De
la aparente e ineludible existencia en este plano
Del
plano ciudad. Arquitectónica. La ciudad es el olvido, olvido que es muerte.
Muerte cubierta de asfalto. Arrastra los cuerpos inertes bajo tierra. A miles
de kilómetros de velocidad, los cuerpos se estrechan hasta volverse compactos.
En su complexión, sueltan ciertos reclamos de vida: música de distintos tipos,
divertimentos mefistofélicos aburren las mentes; lo que sea para no estar
presente, para no ver rostros abstraídos en el desconocimiento de quien roza
tan groseramente su cuerpo. Al ritmo de las maquinas.
El
olvido es también gris, trae a colación la incierta circularidad del tiempo
repetido a través de las generaciones, incluso varias veces en una misma vida
suceden una serie de eventos que se asemejan peligrosamente: rutina. Temor.
Escape. Olvido que es muerte, porque sólo en la memoria habita lo ausente.
Hay
distintas sensibilidades. Y al mismo espacio-cuerpo no corresponden los mismos
temblores (ese secreto bien lo guardan los cuerpos de los amantes), cada cuerpo
se conecta de forma diferente con lo demás. Los puntos de resistencia son más
que música oída en el transporte público, más que derrocar a tal o cual
gobierno, ni de hacer un atentado simbólico (por lo demás bello) contra aquello
que representa frente a un colectivo-masa-ardiente, alguna imagen que reúna lo
que el fuego de las antorchas apunta como merecedor de expiación. Todo ese
frenesí colectivo ahogado como un gol en la garganta, es querer encontrar la
saciedad en el espectáculo, siempre político por lo demás. La dosis de circo
necesaria.
Se
exige, por lo demás, con el mismo derecho con el cual se enjaula a los pájaros,
a que aquellas sensibilidades no dispuestas a habitar un espacio como el antes
descrito, sea puesta en causa. No admite, por lo tanto, otras formas de vida.
Como buen humanista, eso sí, no las mata a priori; consume su jugo hasta la
saciedad, lo ingresa en circulación -que para todo hay materia- y lo seca, lo
clasifica y lo guarda;
-para
su estudio.
Dice:
-para
que se sane
-para
que aprenda
Ahora
que ya nos vamos conociendo, déjeme contarle algo: acá las extremidades arden
cual ácido por dentro, aquí la vista no da con bosques, los ríos están
envenenados, la ira como vapores ebrios forma una nube en este valle de la
muerte, en este campo sin mar ni estrellas. Sé bien que no es esta causa común,
situación difícil de entender dada mi particular circunstancia, acá me dan a
entender que es necesario disculparse por extrañar tanto un poco de agua clara
corriendo por un río.
Y
Silencio.
Ahí
van los enjauladores de nuevo, murmurando sus muñones. No, no son todos, pero
se oyen fuerte. Los carceleros. NO SABEN lo que es bailar desnudo a la luz de
la luna, ebrio de golondrinas, las hojas susurran mil nimiedades. Suaves. Y las
preguntas eternas cantan con el viento: esta vida es tan pequeña e irrelevante.
La voz que no calla se hunde en las hojas, se hace -entre otras voces
titánicamente más ancestrales que la propia- parte del mismo silencio. Pronto
comienzan a verse otros relieves. Tras el bosque aguardan criaturas
fascinantes. Son esas, también, otras formas de vida.
Volvamos
al mundo estrictamente humano; producto de un incidente desarrollamos la
conciencia, que nos ha hecho creernos capaces de dominar las fuerzas de la
naturaleza. Y los mecanismos de que disponemos lo han hecho en buena parte, al
menos en la parte estrictamente física. Así mismo, se han develado otros muchos
misterios de los cuales no reparan en jactarse los sabios a diario cada vez que
pueden. Hoy contamos con los medios suficientes para satisfacer las necesidades
de todo el mundo, sin importar cuáles estas sean. Sin embargo, estos medios
están a disposición de idiotas que no reparan en miramientos para crear -entre
una mezcolanza de ocio y ambición- nuevas e inagotables necesidades, con una
repetitividad tan agotante que no tarda esta en convertirse en una
característica propia del humano en su más profundo sentir antropológico. Esa
lectura de realidad humana crea todas las cárceles, todos los trabajos
insufribles. Ya no tanto por la tortura de los cuerpos, sino por la mutilación
del alma ¿no es nuestra vida una constante caída en la que nosotros mismos nos
encargamos de cortarnos las alas?
