiste rígido,
¡parecías un atado de “colloi”!
¡cómo te gozaban los chiquillos,
casi te empelotaron la primera vez!

Tus ojos que eran mansos y risueños,
tuviste que endurecerlos;
y aquel gesto tuyo que era como un amanecer,
lo transformaste en grito duro,
en amenaza negra,
en noche desconfiada…

¿Te acuerdas cómo se las arreglaban
para tener algo de comer
cuando tú eras niño?
¿Y ahora, Juan, tú andas buscando
a los que roban ovejas
porque tienen hambre
y no tiene trabajo?

¿Cómo murió tu padre, recuerdas?
¿En qué cuartel amaneció muerto?

A ti te han escogido para esto
porque hablas “mapu dugun”
y porque conoces
todos los escondites de la costa.

Te vimos esa tarde cuando llegaste al Mauleo:
tú ibas más asustado que él,
pasaste avergonzado frente a nosotros.

Ese día, Juan, nos dio una pena grande.

Alguien dijo:
- Antillanca se hizo carabinero
para ganarse el pan pescando presos a sus hermanos.

¿Qué gusto tiene ese pan Antillanca?



(Fuente: http://poesiamapuche.blogspot.com/2009/08/mari-ailla.html )

lunes, 14 de mayo de 2018

Desvelos de infancia

Recuerdo el agua entrando en mi cuerpo.
Suspendí la respiración durante un año,
Desvelo de mi infancia, parece no tener sentido.

Siempre tuve miedo de este mar huraño.
Pesadillas donde, como una nube o una tormenta había venido
una ola cristalina se alzaba sobre el horizonte.
¿Qué conservan los muertos?

Ahora entiendo lo siguiente;
Sólo lo que la piel guarda puedo recordar.
 Las piedras estremecen mis huesos
Y desde la playa ,
una gaviota ciega  me viene a contar
que en mi boca anida un cangrejo silente.

Cuando calla la pena,
puedo ver nuestro lecho;
Su cuerpo atardecer ante mis ojos abiertos a la eternidad.
Casi transparente, como reloj de arena;
Sentí arder su pecho;
y probé abierto como una estrella, sus entrañas de azul y humedad.

Nos sumergimos en el  siniestro mar,
Ella con una piedra al cinturón,
Yo  con una cuerda por collar.

Hoy crece un coral sobre mi corazón.
Lleva su nombre y baila bajo la luna.

Su mano encontró la mía
Media vida después con otro rostro amanecía
Diez dedos entrelazados en la espuma.

viernes, 27 de abril de 2018

Marea incierta

Extraño lo que no tengo
Nostalgo el porvenir
Doy lo dicho por falso
El silencio castra
Las extremidades se comprimen

Lo cierto es que me voy de aquí
Que me voy de todos lados
y me duele el vértigo de quedarme.

Nos desnudamos por quimeras,
esfinges de cabello ardiente.

Abogo en la distancia
Soñando con alondras imperecederas en mares eternos.

Su cuerpo infantil de bailarina con la pata rota
refregándose con furia contra mi pubis
era el estertor de mis días muertos.

Subimos la mitad del morro para ver el fin
de este breve sueño otoñal.
Rocé su mano
y la sangre me hervía

Me resultaba inevitable amar siempre mujeres de fuego.

El mar se evaporaba al besar sus piernas.
Esa noche fui el mar.

Los surcos de su espalda, olas.

Sus ojos imprudentes atravesaron mi alma
como el sol las nubes.

Desde ese día en que el tiempo se detuvo,
sólo me quedan dos razones para seguir vivo
Volver a ver el mar y beber vino.

A mis estudiantes

El conocimiento replicante es estéril cuando le intercede el miedo.
El silencio de tus voces me llenó de pena.
Yo tampoco quise estar ahí, yo también sueño con ver todo arder.
La autoridad está muerta de miedo de nosotros, y no queremos darnos cuenta.
Cuánto quisiera abrirte los espacios de mi alma y mezclarla con la tuya.

No ignoro el potencial voraz de la raza humana, algunos sentidos no son nada nobles. No es este mi caso dada la ocasión, sólo soy un joven profesor cascado que hace esto para cumplir la condena que lo aleja de las montañas.

La convergencia de perspectivas distintas es lo que se conoce por milagro.

