miércoles, 11 de abril de 2018

Felicidad de inviernos



14 de marzo de 2016


¿Que ha sido de esos besos perdidos bajo las luces del invierno?, del vientre lleno de tanta risa.
Cuando te sentabas sobre mis piernas porque el frio hacia tiritar tu delgado cuerpo, y yo te arropaba cual niña bajo mi abrigo, te ofrecía mis mejillas entibiadas por el vino rosáceo, y tú ponías tu nariz de gato ahí.

Llegábamos a casa ya bien entrada la noche, no importaba donde ni cuando fuera. La verdad, mi casa era cualquier lugar mientras estuviera contigo.

-“Pablo”, me decías, “me siento mal, necesito tomar aire”. Siempre era por la madrugada, y el viento helaba las manos. Lograbas despertarme, y yo salía en piyama, botas y abrigo. Mientras tú te cubrías con mi ropa, no sin antes llenarte de mi olor que te gustaba tanto. Y buscaba un cigarrillo a medio fumar en el cenicero para calentarme las manos, tú te enojabas, no querías volver a la cama con ese olor en mi cuerpo. Sin embargo, al salir y caminar un poco, de todos modos lo prendía.

 Las calles vacías eran nuestras. Al calmarte y volver a casa, siempre te contaba una historia para que te quedaras dormida.

Ahora que lo pienso siempre necesitaste de mucho aire. Siendo yo alguien tan terrenal, no entendía por qué buscabas en otros horizontes lo que podías encontrar conmigo. Allí, los dos solos en medio de la noche, con las barrigas llenas y las extremidades congelándose. ¿No fue eso la felicidad para ti también?

Sigo sin entender como nos permitimos el exceso de perdernos.

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