viernes, 27 de abril de 2018

Marea incierta

Extraño lo que no tengo
Nostalgo el porvenir
Doy lo dicho por falso
El silencio castra
Las extremidades se comprimen

Lo cierto es que me voy de aquí
Que me voy de todos lados
y me duele el vértigo de quedarme.

Nos desnudamos por quimeras,
esfinges de cabello ardiente.

Abogo en la distancia
Soñando con alondras imperecederas en mares eternos.

Su cuerpo infantil de bailarina con la pata rota
refregándose con furia contra mi pubis
era el estertor de mis días muertos.

Subimos la mitad del morro para ver el fin
de este breve sueño otoñal.
Rocé su mano
y la sangre me hervía

Me resultaba inevitable amar siempre mujeres de fuego.

El mar se evaporaba al besar sus piernas.
Esa noche fui el mar.

Los surcos de su espalda, olas.

Sus ojos imprudentes atravesaron mi alma
como el sol las nubes.

Desde ese día en que el tiempo se detuvo,
sólo me quedan dos razones para seguir vivo
Volver a ver el mar y beber vino.

A mis estudiantes

El conocimiento replicante es estéril cuando le intercede el miedo.
El silencio de tus voces me llenó de pena.
Yo tampoco quise estar ahí, yo también sueño con ver todo arder.
La autoridad está muerta de miedo de nosotros, y no queremos darnos cuenta.
Cuánto quisiera abrirte los espacios de mi alma y mezclarla con la tuya.

No ignoro el potencial voraz de la raza humana, algunos sentidos no son nada nobles. No es este mi caso dada la ocasión, sólo soy un joven profesor cascado que hace esto para cumplir la condena que lo aleja de las montañas.

La convergencia de perspectivas distintas es lo que se conoce por milagro.

Quemen la escuela, quémenme con ella adentro. Crecí mal. Tomen palos de escoba y sáquenle punta; cacen aves. Planten marihuana en el techo de una fábrica cubierta de ollín y latas vacías: la vida sólo se restituye por la vida: una crueldad bien dosificada es como abono a las plantas; hace madurar el fruto. Ésta parece ser la regla de antaño.

Hoy sueño con esto, hoy me até las manos frente a la injusticia; soy un cobarde. Más no me hice el ciego, lo que hice fue tocar como un ciego; cauteloso y suave la superficie de esta cárcel nuevamente. Laberinto de adolescentes arrojados a las fauces de lo que "los que mandan" entienden por realidad. Tercos, embrutecidos por la poda de sus extremidades. Viejos jorobados de tanta alabanza: es preciso agotar su aliento con nuestras manos.

Metrópolis

Esto no es la vida. Es una triste parodia. La supresión de todos los estímulos que resulten favorables, ¿Qué queda sino la narcosis?
Una sodomía forzosa, el cuerpo de cabeza cogido por los pies y secado por un sol artificial, agónico.
Esta lapidación del alma se fundamenta en la producción; imperiosa, constante, llevada al absurdo. El paladar amargo, siento ingresar la peste a través del aire.
Los brazos de los árboles mutilados. Las raíces se insinúan bajo el asfalto; resistencia microscópica.
¿Hacia dónde exteriorizar la violencia?
Los pulmones contraídos, las vísceras acidificadas, Las extremidades del cuerpo atrofiadas, la sombra mezquina de árboles hambrientos y famélicos. Dime, ¿Hacia dónde dirijo la violencia si no es hacia mí?

miércoles, 18 de abril de 2018

Don Nica

una joyita

Desde la primera vez que leí a Nicanor Parra me causó algo raro, un gusto metálico en la boca que bajaba por el estómago. Quizás fue Marco el que me lo mostró, no lo recuerdo, pero aún era un estudiante del colegio, quizás 15 años, donde comenzaron tantas cosas. Otro día, uno soleado y en Las Cruces, lo vi -no a Marco, a Nicanor- debió haber sido unos 5 años atrás. Una joven lo acompañaba, por el aspecto impecable de esta joven pensé que podía ser una sirvienta, linda la casa de Nicanor, una grande, de piedra, un frondoso jardín y una banca, donde Nicanor se dirigía a sentarse. Lo vi y parecía una fábula, o tal vez un fantasma. Sentí los nervios de ese grupi que ve a una estrella de rock. Más, por cortesía, en ese instante pensé en todos los poetas jóvenes que tocaban a su puerta, soñé con estar ahí, dentro de esa casa llena de artefactos colgados por todas partes y completamente de madera lustrada preguntando tontamente cuál era su opinión respecto de mis pobres poemas. Nicanor se veia muy viejo, -¿y cómo no? tenía más de 90 años- cansado, moviéndose apenas. "Ahí va un inmortal", pensé en voz alta. "¿Qué?" dijo mi amiga, extrañada. y su palabra me despertó de ese sueño, de esa imagen que se arrastraba bajo el claroscuro de los árboles. Seguimos el paso, un poco después vimos el mar.