Quemen la escuela, quémenme con ella adentro. Crecí mal. Tomen palos de escoba y sáquenle punta; cacen aves. Planten marihuana en el techo de una fábrica cubierta de ollín y latas vacías: la vida sólo se restituye por la vida: una crueldad bien dosificada es como abono a las plantas; hace madurar el fruto. Ésta parece ser la regla de antaño.

Hoy sueño con esto, hoy me até las manos frente a la injusticia; soy un cobarde. Más no me hice el ciego, lo que hice fue tocar como un ciego; cauteloso y suave la superficie de esta cárcel nuevamente. Laberinto de adolescentes arrojados a las fauces de lo que "los que mandan" entienden por realidad. Tercos, embrutecidos por la poda de sus extremidades. Viejos jorobados de tanta alabanza: es preciso agotar su aliento con nuestras manos.

Metrópolis

Esto no es la vida. Es una triste parodia. La supresión de todos los estímulos que resulten favorables, ¿Qué queda sino la narcosis?
Una sodomía forzosa, el cuerpo de cabeza cogido por los pies y secado por un sol artificial, agónico.
Esta lapidación del alma se fundamenta en la producción; imperiosa, constante, llevada al absurdo. El paladar amargo, siento ingresar la peste a través del aire.
Los brazos de los árboles mutilados. Las raíces se insinúan bajo el asfalto; resistencia microscópica.
¿Hacia dónde exteriorizar la violencia?
Los pulmones contraídos, las vísceras acidificadas, Las extremidades del cuerpo atrofiadas, la sombra mezquina de árboles hambrientos y famélicos. Dime, ¿Hacia dónde dirijo la violencia si no es hacia mí?

miércoles, 18 de abril de 2018

Don Nica

una joyita

Desde la primera vez que leí a Nicanor Parra me causó algo raro, un gusto metálico en la boca que bajaba por el estómago. Quizás fue Marco el que me lo mostró, no lo recuerdo, pero aún era un estudiante del colegio, quizás 15 años, donde comenzaron tantas cosas. Otro día, uno soleado y en Las Cruces, lo vi -no a Marco, a Nicanor- debió haber sido unos 5 años atrás. Una joven lo acompañaba, por el aspecto impecable de esta joven pensé que podía ser una sirvienta, linda la casa de Nicanor, una grande, de piedra, un frondoso jardín y una banca, donde Nicanor se dirigía a sentarse. Lo vi y parecía una fábula, o tal vez un fantasma. Sentí los nervios de ese grupi que ve a una estrella de rock. Más, por cortesía, en ese instante pensé en todos los poetas jóvenes que tocaban a su puerta, soñé con estar ahí, dentro de esa casa llena de artefactos colgados por todas partes y completamente de madera lustrada preguntando tontamente cuál era su opinión respecto de mis pobres poemas. Nicanor se veia muy viejo, -¿y cómo no? tenía más de 90 años- cansado, moviéndose apenas. "Ahí va un inmortal", pensé en voz alta. "¿Qué?" dijo mi amiga, extrañada. y su palabra me despertó de ese sueño, de esa imagen que se arrastraba bajo el claroscuro de los árboles. Seguimos el paso, un poco después vimos el mar.



aparte: el día que murió Parra lo recuerdo bien, tenía que ir a la Biblioteca Nacional. no sé dónde vi la noticia -vaya memoria- quizás en una tele o alguien me lo dijo al entrar a un negocio a comprar algo. Lo cierto es que la ciudad entera rumoreaba su muerte. En fin, siempre he encontrado asquerosamente morboso y oportunista el tributar a alguien que recién ha muerto. En primer lugar por lo inútil que es pal fiambre, y en segundo lugar porque creo que es de un oportunismo artístico y político despreciable alinearse con la obra artística, y ni siquiera eso, con el personaje que presuroso empieza a construirse tras su muerte. "¿por qué no antes imbécil?, ¿por qué no fuiste a comprar sus libros cuando aun estaba vivo y, así, que el viejo hubiera usufructuado de esa venta? Ahora de nada le sirve a él. Lo que haces es para satisfacer tu ego, acaso para alinearte con otras personas de la misma calaña y montar una obra a costa de su muerte, aprovechando que es un tema contigente"

