lunes, 9 de abril de 2018

En nombre de la belleza (Ensayo)


Un muro frágil se erige entre el ayer y hoy, la maldita linealidad cómplice del lenguaje trabaja precipitadamente haciendo del barro formas que son insostenibles por sí mismas. Usted verá su recuerdo como a su memoria mejor le parezca que deba verlo. Van a caer sapos del cielo antes de que haya un paradigma que no encaje en el relato. Aun así, soy férreo creyente de que la piel guarda otro registro. Hoy, por ejemplo, siendo 26 de diciembre de 2016 siento el frio y la oscuridad que no eran sinónimo de desolación como a todo el mundo suele parecerle. Era la luna en todo su esplendor tras una luz pálida de ciudad aun indescifrada, era el vértigo de no entender que pasaba, era la inocencia de lo que no parece volver.

A usted le cuesta entender que la muerte cohabita con la vida, que la persona que ama puede estar muerta y viva a la vez, que el hilo que sostiene frágilmente una conversación por teléfono es también esa suspensión de la irrealidad de la distancia. ¿Cuál es el punto donde dos cuerpos se encuentran?, aquí la piel suele ser una excusa. No es cierto, aunque dos pieles se encuentren furtivamente puede haber millones de kilómetros de historias que los separen, de desencuentros, de llagas nunca antes descubiertas; un dedo puede hacer temblar un cuerpo, que no se diga lo contrario.

El cumulo de fluidos absorbidos en las telas se encuentran en algún punto del pozo que tengo y al que veces llamo corazón. Bajan trémulos y precipitosos por las paredes internas que parecen ser de piedra adoquinada. Una vez aprehendida la belleza, esta se asoma y parece restituirse en nombre de una bandera guardada en un cofre, dentro de una bóveda, dentro de un laberinto por el que se llega a través de un pozo custodiado por jaulas para aves ausentes, y de la cual nadie ha visto sus colores. Las trampas están dispuestas para quien las visite. ¿quién puso esas trampas? ¿algún arquitecto ocioso o lleno de rencor para prohibirle el acceso a los curiosos? La cuestión no es tan planeada: muchas almas dispusieron su energía aquí, y la estructura del laberinto es más producto del azar que de un proyecto claro. El resultado de los años destilando contra la gravedad y girando lentamente.

Siempre la energía se ve dispersa en este punto, precipitando un final se opta por cualquier cosa que guarde una distancia con algún lugar común pero que a la vez restituya el motivo que impulsa a crear; llámesele una elipse para parecer elitista y a la vez interesante en ese misterio que es ajeno también a su servidor. Y vamos enarbolando mentiras y dibujando bosquejos de nubes atravesando el cielo; elegimos un color de pintura para dibujar el cielo en primavera, un trazo para esgrimirle el horizonte al mar; una palabra, una frase, un libro, un arte, una carrera para circundarle a la vida, para poder aprehenderla sin que nos queme. Le asignamos un nombre a eso para que, años después, tengamos a qué apuntar con el dedo antes que a sí mismo; a ti mismo y a todas tus grietas enfermas y llenas de charcos cubiertos por una delgada capa de polvo. Usted, querido lector y usted, querido escritor, no son sino la misma cosa condensada en tangentes paralelas, aquí esperamos algo que nos arroje cómodos a la realidad que habituamos. Mi deseo no puede ser más opuesto, ni tampoco es la amargura lo que quisiera probar en tu boca. Sí una corrida de electricidad subiendo y bajando por tu espina dorsal mientras nuestros ojos se sumergen en la irrealidad del tiempo sin tiempo. Un nuevo registro abriéndose mientras se quema la biblioteca de tu alma que se presume imperecedera. ¡¿Qué digo alma?! Quiero decir, entrañas. Lenguas de fuego someten los sueños del que ya no teme ser voluble, y por ello siente vértigos. Vértigo del que no se detiene a pensar si acaso vale la pena vivir de nuevo esto que nos sumerge en la inmensidad, que nos eyecta el vientre hacia la divinidad que yace tibia en algún punto al medio del cuerpo, anidada como una fuerza inamovible que despierta y se desplaza, o más bien se funde en el vértigo y ya no importa el planeta ni la fuerza primera que la impulsó; sólo el movimiento sin dirección: y esto es lo que yo entiendo por vida.

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