aparte: el día que murió Parra lo recuerdo bien, tenía que ir a la Biblioteca Nacional. no sé dónde vi la noticia -vaya memoria- quizás en una tele o alguien me lo dijo al entrar a un negocio a comprar algo. Lo cierto es que la ciudad entera rumoreaba su muerte. En fin, siempre he encontrado asquerosamente morboso y oportunista el tributar a alguien que recién ha muerto. En primer lugar por lo inútil que es pal fiambre, y en segundo lugar porque creo que es de un oportunismo artístico y político despreciable alinearse con la obra artística, y ni siquiera eso, con el personaje que presuroso empieza a construirse tras su muerte. "¿por qué no antes imbécil?, ¿por qué no fuiste a comprar sus libros cuando aun estaba vivo y, así, que el viejo hubiera usufructuado de esa venta? Ahora de nada le sirve a él. Lo que haces es para satisfacer tu ego, acaso para alinearte con otras personas de la misma calaña y montar una obra a costa de su muerte, aprovechando que es un tema contigente"

Por eso, lo pensé en silencio, no hice ni dije nada.  Sin embargo, al llegar la noche, hice una pausa en mi tesis y volví, como tantas veces, a oír sus poemas recitados por él. Creo haber escuchado no más de dos o tres. "El soliloquio del individuo", imprescinidible. Ahora descubrí un álbum con algunos de sus poemas. He ahí arriba el enlace, archivo esto e invito a mis escasos lectores a que lo oigan.

domingo, 15 de abril de 2018

Instrucciones para amar - Julio Cortázar


Pósese justo frente a la persona que se quiere amar. Mírela a los ojos, sonría delicadamente, no exagere. Haga lento el abrir y cerrar de ojos: baje lentamente los párpados, súbalos de igual forma. Así durante todo el procedimiento.
Tome lentamente su cara y acérquela a la propia; inmediatamente verá la fusión de labios. Con suavidad, abra la boca y mezcle las lenguas, manteniendo las manos sobre la cara. Luego de algunos segundos sentirá una reacción química que liberará energía calórica, pero no se precipite, prosiga con las instrucciones. Tranquilamente aparte las manos de la cara del ser amado, deslizándolas suavemente por los hombros hacia abajo, hasta llegar a la espalda.
Abrazar fuerte.
Continúe con los procedimientos anteriores, verá que no experimentará ninguna dificultad para realizar estos pasos al mismo tiempo. Relaje las piernas y los brazos, sosténgase de pie sobre la persona que se quiere amar, verá que es el mejor soporte posible.
Apague o disminuya la luz, el ambiente será más tranquilo.
Aproxímese a una cama, preferentemente hecha sólo de sábanas. No se preocupe por las almohadas, sus propios torsos cumplirán esa función perfectamente.
No se apresure, póngase, despacio, en posición horizontal, guíe al amado a ponerse en la misma posición, de manera que los dos queden acostados y de costado, mirándose una vez más.

No deje nunca de abrazar.

En silencio, recuéstese sobre el torso ajeno y déjese reposar un buen rato.
La oscuridad le dará una sensación muy pacífica de la realidad y limitando la visión y el oído, podrá disfrutar de los sentidos que suelen dejarse relegados: el tacto, el olor, el gusto. Mantenga el abrazo, pero no se quede dormido, el sueño bien podrá experimentarse despierto.
Admirar todo lo que guste, deleitarse con las más inocentes excusas, detener el tiempo mientras se ve a la persona amada hacer algo tan simple como hablar, fruncir el ceño o jugar infantil y tiernamente con un peluche. Agregue dulzura a gusto. Añada sonrisas, payasadas y bromas (las lágrimas no hacen mal si están medidas en proporción y están bien batidas con amor), regalos insignificantes como un beso en un momento inesperado o un papel escrito a las apuradas. Pueden ser valorados más que una joya.

Consejo: las caricias y besos extras a lo largo de todo el procedimiento producirá un mejor efecto y mejor resultado. No olvide las miradas.
Secreto: Esta receta es especial para noches de lluvia; el sonido de las gotas rompiendo el silencio conforma una atmósfera imperdible
 

Felicidad de inviernos


14 de marzo de 2016

¿Que ha sido de esos besos perdidos bajo las luces del invierno?, del vientre lleno de tanta risa.
Cuando te sentabas sobre mis piernas porque el frío hacia tiritar tu delgado cuerpo, y yo te arropaba cual niña bajo mi abrigo, te ofrecía mis mejillas entibiadas por el vino rosáceo, y tú ponías tu nariz de gato ahí.