Por eso, lo pensé en silencio, no hice ni dije nada.  Sin embargo, al llegar la noche, hice una pausa en mi tesis y volví, como tantas veces, a oír sus poemas recitados por él. Creo haber escuchado no más de dos o tres. "El soliloquio del individuo", imprescinidible. Ahora descubrí un álbum con algunos de sus poemas. He ahí arriba el enlace, archivo esto e invito a mis escasos lectores a que lo oigan.

domingo, 15 de abril de 2018

Instrucciones para amar - Julio Cortázar


Pósese justo frente a la persona que se quiere amar. Mírela a los ojos, sonría delicadamente, no exagere. Haga lento el abrir y cerrar de ojos: baje lentamente los párpados, súbalos de igual forma. Así durante todo el procedimiento.
Tome lentamente su cara y acérquela a la propia; inmediatamente verá la fusión de labios. Con suavidad, abra la boca y mezcle las lenguas, manteniendo las manos sobre la cara. Luego de algunos segundos sentirá una reacción química que liberará energía calórica, pero no se precipite, prosiga con las instrucciones. Tranquilamente aparte las manos de la cara del ser amado, deslizándolas suavemente por los hombros hacia abajo, hasta llegar a la espalda.
Abrazar fuerte.
Continúe con los procedimientos anteriores, verá que no experimentará ninguna dificultad para realizar estos pasos al mismo tiempo. Relaje las piernas y los brazos, sosténgase de pie sobre la persona que se quiere amar, verá que es el mejor soporte posible.
Apague o disminuya la luz, el ambiente será más tranquilo.
Aproxímese a una cama, preferentemente hecha sólo de sábanas. No se preocupe por las almohadas, sus propios torsos cumplirán esa función perfectamente.
No se apresure, póngase, despacio, en posición horizontal, guíe al amado a ponerse en la misma posición, de manera que los dos queden acostados y de costado, mirándose una vez más.

No deje nunca de abrazar.

En silencio, recuéstese sobre el torso ajeno y déjese reposar un buen rato.
La oscuridad le dará una sensación muy pacífica de la realidad y limitando la visión y el oído, podrá disfrutar de los sentidos que suelen dejarse relegados: el tacto, el olor, el gusto. Mantenga el abrazo, pero no se quede dormido, el sueño bien podrá experimentarse despierto.
Admirar todo lo que guste, deleitarse con las más inocentes excusas, detener el tiempo mientras se ve a la persona amada hacer algo tan simple como hablar, fruncir el ceño o jugar infantil y tiernamente con un peluche. Agregue dulzura a gusto. Añada sonrisas, payasadas y bromas (las lágrimas no hacen mal si están medidas en proporción y están bien batidas con amor), regalos insignificantes como un beso en un momento inesperado o un papel escrito a las apuradas. Pueden ser valorados más que una joya.

Consejo: las caricias y besos extras a lo largo de todo el procedimiento producirá un mejor efecto y mejor resultado. No olvide las miradas.
Secreto: Esta receta es especial para noches de lluvia; el sonido de las gotas rompiendo el silencio conforma una atmósfera imperdible
 

Felicidad de inviernos


14 de marzo de 2016

¿Que ha sido de esos besos perdidos bajo las luces del invierno?, del vientre lleno de tanta risa.
Cuando te sentabas sobre mis piernas porque el frío hacia tiritar tu delgado cuerpo, y yo te arropaba cual niña bajo mi abrigo, te ofrecía mis mejillas entibiadas por el vino rosáceo, y tú ponías tu nariz de gato ahí.

Llegábamos a casa ya bien entrada la noche, no importaba donde ni cuando fuera. La verdad, mi casa era cualquier lugar mientras estuviera contigo.

-“Pablo”, me decías, “me siento mal, necesito tomar aire”. Siempre era por la madrugada, y el viento helaba las manos. Lograbas despertarme, y yo salía en piyama, botas y abrigo. Mientras tú te cubrías con mi ropa, no sin antes llenarte de mi olor que te gustaba tanto. Y buscaba un cigarrillo a medio fumar en el cenicero para calentarme las manos, tú te enojabas, no querías volver a la cama con ese olor en mi cuerpo. Sin embargo, al salir y caminar un poco, de todos modos lo prendía.

 Las calles vacías eran nuestras. Al calmarte y volver a casa, siempre te contaba una historia para que te quedaras dormida.

Ahora que lo pienso siempre necesitaste de mucho aire. Siendo yo alguien tan terrenal, no entendía por qué buscabas en otros horizontes lo que podías encontrar conmigo. Allí, los dos solos en medio de la noche, con las barrigas llenas y las extremidades congelándose. ¿No fue eso la felicidad para ti también?