La
cuestión sería simple al decir que es a causa de algunos que vivimos de este
modo, que en esa histeria colectiva que promete poner fin al ídolo dinero,
derribe en un efecto dominó el modo de producción actual. Lo cierto es que esto
ha sucedido, no sólo una vez, sino miles de veces con distintos modos y
resultados. Pero el producto final no es el fin de la rueda, sino cambiar quien
está haciéndola girar. Por eso desisto del mundo humano -no así de sus vicios
más inmediatos y las formas más sensuales de sus cuerpos-. Sin embargo, es tan
inútil buscar la causa del sufrimiento humano como de su fin, al menos en este
matiz de realidad.
(Aparte)
Hace
tan sólo un par de noches atrás, vi nacer la luna llena y radiante detrás de la
ciudad. Acostando su reflejo sobre el mar, deslumbraba sin miramiento a quien
la viera de frente, la costa se estremecía y la vida nacía debajo de las
piedras negras que hay bajo el mar. La luna avanzó inexorable como la más vieja
de las Moiras por el cielo hasta esconderse tras el abismo de árboles que nos
cubría; no fui yo quien la vio en este punto, pero sí una mujer me dijo esto.
Así mismo, alguna vez los antiguos lograron vislumbrar la sintonía que había
entre los astros y los seres terrenales, la única distinción que hacían entre
el humano y el resto de los seres vivos materiales era que los primeros
representaban un puente entre lo divino y lo terrenal, puente que es
interpretación; gesto poético de hacer de la energía y el símbolo palabra. Arte
de la adivinación que anárquicamente ha recaído en distintas manos. Inútilmente
extenso, así como arbitrario, sería hacer una cronología de sobre quiénes se
han arrogado dicho privilegio. Sin embargo, me temo con el deber de sugerir lo
siguiente:
Existe
una vieja paradoja que pregunta: Si acaso un árbol cae en mitad del bosque sin
que nadie le oiga, ¿hace ruido? Efectivamente. Sin embargo, ese sonido se
pierde en la inmensidad sin que nadie testimonie su temblor.
Me
temo que la pregunta planteada podría ser otra, o acaso extendida a otro punto:
si la caída del árbol en mitad del bosque es la suma de todos los hechos
relevantes que testimonia la historia de la humanidad (discúlpenme este
universalismo), es preciso que este ruido sea recordado la mayor cantidad de veces
posibles, o que el acceso al mismo esté siempre dispuesto a la mano de quien merezca
conocerlo, para que siga siendo oído. Dicho ruido, que acontece a los sentidos
humanos, va perdiéndose entre nimiedades mas inmediatas. Aun así, muchos
precisamos de registrarlo y recordarlo; para que sea oído. Al registrarse
ingresa en un orden de lo sensible, anteponiendo la vista y las consecuencias
espirituales que de ello resulte. Así, el ruido de una guerra es más estridente
que el de un árbol mecido por el soplo del mar: las caricias se pierden también
en el silencio del bosque.
Es
entonces en la ciudad donde se conservan y producen todos estos registros;
absueltos en medio de las nimiedades de la época que nos ha tocado vivir, ya no
son tan cataclismáticos los eventos que otrora dieron forma a este plano ciudad
en que la mayoría habitamos y suponemos acreedora de la forma máxima de vida,
sino que nuestras voces se virtualizan en medio de otras voces mudas a causa
del ruido apabullante de vehículos que vagan con prisa a ninguna parte, una y
otra vez a través de los días.
Y sus noches ebrias de artificio.
principio,
desarrollo,
clímax
y final.
Lo
cierto es que, precisamente, no importa su origen ni su presunto fin, sino el
grado de realidad que imponen los relatos hegemónicos de turno.
Lo
preciso es transportarnos hacia otras dimensiones
Desnudar
la fragilidad del individuo
Así
como la anarquía que se precisa para estar vivo en una forma realmente
auténtica.
Contra
el presunto orden de todo gobierno humano, tanto colectivo como individual.
No
hago más que repetir el eco de otras voces en mis manos, hasta el momento no he
creado nada más que un prisma a través del cual mirar el horizonte.
El
sufrimiento se suspende como la luna sobre el mar:
Un
reflejo,
Un
espasmo,
Y
luego el ocaso.
Este
es el nuevo relato:
La
vida vaga sobre las mareas
La
salida al sufrimiento se abre como una flor al rocío
Como
los párpados al sueño que arroja símbolos sin preocuparse de sus consecuencias
Adivinemos
lo siguiente: sólo el silencio tiene la última palabra.
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