Llegábamos a casa ya bien entrada la noche, no importaba donde ni cuando fuera. La verdad, mi casa era cualquier lugar mientras estuviera contigo.

-“Pablo”, me decías, “me siento mal, necesito tomar aire”. Siempre era por la madrugada, y el viento helaba las manos. Lograbas despertarme, y yo salía en piyama, botas y abrigo. Mientras tú te cubrías con mi ropa, no sin antes llenarte de mi olor que te gustaba tanto. Y buscaba un cigarrillo a medio fumar en el cenicero para calentarme las manos, tú te enojabas, no querías volver a la cama con ese olor en mi cuerpo. Sin embargo, al salir y caminar un poco, de todos modos lo prendía.

 Las calles vacías eran nuestras. Al calmarte y volver a casa, siempre te contaba una historia para que te quedaras dormida.

Ahora que lo pienso siempre necesitaste de mucho aire. Siendo yo alguien tan terrenal, no entendía por qué buscabas en otros horizontes lo que podías encontrar conmigo. Allí, los dos solos en medio de la noche, con las barrigas llenas y las extremidades congelándose. ¿No fue eso la felicidad para ti también?

Sigo sin entender como nos permitimos el exceso de perdernos.

sábado, 14 de abril de 2018

Beso eterno a Nadja Clítoris - Mario Santiago Papasquiaro

Lophophora williamsii o peyote.
 Mencionado en el poema "El zaguan de los dioses" del mexicano Mario Santiago.


No sé si algún día vas a nacer
o eres sencillamente otro comete-ardilla
chancea de fuego que mi sed de amor impulsa
En mí el brote de tus aguas
me abre/ ninfa de mi espasmo/ las nalgas & la boca
No seré tu padre pues
Quizás ni el cráter de volcán que montes por descuido
Tú serás/ epidemia del azar
tan cruel como esos peces que se tragan a sí mismos de sólo respirar
Tú hoy & mi hoy
¿Cuándo/ en qué bruto tobogán los enlazamos?
La Flor de la Obscenidad besa al Cristo del Hedor
Pues carne rajada son
islotes de sangre desintegradas las montañas
No porque albee en este momento la catástrofe te sueño
Te juro que te veo dibujada en la punta de mi glande
Más clara que el hollín con que tropiezo
Más sabía que la bruma que aún no sé romper
Te deseo/ por mujer
Por invisible
Porque tu nombre es ya 1 horno vivo en mi raigambre
Otros locos & locas
abrigarán el paso con que los rodearás
para impulsar su fuga
Te saludo/ incendiado
Cabroncísima
Desde esta única estación
que es ya tu fragua húmeda
***
Te sueño en forma de luciérnaga
que reposa su incesante vuelo
en el lago mayor de mi cabeza
Eres 1 incendio voraz: perra genésica
Aparición a la 1/2 del bosque
Salgo cojeando mi sed de 1 pulcata anónima
Tu embrión guía el torrente de mis pasos
¿Tendré que desaparecer para que seas?
¿Afirmaré mi condición de semidiós en tu ralea?
¿Con qué terremoto celular me ayuntaré para abrazarte?
Si has de ser/ bendigo toda contorsión o aguda lengua
que cimbre el culo de este absurdo tiempo
El virus de tu risa hinchando mi rostro fantasma de salvaje incróspito
Por las calles de París o la Pensil
lamiendo la lluvia benéfica de heroicas brujas milenarias
Ya lo filmarás tú
con el rayo aguamiel de tus ovarios
No habrá ceguera muro bomba diarrea de cascajo que te impida
Es hora de que nazcas
& me sumerja en ti
***
Ya estás aquí
& mientras este hoy vocee el eco de su sol
No habrá suicidio retroceso cirrosis síndrome tlacuache
cucarachas en el paladar de esta ambrosía
Está a punto de infartarse 1 siglo más
El cuento aquél del sapo que se volvió rareza
Se desgaja otro diluvio acá
No hay alma que soporte más coágulos anclados
Nuestro espejo besará o será engaño
Aunque la flor siempre suelte
sutiles aromas de esperanza
***
Desperté
/O aún ahora que lo escribo
creí hacerlo/
Sentí a mi sangre
caminar balbuceando al borboteo
-1 ciempiés azul entre tu pelo-
Ya sin bastón o herida alguna
Como África cogiéndose a la nieve
& eras tú/ hembra-niña de mis sueños
quien rascaba mi lento jabalí-espermatozoide
jalándolo alma afuera de su lodo
Hija mía en la frontera de los tiempos
Vulva eterna
Hornazo de la cábula
Cábala láser del golpeo preciso
La costilla que me arrancas
es esta misma pluma de arqueoptérix
con que escribo el más dulce de los nombres:
Nadja Clítoris
Abrazo-comunión tras la pared fantasma
Mi Yo disuelto en el tuteo
Epifanía gozando su erupción
Achipiélago - Luca Bocci