Sigo sin entender como nos permitimos el exceso de perdernos.

sábado, 14 de abril de 2018

Beso eterno a Nadja Clítoris - Mario Santiago Papasquiaro

Lophophora williamsii o peyote.
 Mencionado en el poema "El zaguan de los dioses" del mexicano Mario Santiago.


No sé si algún día vas a nacer
o eres sencillamente otro comete-ardilla
chancea de fuego que mi sed de amor impulsa
En mí el brote de tus aguas
me abre/ ninfa de mi espasmo/ las nalgas & la boca
No seré tu padre pues
Quizás ni el cráter de volcán que montes por descuido
Tú serás/ epidemia del azar
tan cruel como esos peces que se tragan a sí mismos de sólo respirar
Tú hoy & mi hoy
¿Cuándo/ en qué bruto tobogán los enlazamos?
La Flor de la Obscenidad besa al Cristo del Hedor
Pues carne rajada son
islotes de sangre desintegradas las montañas
No porque albee en este momento la catástrofe te sueño
Te juro que te veo dibujada en la punta de mi glande
Más clara que el hollín con que tropiezo
Más sabía que la bruma que aún no sé romper
Te deseo/ por mujer
Por invisible
Porque tu nombre es ya 1 horno vivo en mi raigambre
Otros locos & locas
abrigarán el paso con que los rodearás
para impulsar su fuga
Te saludo/ incendiado
Cabroncísima
Desde esta única estación
que es ya tu fragua húmeda
***
Te sueño en forma de luciérnaga
que reposa su incesante vuelo
en el lago mayor de mi cabeza
Eres 1 incendio voraz: perra genésica
Aparición a la 1/2 del bosque
Salgo cojeando mi sed de 1 pulcata anónima
Tu embrión guía el torrente de mis pasos
¿Tendré que desaparecer para que seas?
¿Afirmaré mi condición de semidiós en tu ralea?
¿Con qué terremoto celular me ayuntaré para abrazarte?
Si has de ser/ bendigo toda contorsión o aguda lengua
que cimbre el culo de este absurdo tiempo
El virus de tu risa hinchando mi rostro fantasma de salvaje incróspito
Por las calles de París o la Pensil
lamiendo la lluvia benéfica de heroicas brujas milenarias
Ya lo filmarás tú
con el rayo aguamiel de tus ovarios
No habrá ceguera muro bomba diarrea de cascajo que te impida
Es hora de que nazcas
& me sumerja en ti
***
Ya estás aquí
& mientras este hoy vocee el eco de su sol
No habrá suicidio retroceso cirrosis síndrome tlacuache
cucarachas en el paladar de esta ambrosía
Está a punto de infartarse 1 siglo más
El cuento aquél del sapo que se volvió rareza
Se desgaja otro diluvio acá
No hay alma que soporte más coágulos anclados
Nuestro espejo besará o será engaño
Aunque la flor siempre suelte
sutiles aromas de esperanza
***
Desperté
/O aún ahora que lo escribo
creí hacerlo/
Sentí a mi sangre
caminar balbuceando al borboteo
-1 ciempiés azul entre tu pelo-
Ya sin bastón o herida alguna
Como África cogiéndose a la nieve
& eras tú/ hembra-niña de mis sueños
quien rascaba mi lento jabalí-espermatozoide
jalándolo alma afuera de su lodo
Hija mía en la frontera de los tiempos
Vulva eterna
Hornazo de la cábula
Cábala láser del golpeo preciso
La costilla que me arrancas
es esta misma pluma de arqueoptérix
con que escribo el más dulce de los nombres:
Nadja Clítoris
Abrazo-comunión tras la pared fantasma
Mi Yo disuelto en el tuteo
Epifanía gozando su erupción
Achipiélago - Luca Bocci

viernes, 13 de abril de 2018

SILENCIO



De la aparente e ineludible existencia en este plano

Del plano ciudad. Arquitectónica. La ciudad es el olvido, olvido que es muerte. Muerte cubierta de asfalto. Arrastra los cuerpos inertes bajo tierra. A miles de kilómetros de velocidad, los cuerpos se estrechan hasta volverse compactos. En su complexión, sueltan ciertos reclamos de vida: música de distintos tipos, divertimentos mefistofélicos aburren las mentes; lo que sea para no estar presente, para no ver rostros abstraídos en el desconocimiento de quien roza tan groseramente su cuerpo. Al ritmo de las maquinas.

