miércoles, 11 de abril de 2018

De sequedad


Otoño, 2017


25, casi 26 años y conservo, solamente, el recuerdo de dos grandes amores que supieron superarme bien y encontrar nuevos amores para sí. Mientras que yo, muy tarde, logré darme cuenta de lo que sentía por ellas. Hoy la sangre fluye lenta, sin gravedad, por mis tripas. El dulce sabor de su cuerpo aparece tan lejano como un sueño intrépido de luces que ya no podré ver de nuevo. Mujeres hermosas y salvajes. Hermosas e injustas, me miran juiciosas y en silencio, pensando: “siempre tuve la razón”. Limpian el borde de su boca una vez entregada a mis fluidos con resacas del ayer pálido. Ríen juiciosas, llenas de júbilo.

La experiencia de ahondar cada milímetro de su cuerpo es vasta. Agotante. Minuciosa. Y llena de amor, sea cual sea su manifestación. Tiene gusto a sangre, sudor y lágrimas, como se dice habitualmente. Pero la experiencia particular de esa esencia es única. Cual idiota intento añorar, idolatrar esa experiencia estética que me acerca fortuitamente a la belleza, con o sin querer; beso cicatrices y a la vez que las sano abro nuevas heridas con el filo de mis uñas, de todo mi amor desbordado de infinito añorante, de matices de estaciones meridionales. Todo entendimiento se disuelve en mis dedos, y guarda esta fragilidad petulante de hacerse verbo en otra carne que se consuma en sí misma, nunca el envase se desborda. Tal vez en un haber pasado, ajeno ya a mis manos. Buscar el fruto de esto resulta insignificante para otro, el producto se sintetiza en palabras torpes, siempre impotentes. La madrugada fría. Las mañanas inciertas. El velo de la mirada puesto en mí como un pesar revocante. La escarcha sobre las espaldas de los días inciertos, sus cuerpos tiritando y siempre añorantes de mi calor, pero que ya rehúsan de esta piel cubiertas de insustancialidad.

“ella me amó”, es cierto, pero ya eso no está propiamente manifiesto. La soledad como el irrevocable lugar común, pero no, ese espacio resulta muy común. Es más, el cúmulo de llamadas de auxilio sin respuesta, y es que no hay culpables. Sólo el irrevocable acontecer trágico del amor que se subvierte en posesión. La transmutación de la espontaneidad en la pasividad de quien espera tras el faro a la orilla de cada quien sabe dónde. Gotas, huevos, miradas, borracheras, saber que ella iba a cagar a cierta hora; nunca sentí su olor a mierda, pero sí su mierda, vertida sobre mí como un reproche, como si yo fuera a expiar aquello; la pérdida del alma a cambio del rescate de sí mismo en otro como olvido de sí. Nunca hemos sido capaces de abordar a otro en su totalidad; soledad irrevocable. Las palabras bien putas dispuestas a volver conceptos aquello que nos carcome el alma agonizante de infinito; nunca satisfechas ni en otro ni en sí.

Te incito, pues, a beber este trago agridulce mientras todo toma menos relevancia. A suponer que cada piel es prescindible, que las hojas se disuelven con los pasos inevitables del andar. Pero no, ambos sabemos que no es así, las cicatrices están expuestas; no nos queda nada por hacer, más que hacernos los tontos y seguir adelante, como si en ese camino aconteciera algo análogo… y esto, sin saber qué es, se consume circularmente, lentamente sin encontrar respuesta ni concilio en nada, más que aquello que pasa frente a nuestras manos intrépidas, torcidas, vueltas hacia sí y que, cuando hayan otro punto de gravedad, no saben cómo reaccionar hasta que resulta un poco tarde, nunca somos suficientes; se agotan nuestros recursos y nos agotamos en ellos. Disecados.   




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