viernes, 13 de abril de 2018

SILENCIO



De la aparente e ineludible existencia en este plano

Del plano ciudad. Arquitectónica. La ciudad es el olvido, olvido que es muerte. Muerte cubierta de asfalto. Arrastra los cuerpos inertes bajo tierra. A miles de kilómetros de velocidad, los cuerpos se estrechan hasta volverse compactos. En su complexión, sueltan ciertos reclamos de vida: música de distintos tipos, divertimentos mefistofélicos aburren las mentes; lo que sea para no estar presente, para no ver rostros abstraídos en el desconocimiento de quien roza tan groseramente su cuerpo. Al ritmo de las maquinas.

El olvido es también gris, trae a colación la incierta circularidad del tiempo repetido a través de las generaciones, incluso varias veces en una misma vida suceden una serie de eventos que se asemejan peligrosamente: rutina. Temor. Escape. Olvido que es muerte, porque sólo en la memoria habita lo ausente.

Hay distintas sensibilidades. Y al mismo espacio-cuerpo no corresponden los mismos temblores (ese secreto bien lo guardan los cuerpos de los amantes), cada cuerpo se conecta de forma diferente con lo demás. Los puntos de resistencia son más que música oída en el transporte público, más que derrocar a tal o cual gobierno, ni de hacer un atentado simbólico (por lo demás bello) contra aquello que representa frente a un colectivo-masa-ardiente, alguna imagen que reúna lo que el fuego de las antorchas apunta como merecedor de expiación. Todo ese frenesí colectivo ahogado como un gol en la garganta, es querer encontrar la saciedad en el espectáculo, siempre político por lo demás. La dosis de circo necesaria.
Se exige, por lo demás, con el mismo derecho con el cual se enjaula a los pájaros, a que aquellas sensibilidades no dispuestas a habitar un espacio como el antes descrito, sea puesta en causa. No admite, por lo tanto, otras formas de vida. Como buen humanista, eso sí, no las mata a priori; consume su jugo hasta la saciedad, lo ingresa en circulación -que para todo hay materia- y lo seca, lo clasifica y lo guarda;
-para su estudio.
Dice:
-para que se sane
-para que aprenda

Ahora que ya nos vamos conociendo, déjeme contarle algo: acá las extremidades arden cual ácido por dentro, aquí la vista no da con bosques, los ríos están envenenados, la ira como vapores ebrios forma una nube en este valle de la muerte, en este campo sin mar ni estrellas. Sé bien que no es esta causa común, situación difícil de entender dada mi particular circunstancia, acá me dan a entender que es necesario disculparse por extrañar tanto un poco de agua clara corriendo por un río.
Y Silencio.

Ahí van los enjauladores de nuevo, murmurando sus muñones. No, no son todos, pero se oyen fuerte. Los carceleros. NO SABEN lo que es bailar desnudo a la luz de la luna, ebrio de golondrinas, las hojas susurran mil nimiedades. Suaves. Y las preguntas eternas cantan con el viento: esta vida es tan pequeña e irrelevante. La voz que no calla se hunde en las hojas, se hace -entre otras voces titánicamente más ancestrales que la propia- parte del mismo silencio. Pronto comienzan a verse otros relieves. Tras el bosque aguardan criaturas fascinantes. Son esas, también, otras formas de vida.

Volvamos al mundo estrictamente humano; producto de un incidente desarrollamos la conciencia, que nos ha hecho creernos capaces de dominar las fuerzas de la naturaleza. Y los mecanismos de que disponemos lo han hecho en buena parte, al menos en la parte estrictamente física. Así mismo, se han develado otros muchos misterios de los cuales no reparan en jactarse los sabios a diario cada vez que pueden. Hoy contamos con los medios suficientes para satisfacer las necesidades de todo el mundo, sin importar cuáles estas sean. Sin embargo, estos medios están a disposición de idiotas que no reparan en miramientos para crear -entre una mezcolanza de ocio y ambición- nuevas e inagotables necesidades, con una repetitividad tan agotante que no tarda esta en convertirse en una característica propia del humano en su más profundo sentir antropológico. Esa lectura de realidad humana crea todas las cárceles, todos los trabajos insufribles. Ya no tanto por la tortura de los cuerpos, sino por la mutilación del alma ¿no es nuestra vida una constante caída en la que nosotros mismos nos encargamos de cortarnos las alas?