El olvido es también gris, trae a colación la incierta circularidad del tiempo repetido a través de las generaciones, incluso varias veces en una misma vida suceden una serie de eventos que se asemejan peligrosamente: rutina. Temor. Escape. Olvido que es muerte, porque sólo en la memoria habita lo ausente.

Hay distintas sensibilidades. Y al mismo espacio-cuerpo no corresponden los mismos temblores (ese secreto bien lo guardan los cuerpos de los amantes), cada cuerpo se conecta de forma diferente con lo demás. Los puntos de resistencia son más que música oída en el transporte público, más que derrocar a tal o cual gobierno, ni de hacer un atentado simbólico (por lo demás bello) contra aquello que representa frente a un colectivo-masa-ardiente, alguna imagen que reúna lo que el fuego de las antorchas apunta como merecedor de expiación. Todo ese frenesí colectivo ahogado como un gol en la garganta, es querer encontrar la saciedad en el espectáculo, siempre político por lo demás. La dosis de circo necesaria.
Se exige, por lo demás, con el mismo derecho con el cual se enjaula a los pájaros, a que aquellas sensibilidades no dispuestas a habitar un espacio como el antes descrito, sea puesta en causa. No admite, por lo tanto, otras formas de vida. Como buen humanista, eso sí, no las mata a priori; consume su jugo hasta la saciedad, lo ingresa en circulación -que para todo hay materia- y lo seca, lo clasifica y lo guarda;
-para su estudio.
Dice:
-para que se sane
-para que aprenda

Ahora que ya nos vamos conociendo, déjeme contarle algo: acá las extremidades arden cual ácido por dentro, aquí la vista no da con bosques, los ríos están envenenados, la ira como vapores ebrios forma una nube en este valle de la muerte, en este campo sin mar ni estrellas. Sé bien que no es esta causa común, situación difícil de entender dada mi particular circunstancia, acá me dan a entender que es necesario disculparse por extrañar tanto un poco de agua clara corriendo por un río.
Y Silencio.

Ahí van los enjauladores de nuevo, murmurando sus muñones. No, no son todos, pero se oyen fuerte. Los carceleros. NO SABEN lo que es bailar desnudo a la luz de la luna, ebrio de golondrinas, las hojas susurran mil nimiedades. Suaves. Y las preguntas eternas cantan con el viento: esta vida es tan pequeña e irrelevante. La voz que no calla se hunde en las hojas, se hace -entre otras voces titánicamente más ancestrales que la propia- parte del mismo silencio. Pronto comienzan a verse otros relieves. Tras el bosque aguardan criaturas fascinantes. Son esas, también, otras formas de vida.

Volvamos al mundo estrictamente humano; producto de un incidente desarrollamos la conciencia, que nos ha hecho creernos capaces de dominar las fuerzas de la naturaleza. Y los mecanismos de que disponemos lo han hecho en buena parte, al menos en la parte estrictamente física. Así mismo, se han develado otros muchos misterios de los cuales no reparan en jactarse los sabios a diario cada vez que pueden. Hoy contamos con los medios suficientes para satisfacer las necesidades de todo el mundo, sin importar cuáles estas sean. Sin embargo, estos medios están a disposición de idiotas que no reparan en miramientos para crear -entre una mezcolanza de ocio y ambición- nuevas e inagotables necesidades, con una repetitividad tan agotante que no tarda esta en convertirse en una característica propia del humano en su más profundo sentir antropológico. Esa lectura de realidad humana crea todas las cárceles, todos los trabajos insufribles. Ya no tanto por la tortura de los cuerpos, sino por la mutilación del alma ¿no es nuestra vida una constante caída en la que nosotros mismos nos encargamos de cortarnos las alas?

La cuestión sería simple al decir que es a causa de algunos que vivimos de este modo, que en esa histeria colectiva que promete poner fin al ídolo dinero, derribe en un efecto dominó el modo de producción actual. Lo cierto es que esto ha sucedido, no sólo una vez, sino miles de veces con distintos modos y resultados. Pero el producto final no es el fin de la rueda, sino cambiar quien está haciéndola girar. Por eso desisto del mundo humano -no así de sus vicios más inmediatos y las formas más sensuales de sus cuerpos-. Sin embargo, es tan inútil buscar la causa del sufrimiento humano como de su fin, al menos en este matiz de realidad.