La cuestión sería simple al decir que es a causa de algunos que vivimos de este modo, que en esa histeria colectiva que promete poner fin al ídolo dinero, derribe en un efecto dominó el modo de producción actual. Lo cierto es que esto ha sucedido, no sólo una vez, sino miles de veces con distintos modos y resultados. Pero el producto final no es el fin de la rueda, sino cambiar quien está haciéndola girar. Por eso desisto del mundo humano -no así de sus vicios más inmediatos y las formas más sensuales de sus cuerpos-. Sin embargo, es tan inútil buscar la causa del sufrimiento humano como de su fin, al menos en este matiz de realidad.



(Aparte)

Hace tan sólo un par de noches atrás, vi nacer la luna llena y radiante detrás de la ciudad. Acostando su reflejo sobre el mar, deslumbraba sin miramiento a quien la viera de frente, la costa se estremecía y la vida nacía debajo de las piedras negras que hay bajo el mar. La luna avanzó inexorable como la más vieja de las Moiras por el cielo hasta esconderse tras el abismo de árboles que nos cubría; no fui yo quien la vio en este punto, pero sí una mujer me dijo esto. Así mismo, alguna vez los antiguos lograron vislumbrar la sintonía que había entre los astros y los seres terrenales, la única distinción que hacían entre el humano y el resto de los seres vivos materiales era que los primeros representaban un puente entre lo divino y lo terrenal, puente que es interpretación; gesto poético de hacer de la energía y el símbolo palabra. Arte de la adivinación que anárquicamente ha recaído en distintas manos. Inútilmente extenso, así como arbitrario, sería hacer una cronología de sobre quiénes se han arrogado dicho privilegio. Sin embargo, me temo con el deber de sugerir lo siguiente:
Existe una vieja paradoja que pregunta: Si acaso un árbol cae en mitad del bosque sin que nadie le oiga, ¿hace ruido? Efectivamente. Sin embargo, ese sonido se pierde en la inmensidad sin que nadie testimonie su temblor.

Me temo que la pregunta planteada podría ser otra, o acaso extendida a otro punto: si la caída del árbol en mitad del bosque es la suma de todos los hechos relevantes que testimonia la historia de la humanidad (discúlpenme este universalismo), es preciso que este ruido sea recordado la mayor cantidad de veces posibles, o que el acceso al mismo esté siempre dispuesto a la mano de quien merezca conocerlo, para que siga siendo oído. Dicho ruido, que acontece a los sentidos humanos, va perdiéndose entre nimiedades mas inmediatas. Aun así, muchos precisamos de registrarlo y recordarlo; para que sea oído. Al registrarse ingresa en un orden de lo sensible, anteponiendo la vista y las consecuencias espirituales que de ello resulte. Así, el ruido de una guerra es más estridente que el de un árbol mecido por el soplo del mar: las caricias se pierden también en el silencio del bosque.
Es entonces en la ciudad donde se conservan y producen todos estos registros; absueltos en medio de las nimiedades de la época que nos ha tocado vivir, ya no son tan cataclismáticos los eventos que otrora dieron forma a este plano ciudad en que la mayoría habitamos y suponemos acreedora de la forma máxima de vida, sino que nuestras voces se virtualizan en medio de otras voces mudas a causa del ruido apabullante de vehículos que vagan con prisa a ninguna parte, una y otra vez a través de los días.

 Y sus noches ebrias de artificio.

No quisiera traernos de vuelta a ese espacio que parece circundar inexorable la vida de millones. Me gustaría, sin embargo, ofrecernos una salida a su sufrimiento, con toda la cuota de iluminismo que eso conlleve; pero me temo inerme si no hago antes la advertencia de que nada realmente llega a su fin último; esta invención atribuida al idealismo pareciera venir de mucho antes, acaso ya de la misma estructura clásica de todo relato, es decir;
principio,
desarrollo,
clímax y final.
Lo cierto es que, precisamente, no importa su origen ni su presunto fin, sino el grado de realidad que imponen los relatos hegemónicos de turno.
Lo preciso es transportarnos hacia otras dimensiones
Desnudar la fragilidad del individuo
Así como la anarquía que se precisa para estar vivo en una forma realmente auténtica.
Contra el presunto orden de todo gobierno humano, tanto colectivo como individual.
No hago más que repetir el eco de otras voces en mis manos, hasta el momento no he creado nada más que un prisma a través del cual mirar el horizonte.
El sufrimiento se suspende como la luna sobre el mar:
Un reflejo,
Un espasmo,
Y luego el ocaso.
Este es el nuevo relato:
La vida vaga sobre las mareas
La salida al sufrimiento se abre como una flor al rocío
Como los párpados al sueño que arroja símbolos sin preocuparse de sus consecuencias
Adivinemos lo siguiente: sólo el silencio tiene la última palabra.

miércoles, 11 de abril de 2018

Roland Barthes


En nombre de la belleza (prólogo-poema al ensayo del mismo nombre)


¿Cómo explicar el constante regreso de la nostalgia en nombre de la belleza?
Los ojos mirando al cielo que anuncia la lluvia
El corazón, bien es cierto, se comprime y rehúsa al presente
Todo regalo le parece mezquino en comparación de haber tocado el sol con las alas
¡Qué importa el resto!
El egoísmo no está dispuesto para almas egoístas.
Ya ni la pena tiene espacio.
No, no esa pena añeja.
Amarga
Ansiosa
La vida se ve suspendida la mayor parte del día,
La belleza se ve manifiesta sin previo aviso;
Un murmullo,
Un par de ojos henchidos de infinito
El silencio preciso a la hora precisa.
Y luego toda ansia busca vivir eso una vez más,
Y a eso le llamamos nostalgia y vida.
Con un sublime hálito de desprecio en la última sílaba,
Como si eso nos salvaguardara de ella misma.

Felicidad de inviernos



14 de marzo de 2016


¿Que ha sido de esos besos perdidos bajo las luces del invierno?, del vientre lleno de tanta risa.
Cuando te sentabas sobre mis piernas porque el frio hacia tiritar tu delgado cuerpo, y yo te arropaba cual niña bajo mi abrigo, te ofrecía mis mejillas entibiadas por el vino rosáceo, y tú ponías tu nariz de gato ahí.

Llegábamos a casa ya bien entrada la noche, no importaba donde ni cuando fuera. La verdad, mi casa era cualquier lugar mientras estuviera contigo.

-“Pablo”, me decías, “me siento mal, necesito tomar aire”. Siempre era por la madrugada, y el viento helaba las manos. Lograbas despertarme, y yo salía en piyama, botas y abrigo. Mientras tú te cubrías con mi ropa, no sin antes llenarte de mi olor que te gustaba tanto. Y buscaba un cigarrillo a medio fumar en el cenicero para calentarme las manos, tú te enojabas, no querías volver a la cama con ese olor en mi cuerpo. Sin embargo, al salir y caminar un poco, de todos modos lo prendía.

 Las calles vacías eran nuestras. Al calmarte y volver a casa, siempre te contaba una historia para que te quedaras dormida.

Ahora que lo pienso siempre necesitaste de mucho aire. Siendo yo alguien tan terrenal, no entendía por qué buscabas en otros horizontes lo que podías encontrar conmigo. Allí, los dos solos en medio de la noche, con las barrigas llenas y las extremidades congelándose. ¿No fue eso la felicidad para ti también?

Sigo sin entender como nos permitimos el exceso de perdernos.

De sequedad


Otoño, 2017


25, casi 26 años y conservo, solamente, el recuerdo de dos grandes amores que supieron superarme bien y encontrar nuevos amores para sí. Mientras que yo, muy tarde, logré darme cuenta de lo que sentía por ellas. Hoy la sangre fluye lenta, sin gravedad, por mis tripas. El dulce sabor de su cuerpo aparece tan lejano como un sueño intrépido de luces que ya no podré ver de nuevo. Mujeres hermosas y salvajes. Hermosas e injustas, me miran juiciosas y en silencio, pensando: “siempre tuve la razón”. Limpian el borde de su boca una vez entregada a mis fluidos con resacas del ayer pálido. Ríen juiciosas, llenas de júbilo.