(Aparte)

Hace tan sólo un par de noches atrás, vi nacer la luna llena y radiante detrás de la ciudad. Acostando su reflejo sobre el mar, deslumbraba sin miramiento a quien la viera de frente, la costa se estremecía y la vida nacía debajo de las piedras negras que hay bajo el mar. La luna avanzó inexorable como la más vieja de las Moiras por el cielo hasta esconderse tras el abismo de árboles que nos cubría; no fui yo quien la vio en este punto, pero sí una mujer me dijo esto. Así mismo, alguna vez los antiguos lograron vislumbrar la sintonía que había entre los astros y los seres terrenales, la única distinción que hacían entre el humano y el resto de los seres vivos materiales era que los primeros representaban un puente entre lo divino y lo terrenal, puente que es interpretación; gesto poético de hacer de la energía y el símbolo palabra. Arte de la adivinación que anárquicamente ha recaído en distintas manos. Inútilmente extenso, así como arbitrario, sería hacer una cronología de sobre quiénes se han arrogado dicho privilegio. Sin embargo, me temo con el deber de sugerir lo siguiente:
Existe una vieja paradoja que pregunta: Si acaso un árbol cae en mitad del bosque sin que nadie le oiga, ¿hace ruido? Efectivamente. Sin embargo, ese sonido se pierde en la inmensidad sin que nadie testimonie su temblor.

Me temo que la pregunta planteada podría ser otra, o acaso extendida a otro punto: si la caída del árbol en mitad del bosque es la suma de todos los hechos relevantes que testimonia la historia de la humanidad (discúlpenme este universalismo), es preciso que este ruido sea recordado la mayor cantidad de veces posibles, o que el acceso al mismo esté siempre dispuesto a la mano de quien merezca conocerlo, para que siga siendo oído. Dicho ruido, que acontece a los sentidos humanos, va perdiéndose entre nimiedades mas inmediatas. Aun así, muchos precisamos de registrarlo y recordarlo; para que sea oído. Al registrarse ingresa en un orden de lo sensible, anteponiendo la vista y las consecuencias espirituales que de ello resulte. Así, el ruido de una guerra es más estridente que el de un árbol mecido por el soplo del mar: las caricias se pierden también en el silencio del bosque.
Es entonces en la ciudad donde se conservan y producen todos estos registros; absueltos en medio de las nimiedades de la época que nos ha tocado vivir, ya no son tan cataclismáticos los eventos que otrora dieron forma a este plano ciudad en que la mayoría habitamos y suponemos acreedora de la forma máxima de vida, sino que nuestras voces se virtualizan en medio de otras voces mudas a causa del ruido apabullante de vehículos que vagan con prisa a ninguna parte, una y otra vez a través de los días.

 Y sus noches ebrias de artificio.

No quisiera traernos de vuelta a ese espacio que parece circundar inexorable la vida de millones. Me gustaría, sin embargo, ofrecernos una salida a su sufrimiento, con toda la cuota de iluminismo que eso conlleve; pero me temo inerme si no hago antes la advertencia de que nada realmente llega a su fin último; esta invención atribuida al idealismo pareciera venir de mucho antes, acaso ya de la misma estructura clásica de todo relato, es decir;
principio,
desarrollo,
clímax y final.
Lo cierto es que, precisamente, no importa su origen ni su presunto fin, sino el grado de realidad que imponen los relatos hegemónicos de turno.
Lo preciso es transportarnos hacia otras dimensiones
Desnudar la fragilidad del individuo
Así como la anarquía que se precisa para estar vivo en una forma realmente auténtica.
Contra el presunto orden de todo gobierno humano, tanto colectivo como individual.
No hago más que repetir el eco de otras voces en mis manos, hasta el momento no he creado nada más que un prisma a través del cual mirar el horizonte.
El sufrimiento se suspende como la luna sobre el mar:
Un reflejo,
Un espasmo,
Y luego el ocaso.
Este es el nuevo relato:
La vida vaga sobre las mareas
La salida al sufrimiento se abre como una flor al rocío
Como los párpados al sueño que arroja símbolos sin preocuparse de sus consecuencias
Adivinemos lo siguiente: sólo el silencio tiene la última palabra.