La experiencia de ahondar cada milímetro de su cuerpo es vasta. Agotante. Minuciosa. Y llena de amor, sea cual sea su manifestación. Tiene gusto a sangre, sudor y lágrimas, como se dice habitualmente. Pero la experiencia particular de esa esencia es única. Cual idiota intento añorar, idolatrar esa experiencia estética que me acerca fortuitamente a la belleza, con o sin querer; beso cicatrices y a la vez que las sano abro nuevas heridas con el filo de mis uñas, de todo mi amor desbordado de infinito añorante, de matices de estaciones meridionales. Todo entendimiento se disuelve en mis dedos, y guarda esta fragilidad petulante de hacerse verbo en otra carne que se consuma en sí misma, nunca el envase se desborda. Tal vez en un haber pasado, ajeno ya a mis manos. Buscar el fruto de esto resulta insignificante para otro, el producto se sintetiza en palabras torpes, siempre impotentes. La madrugada fría. Las mañanas inciertas. El velo de la mirada puesto en mí como un pesar revocante. La escarcha sobre las espaldas de los días inciertos, sus cuerpos tiritando y siempre añorantes de mi calor, pero que ya rehúsan de esta piel cubiertas de insustancialidad.

“ella me amó”, es cierto, pero ya eso no está propiamente manifiesto. La soledad como el irrevocable lugar común, pero no, ese espacio resulta muy común. Es más, el cúmulo de llamadas de auxilio sin respuesta, y es que no hay culpables. Sólo el irrevocable acontecer trágico del amor que se subvierte en posesión. La transmutación de la espontaneidad en la pasividad de quien espera tras el faro a la orilla de cada quien sabe dónde. Gotas, huevos, miradas, borracheras, saber que ella iba a cagar a cierta hora; nunca sentí su olor a mierda, pero sí su mierda, vertida sobre mí como un reproche, como si yo fuera a expiar aquello; la pérdida del alma a cambio del rescate de sí mismo en otro como olvido de sí. Nunca hemos sido capaces de abordar a otro en su totalidad; soledad irrevocable. Las palabras bien putas dispuestas a volver conceptos aquello que nos carcome el alma agonizante de infinito; nunca satisfechas ni en otro ni en sí.

Te incito, pues, a beber este trago agridulce mientras todo toma menos relevancia. A suponer que cada piel es prescindible, que las hojas se disuelven con los pasos inevitables del andar. Pero no, ambos sabemos que no es así, las cicatrices están expuestas; no nos queda nada por hacer, más que hacernos los tontos y seguir adelante, como si en ese camino aconteciera algo análogo… y esto, sin saber qué es, se consume circularmente, lentamente sin encontrar respuesta ni concilio en nada, más que aquello que pasa frente a nuestras manos intrépidas, torcidas, vueltas hacia sí y que, cuando hayan otro punto de gravedad, no saben cómo reaccionar hasta que resulta un poco tarde, nunca somos suficientes; se agotan nuestros recursos y nos agotamos en ellos. Disecados.   




lunes, 9 de abril de 2018

El bandido y su sombra

Cosas terribles se decían por esos días.
Yo me fui a esconder tras la lluvia y el mar allí donde los árboles sangran.
No quería escuchar más de la boca de nadie la palabra "terror".
Sé muy bien que el mundo era un lugar horrible mucho antes del primer bandido
y que el idiota se hace cuando el oído es débil a la persistencia.

No estaba exento de ello,
no era un ser aparte. Eso lo sé muy bien.

-"hay un bandido suelto". dijo el rey.

A este no le importa su fortuna, sino su poder. Castiga a sus súbditos por no encontrarlo. 
Cerró todas las puertas y ventanas.
Puso a un vecino contra el otro.
Dejó todas las llaves para sí.

Elefantes terribles vagaban por la ciudad,
y mas de una espalda rompieron buscando al bandido.

Luego de eso me fui a la selva, preocupado de que nadie me siguiera. 
Acá las noches saben a vino.
Y la risa abunda como la hierba donde duermo.

Un día me llegó una carta;
El bandido, por supuesto, seguía suelto.

¿Olvidé decirles que nadie buscó en el castillo?

El bandido era el rey.

En nombre de la belleza (Ensayo)


Un muro frágil se erige entre el ayer y hoy, la maldita linealidad cómplice del lenguaje trabaja precipitadamente haciendo del barro formas que son insostenibles por sí mismas. Usted verá su recuerdo como a su memoria mejor le parezca que deba verlo. Van a caer sapos del cielo antes de que haya un paradigma que no encaje en el relato. Aun así, soy férreo creyente de que la piel guarda otro registro. Hoy, por ejemplo, siendo 26 de diciembre de 2016 siento el frio y la oscuridad que no eran sinónimo de desolación como a todo el mundo suele parecerle. Era la luna en todo su esplendor tras una luz pálida de ciudad aun indescifrada, era el vértigo de no entender que pasaba, era la inocencia de lo que no parece volver.

A usted le cuesta entender que la muerte cohabita con la vida, que la persona que ama puede estar muerta y viva a la vez, que el hilo que sostiene frágilmente una conversación por teléfono es también esa suspensión de la irrealidad de la distancia. ¿Cuál es el punto donde dos cuerpos se encuentran?, aquí la piel suele ser una excusa. No es cierto, aunque dos pieles se encuentren furtivamente puede haber millones de kilómetros de historias que los separen, de desencuentros, de llagas nunca antes descubiertas; un dedo puede hacer temblar un cuerpo, que no se diga lo contrario.

El cumulo de fluidos absorbidos en las telas se encuentran en algún punto del pozo que tengo y al que veces llamo corazón. Bajan trémulos y precipitosos por las paredes internas que parecen ser de piedra adoquinada. Una vez aprehendida la belleza, esta se asoma y parece restituirse en nombre de una bandera guardada en un cofre, dentro de una bóveda, dentro de un laberinto por el que se llega a través de un pozo custodiado por jaulas para aves ausentes, y de la cual nadie ha visto sus colores. Las trampas están dispuestas para quien las visite. ¿quién puso esas trampas? ¿algún arquitecto ocioso o lleno de rencor para prohibirle el acceso a los curiosos? La cuestión no es tan planeada: muchas almas dispusieron su energía aquí, y la estructura del laberinto es más producto del azar que de un proyecto claro. El resultado de los años destilando contra la gravedad y girando lentamente.

Siempre la energía se ve dispersa en este punto, precipitando un final se opta por cualquier cosa que guarde una distancia con algún lugar común pero que a la vez restituya el motivo que impulsa a crear; llámesele una elipse para parecer elitista y a la vez interesante en ese misterio que es ajeno también a su servidor. Y vamos enarbolando mentiras y dibujando bosquejos de nubes atravesando el cielo; elegimos un color de pintura para dibujar el cielo en primavera, un trazo para esgrimirle el horizonte al mar; una palabra, una frase, un libro, un arte, una carrera para circundarle a la vida, para poder aprehenderla sin que nos queme. Le asignamos un nombre a eso para que, años después, tengamos a qué apuntar con el dedo antes que a sí mismo; a ti mismo y a todas tus grietas enfermas y llenas de charcos cubiertos por una delgada capa de polvo. Usted, querido lector y usted, querido escritor, no son sino la misma cosa condensada en tangentes paralelas, aquí esperamos algo que nos arroje cómodos a la realidad que habituamos. Mi deseo no puede ser más opuesto, ni tampoco es la amargura lo que quisiera probar en tu boca. Sí una corrida de electricidad subiendo y bajando por tu espina dorsal mientras nuestros ojos se sumergen en la irrealidad del tiempo sin tiempo. Un nuevo registro abriéndose mientras se quema la biblioteca de tu alma que se presume imperecedera. ¡¿Qué digo alma?! Quiero decir, entrañas. Lenguas de fuego someten los sueños del que ya no teme ser voluble, y por ello siente vértigos. Vértigo del que no se detiene a pensar si acaso vale la pena vivir de nuevo esto que nos sumerge en la inmensidad, que nos eyecta el vientre hacia la divinidad que yace tibia en algún punto al medio del cuerpo, anidada como una fuerza inamovible que despierta y se desplaza, o más bien se funde en el vértigo y ya no importa el planeta ni la fuerza primera que la impulsó; sólo el movimiento sin dirección: y esto es lo que yo entiendo por vida.

domingo, 8 de abril de 2018

CIRCULARIS


A la hora en donde hasta las risas sardónicas guardan silencio,
Un dios saturnal baila a contraluz en la madrugada.

Un barco ebrio se dibuja en los sueños.
Los sueños son de sí mismo
Así como tú, cuando tu mirada se pierde en el infinito.

Noche imperecedera al tiempo,
Se mantiene infranqueable a los charlatanes del mercado de carne:

Los mortales no deben permitirse ciertas veleidades.

Respeto al ciclo de vida suspendida de los noctámbulos
arrojados en la marea incierta de las pasiones.

Los estómagos revueltos al desayunar cigarrillos

(Para despertar de este bello sueño, basta un chorro de esperma)

Pero, ¿quien querría dejar atrás toda esa dulzura
y ese abrazo que no dan con fondo alguno?

Un viente henchido de tanta maravilla aguarda una nueva despedida.
Las cicatrices como vestigio de un alma
que alguna vez acogió tanta risa.

Y al alba de este día se abren
y sangran colores purpúreos.

Perece la vigilia. Perece la noche y sus fantasías.
Pero el sueño aguarda a otras luces tenues,
y temblores deshojados en medio de la incertidumbre de 

un pasado que regresa 
al cerrar los ojos

Benditos los que olvidan el sabor de la hiel.